JueJul02

Muy bien, libretita, estamos tú y yo solos aquí… es decir… sólo estamos tú y yo… Bueno, a lo que me refiero es a que no importa que estemos rodeados de gente… de hecho, creo que jamás habíamos estado rodeados de tanta gente… ¡Dios! Ya me entró pánico. Está bien, está bien… respira hondo… Ufffff… Ya está… Ah, sí. Te decía que estamos solos en esto. Nadie de ellos va a venir a ayudarnos, ¿verdad? De modo que, hagamos un trato: yo veo y escribo, y tú me devuelves una vista agradable de lo que escriba. ¿Estás de acuerdo? Muy bien, allá vamos.

La mañana es muy soleada y, a pesar de eso, hay una multitud desfilando por las calles… no, no es “una multitud”, es “una gran multitud” la que se arremolina por aquí, la que camina por estas estrechas calles. Por más que levanto la vista, no puedo distinguir la cabecera de la procesión. Porque se trata de una procesión; la gente camina, no está estática en un punto, sino que camina, unos más que otros, pero todos se mueven en la misma dirección. Niños, adultos, ancianos… cada cual a su propio ritmo, pero todos avanzan.

¡Vaya! Esto sí que es extraño. Uno admira a los jugadores de fútbol brasileños por el cambio de ritmo que pueden hacer, o sea, en una fracción de segundo pasan de una inmovilidad, de un acecho, a un movimiento vertiginoso que desequilibra al adversario, y uno se imaginaría que por esa falta de técnica es por la que los mexicanos estamos tan lejos de su nivel… Pero no es así. En cinco minutos que llevo caminando, mis pies han tenido que hacer miles de cambios de ritmo, para no pisar a la señora que, chiquillo en brazos, camina delante de mí; para no pisar esa suciedad de perro que está en el piso; para esquivar el pie del chavo con playera del Barcelona que se me cruzó en su afán por alcanzar a alguien que no alcanzo a distinguir quién es… En fin…

La gente, muy seria en general, apenas si dirige alguna palabra a los compañeros de procesión, aunque un murmullo invade los sentidos, pero no es posible determinar exactamente de dónde proviene, porque los labios parecen sellados, pero el murmullo continúa…

¿Ey, qué pasa?

¡Oh!, la procesión detuvo su andar. Quizás pueda aprovechar para adelantarme unos cuantos pasos, a ver si logro determinar el origen de los murmullos… y de paso, a ver si me entero qué demonios estamos haciendo todos aquí.

-Compermiso, señora. Gracias, qué amable. Paso, paso…

Je. No fue tan difícil como imaginé. Y ahora sí puedo notarlo. El murmullo está aquí, pero ya no como tal, sino como un sonido perfectamente distinguible: es un canto.

Perdón, oh, Dios mío… perdón e indulgencia… perdón y clemencia… Perdó-on y piedad…

¿Y es esto lo que estamos siguiendo? No pongo atención al resto del canto, pero se repite una y otra vez, a través de un altavoz, al que se unen cientos de voces (como murmullo, porque, aunque se nota que todos conocen qué sigue en cada estrofa, parece que les da pena cantar con ganas).

De pronto, el canto cesa y, en su lugar, a través del altavoz se escucha una voz de mujer, que dice algo como “bssss… bsss… bsss…”.

La marcha se reanuda. Delante de mí, un señor, que sobre sus hombros lleva una niña, seguramente su hija, lucha silenciosamente contra los aguijones de una sombrilla que una señora que camina a su lado lleva apenas sobre su cabeza, valiéndole ídem (sombrilla) que pueda sacarle los ojos a alguien. Como corro el peligro de que algo así me suceda a mí también, decido apresurar la marcha y camino un poco más deprisa.

¿Qué más? ¿Qué más necesitamos escribir, libreta? ¡Chale! Si, por lo menos me hubieran dicho qué evento es éste…

-Oiga, señora, ¿quién es ése que está allá?

Con un poco de esfuerzo, más que nada, de no rozar accidentalmente algún bien formado trasero de los que andan por aquí, logro acercarme al punto desde el que brota el lastimero canto que, a través del altavoz, insulta mis tímpanos. Allí la gente no abarrota la calle, sino que varias personas se encargan de formar una valla que protege a otras personas que caminan por el centro. Dos de ellas llevan sendos leños en los hombros, y más adelante camina otro, cuyo leño es mayor, y lo lleva sobre su espalda. A él es a quien me refiero.

-¿Quién es quién?
-Pos yo soy yo y usté es usté.
-¡Ora! ¿Qué se trai?
-Ehhh… Disculpe, señor.

Dejo a la señora con sus problemas de identidad y me dirijo a un buen hombre, con sombrero tejano, y más años que suciedad de perro he esquivado por el camino.

-¿Quién es ese hombre?
-¿Cuál, joven?
-El de allá, el que camina adelante…
-El de la cruz -le sopla un chamaquito con mocos secos alrededor de la nariz, que va a su lado. No logro identificar el tono que emplea, pero tiene cierto parecido con la burla.
-¿De la Cruz? Eh… ¡Ah, sí! Ese señor De la Cruz, ¿quién es?
-¡Pues es Jesús!

Responde el viejecillo, con las cejas arqueadas, como si fuera obvio que ese tal señor De la Cruz se llamara Jesús.
Bueno, probablemente aquí, en este pueblo (¿cómo es que se llama? Ah, sí, San Pablo de los… Cedillos, o algo así), este tal Jesús de la Cruz sea un héroe, pero yo no estoy obligado a conocer la historia y a la gente de todos los lugares a los que me mandan a hacer crónicas. ¿O luciré como uno de ellos? ¿No se notará que no soy de aquí? ¡Ni Dios lo mande!

-Eh… oiga, señor. Yo no soy de aquí, ¿eh? Yo vine nada más a…

Pero ya el viejecillo no está a mi lado. Sabrá Dios a dónde se fue… ¿o se habrá quedado? Bueno, puede ser, después de todo, no voy tan lejos de…

La procesión se detiene nuevamente. Qué bien. Voy a aprovechar para acercarme a ver a Jesús de la Cruz, y ver por qué es tan conocido por todos.

-Permiso, señora, permiso…
-¿Otra vez usted?
-Este… ¿yo?
-Sí, usted. Desde allá atrás me viene empujando.
-Oh, no, no, señora, disculpe, yo… sólo…

Se volteó. Menos mal… El día no está como para entrar en disputas. Muy bien, dejemos las disculpas y concentrémonos en Jesús de la Cruz.

¡Chispas! Qué amolado se ve. Lleva su ropa rota, con manchas de salsa Valentina por todos lados, hasta en la cara. Está arrodillado y el leño de hace rato sigue allí, sobre su espalda. Momento… el altavoz está hablando:

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez. Jesús había tomado de nuevo la…

¡Chale! Pues sí ha de ser bueno este cuate; ¡hasta un corrido tiene! Espera, espera, veamos que dice la voz del altoparlante.

… Jesús, por los suelos una vez más, no se siente derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos…

¡Órale! Me quedo pensando un rato y ya no escucho más. No, pus sí está cañón este cuate. A ver, libreta, acuérdate de eso… “dice Jesús de la Cruz que pa’ qué te caes si no te vas a levantar”. Sólo los que se caen tienen derecho a levantarse… ¡No ma… esto sí está elevado!

Pera, pera… ¡Chale!, no me dejen. ¡Pérense!

Ahí voy, nuevamente, a perseguir la cabeza de la procesión, esquivando traseros, sombrillas, suciedad de perro… bueno, de ésa no tanto, y por fin retomo mi lugar en la cabecera.

¡Ay, no es posible! ¡Chale! El buen Jesús se anda partiendo la maraca cayéndose y levantándose, y aquí están estas voces que, en lugar de echarle ánimos, lo deprimen a uno.

Yoooo no soy nada y del poooooolvo nací… pero tú me amas y morites por míiiii…

No, pus así, ¿cómo quieren…? A ver, libreta, pérate un rato, deja les enseño cómo se hace.

-¡Una porra para el Jesús!

Todos voltean a verme sorprendidos. Claro, no esperaban que un fuereño viniera a decirles cómo animar al héroe local. Como nadie pareciera estar dispuesto seguirme, respiro hondo, y empiezo:

-Chiquitbum a la bim, bom, bam… Chiquitbum a la bim, bom, bam…

La gente pela tremendos ojotes… No me digan que no se acuerdan del mundial del 86, con la Chiquitibum y sus… ejem…

-‘Ora, todos… A la bio, a la bao, a la bim, bom, bam… Cucho, Chucho, ra, ra, raaaaaaa…

¿Qué onda? Uhhh, qué aguados son en este pueblo. Hasta el Jesús se quedó de a seis. Ah, ya sé. Es que igual y no se oyó bien hasta atrás. Voy a pedirle su altavoz a la señora ésa para organizar bien la porra.

No me lo quiso prestar. Vale…

Bueno, no importa. Vente libreta, sigamos en lo nuestro.

Más adelante de donde va Jesús de la Cruz, una camioneta con cuatro policías avanza despacio, despacio. Allí va también una ambulancia, yo creo que es por si Jesús se cae y ya no se puede levantar. Pero lo bueno es que no se ha vuelto a caer. Nomás nos volvimos a detener otra vez, y fue porque varias mujeres, que se alcanzaron a colar entre la valla, se le acercaron a Jesús para pedirle su autógrafo. Ni me había fijado, pero hay cerca de Jesús de la Cruz y los otros dos… ¿cómo se llamarán…?

-Señora, ¿cómo se llaman los dos que van con Jesús de la Cruz?
-Los ladrones -se apresura a aclararle un niño sin mocos secos alrededor de la nariz.
-Son Dimas y Gestas.
-… no, en serio…
-¡Payaso…!

Dimas y Gestas. ¡Hágame favor! Ah, bueno, pero cerca de ellos hay unos cuates vestidos como de… egipcios, con gorro, sandalias, faldita y escobas en la cabeza.

-Oye, mamá, ¿y si no hubieran soltado a Barrabás, él estaría en el lugar de Jesús?
-Pos yo creo que sí.
-Mejor hubieran soltado a Jesús.

El diálogo entre madre e hija no dura mucho; lo interrumpe un grito tipo película de los hermanos Almada:

-¡Levántate! ¡Apúrate, que quiero llegar hoy!

Quien grita es uno de los egipcios que, con látigo en mano, azuza a Jesús para que siga caminando.

“Ándale, güey”, pienso, “nomás atrévete a…”.

Un zumbido surca el aire y se convierte en un chasquido cuando el látigo es descargado por el egipcio sobre la espalda de Jesús de la Cruz.

-¡Órale, pinche Barrabás, no te manches, cabrón! Sí, tú, hijo de tu puta madre. A ti te estoy hablando, ya bájale…

Parece mentira que yo sea el único indignado. La gente se me queda viendo, como si no supiera qué le estoy reclamando al cabrón del Barrabás; hasta los pinches judiciales se quedan en la lela. Jesús me voltea a ver como diciendo “tranquilo, no me hizo nada…”. ¡Ésos son machos! Verdá de Dios que sí. Suavizo mi tono:

-No te sigas pasando de verga, ¿eh, pinche Barrabás…? Órale, vamos a cantar todos. Perdóooooon, oh, Dios mío…

El altavoz continúa con el canto que inicié.

-Pinche Barrabás, se pasa de cu…
-Ése no es Barrabás, es un centurión.
-Ah…

Bueno, da lo mismo cómo se llame; Barrabás, Cinturón, es un ojete el güey.

La procesión continúa. Dos o tres veces Cinturón se ha querido pasar de lanza, pero cuando ve que lo estoy viendo, nomás le grita a Jesús de la Cruz: “apúrate, que quiero llegar hoy”, y en una de ésas yo le grito: “pues adelántate y deja de estar chingando, papacito”. Después de eso, ya no ha vuelto a hablar.

¡Puta madre! Se siente un chingo de calor… Y el Jesús ha de estar peor. ¡Ah, mira! Allá adelantito está una tienda.

-Compermiso… compermiso…

Otra vez la misma señora, pero ‘ora ya no protestó. Se me hace que vio cuando defendí a Jesús de la Cruz y ya hasta le caigo bien.

-¿Qué onda, mai? Ponte con unos refrescos pa’l Jesús, ¿no?
-¿Cómo…?
-Jesús de la Cruz, el que va allá.

El tendero me mira extrañado.

-El de allá.

Señalo hacia donde están Cinturón y sus secuaces. ¡Chin! No vaya a ser que en cuanto no me vean quieran seguirse manchando.

-¡Apúrale, carnal, que se deshidrata!

El tendero no sabe qué hacer, pero saca un Boing y una Coca retornables, y los pone sobre el mostrador.

-Son…
-Son pa’ Jesús, son pa’ Jesús.

Y me echo a correr con los refrescos.

¡Fiu! Afortunadamente, no se alejaron mucho. ¿Cuál le gustará a él? Chale, es que es un Boing de tamarindo, ya casi no hacen de ésos. Y la Coca está helada, como debe tomarse… ¿Qué hago? Un volado, a ver… ¿O le pregunto? ¡Ya sé! Mita, y mita; le tomo la mitad a uno, luego al otro y se los paso…

La procesión se detiene nuevamente.

Jesús de la Cruz cae por tercera vez, sólo que esta ocasión el madero le cae encima.

-¡Levántate!

Uno de los compinches de Cinturón le puso un madrazo a Jesús con su látigo.

Suelto el envase vacío del Boing y escupo el trago de Coca que me acababa de aventar, y salgo disparado hacia ellos. La valla se abre para dejarme pasar y me planto delante del cabrón que acaba de pegarle a Jesús.

-¡Ya estuvo, culeros! Te lo advertí, pinche Cinturón, que le bajaras de huevos. A ver, hazme lo mismo a mí. Y tú, ¿qué me ves, pendejo?

Ninguno se atreve a hacer algo. El pobre Jesús luce realmente asustado. Claro, con ese maderazo que le pusieron… Los policías se voltean a ver entre ellos y no hacen nada, eso me encabrona.

-Y ustedes, ¿qué hacen allí? No están viendo la madriza que le están poniendo a Jesús.

Nadie dice nada. La voz del altoparlante, que había comenzado el estribillo del corrido “Jesús cae por tercera vez. Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba…”, se desvanece.

-¡Cómo son putos!

Les digo antes de dirigirme hacia Jesús.

-¿Estás bien, carnal?

Él no contesta, se ve que el palo le pesa… sin albur. Le quito el leño de la espalda y luego le ayudo a levantarse. Él se queda inmóvil, se ve más madreado de lo que yo pensaba. Cinturón y sus amigos no dicen nada, los policías ya ni me ven, y la mujer del altoparlante se quedó sin palabras. ¿Y ‘ora?

-Déjame ayudarte, carnal. ¿Para ‘ónde es?
-Para… allá.
-Oye, güey, te traía un Boing, pero lo tuve que tirar cuando vi lo que…

Después de algún tiempo, en el que ya no hubo pausas, llegamos a un pequeño montecito, bastante pelón, por cierto. Le devolví su palo a Jesús y me alejé un poco. Todo el camino nos lo llevamos platicando, y me enteré qué era lo que pasaba. Me dijo que Barrabás era un ratero al que habían soltado en su lugar; un trato bastante raro. O sea, los dos estaban en el bote, uno por ratero, y el otro por hablador. A Jesús lo habían acusado de que decía que podía hacer cosas que nadie le creía, como un mago. ¡Puta! Pus yo a esos güeyes los veo que ganan un chingo de lana. Hasta podría salir en la tele, ¿no? Pero la cosa es que ese día podían soltar a uno de los dos, y la gente escogió que soltaran al otro. Yo me imagino que querían ver trucos, y pus ver cómo se roba una cartera no tiene ningún chiste, en cambio, ver cómo se levanta un templo en tres días está más interesante. “¿Y a poco puedes hacer eso?”, le pregunté, y él dijo que sí. “¿Neta? No, pus deberían llevarte a los segundos pisos y puentes del D. F.”.

La cosa es que eso de llevar cargando la cruz (era una cruz, ¡chale! Qué cosas tiene la vida, ¿no? Jesús de la Cruz cargando una cruz) por todo el pueblo era por andar de hablador. Pus sea lo que sea, está medio exagerado, ¿no? Imagínate si a todos los que nos prometen que van hacer cosas que al final no hacen los pusieran a cargar cruces (ah, ya me acordé, el pueblo es San Pablo de las Salinas) y a madreárselos.

Pero cuando me cayó gordo fue cuando me dijo que había un tal Herodes que antes de que iniciara todo le dijo que si le hacía un truquito lo dejaba ir, y él no se lo quiso hacer. ¡No mames! Nada más era un truco. Sacarle una moneda de la oreja… adivinar una carta… ¡Hasta yo alguna vez me aprendí algún truco! (el de la carta 21, ése está chido). Pero él no quiso hacerlo. No sé si es porque no le iban a pagar lo que cobra por show o qué onda, pero está cabrón, ¿no? Aguantar todo eso nomás por no querer hacer magia.

Entonces fue que le devolví la cruz y le dije “Mira, carnal, yo te echo la mano y todo, porque me caes bien, pero si te dieron chance de evitarte todo esto y no quisiste, pos es tu pedo”.

¡Chale! Mejor me hubieran encargado una crónica de algo relacionado en estos días de vacaciones, ¿no? Con la semana santa.

En lo último que me quedé fue en que lo colgaron en la cruz ésa que llevaba, con unos lazos, a ver cuánto aguantaba. Hasta arriba le pusieron un letrero: INRI… ¿Qué querrá decir? ¿Instituto Nacional de Relaciones Industriales? A Rimas y Gestos también los colgaron, nomás que en unas cruces más chiquitas, y uno de ellos, no me acuerdo cuál, le dijo:

-Si de verdad eres el hijo de Dios (órale, cómo han cambiado las cosas, en mis tiempo se decía “si eres tan verdad de Dios”) desaparécete y desaparécenos a nosotros.

Tiene razón. Bueno, en lo de llevárselo con él, no, pero igual si hacía un acto de escapismo, como Jaudini, se la perdonaban. La cosa es buscarle… ¿Anotaste, libreta? Es una buena frase, igual y la uso para otra cosa.

Y luego, el otro, el que estaba del otro lado de Jesús, también salió a defenderlo, como yo; igual y el cuate tampoco sabía que el Jesús había pasado todo eso por caprichoso:

-Cállate. Nosotros estamos aquí por nuestros pecados, pero este hombre nada ha hecho…

¡Pus por eso está allí! Por no hacer nada y sólo andar de hablador. Pero lo bueno es que a mí no me hizo insinuaciones, como a éste. Quesque saliendo de allí lo iba a llevar al paraíso. ¿Qué onda?

Me aburrí de tanta pendejada y decidí irme. Que le dieron a beber vino con hiel… ¡No mamen! Con la chinga que se llevó (por su gusto y todo, pero fue una chinga), apenas un Gatorade. Creo que lo único que faltó fue escuchar cuando dijera las siete palabras… ¿Ya para qué? Ésas había que decirlas antes, además, ¿a quién pretendía impresionar con eso?

Hasta yo me las sé:

Siete palabras de magia que son bíbidi bábidi bu.

Reportó para ustedes: Cirineo del Calvario.

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