LunAgo24

(Basado en una historia real)

A medida que subía las escaleras, notaba que algo extraño sucedía, sin embargo, no fue sino hasta llegar a la reja, en la parte más alta, que se encontraba cerrada, que lo comprendí: no había servicio en el metro. Alcancé a escuchar que el guardia que se encontraba al otro lado de la reja le decía a una señora la frase “toda la línea”, seguramente ante la interrogante de cuántas estaciones estaban sin servicio. Al escucharlo, como tanta gente que había visto durante mi ascenso, emprendí el regreso, preguntándome cómo haría para llegar a mi destino. Seguí mi primer impulso y marqué el número del teléfono celular de Eli, que tenía poco tiempo de haber partido, pues ella me había dejado allí minutos atrás para abordar el metro. Le expliqué que el servicio de transporte estaba interrumpido y le pregunté si podría acercarme a algún lugar desde donde pudiera emprender mi viaje. Accedió y regresó por mí.

Eran poco más de las 6:00 pm, así que entendí su razonamiento para no llevarme en ese momento a mi departamento, pues el camino en condiciones normales a esa hora de por sí ya era caótico, así que sin servicio del metro seguramente lo sería más. Fuimos a su casa y allí estuve trabajando un poco en algunos pendientes que tenía. Mientras lo hacía, ella investigó la causa de la suspensión del servicio de transporte y me la compartió: una persona había caído a las vías y había muerto. No supe en ese momento si se había tratado de un suicidio o de un accidente, pero ambos asumimos que se trataba del primer caso. Tampoco supimos si se trataba de un hombre o una mujer, si era joven o de edad avanzada, aunque tampoco especulamos mucho al respecto. En su investigación no sólo descubrió el motivo del percance, sino también que a esa hora ya se había restablecido el servicio.

Le agradecí y me llevó por segunda ocasión a la estación del metro, que ya mostraba su funcionamiento habitual. Mientras recorría los escalones y pasillos que me separaban del andén, me preguntaba qué podría hacer que una persona tomara una decisión como ésa (la de quitarse la vida). Como tantas otras ocasiones, también pensé en lo egoísta que era hacerlo justo de esa manera, puesto que aquello no sólo afectaba directamente su vida y la de sus seres queridos, sino la de miles de personas, quienes difícilmente sentirían simpatía hacia ella. ¿Sería, acaso, que la necesidad de sentirse importante para alguien es tan grande que no importa que los pensamientos que se consigan estén muy alejados del positivismo?

En el último tramo de mi recorrido hacia el andén, al bajar las escaleras, noté que, distribuidos a todo lo largo, había parejas de policías vestidos de negro, y estaban a ambos lados del andén. ¿Cuál sería el objetivo de ponerlos allí?, pensé, pero no se me ocurrió ninguno que no me resultara absurdo.

Lentamente caminé hacia el fondo, tratando de calcular el lugar exacto que, cuando llegara a mi destino, al abrirse las puertas me permitiera salir directamente a la escalera que me conduciría al transbordo. Me detuve junto a una pareja, hombre y mujer, que aparentaban ser novios, aunque no existía una muestra explícita de ello por su parte. Un poco más alejada, lo suficiente para no estar seguro de que subiría por la misma puerta que yo, acompañada de una niña, estaba una señora cuya voluminosa figura, ataviada en una blusa y falda de color rosa mexicano, no podía pasar desapercibida; y del otro lado, un poco más cerca, un grupo de adolescentes, muchos de los cuales llevaban auriculares colgando del cuello.

Dados los problemas que habían entorpecido el tránsito de los trenes los últimos minutos, imaginé que los vagones vendrían repletos de gente, pero me equivoqué; había, incluso, lugares dónde sentarse. El grupo de jóvenes, en su alboroto, discreto pero difícil de ignorar, prefirieron permanecer de pie, lo mismo que yo. La pareja estuvo a punto de sentarse, pero cambiaron de opinión cuando vieron a la niña que acompañaba a la mujer de rosa (que había entrado por una puerta diferente) acercarse corriendo para tratar de ganar uno de los dos lugares desocupados. Niña y señora agradecieron el gesto cortés de la pareja, y ésta permaneció de pie, en la parte intermedia del vagón, aunque cargados ligeramente hacia la puerta junto a la cual decidí permanecer.

-¡No mames! –dijo uno de los integrantes del grupo de jóvenes cuando ya el tren iba en marcha. Su cabello era largo, apenas contenido por la gorra de estambre negro que llevaba puesta-. Pinches policías, ¿para qué?
-Pues para que nadie más se aviente –dijo una de las dos chicas que iban en el grupo.
-¿Y tú crees que se van a andar aventando ‘orita?
-Sí, güey. Eso lo tienen que hacer antes, no cuando ya se aventaron –intervino otro de los jóvenes.
-¿Y cómo van a saber a qué hora se va a aventar alguien? –intervino la segunda chica, tomando partido de su compañera.
-Pus sí, pero, ¿a poco crees que uno se va a aventar luego luego después que otro se aventó?
-¡De menso!

Mi mirada se apartó de aquel grupo de jóvenes, pero no así mi atención, no del todo, cuando uno de ellos comenzó a girar su cabeza en la dirección en la que yo me encontraba. De modo que no era el único a quien la presencia de los guardianes del orden le resultaba absurda. Ni siquiera era como el pozo que se tapa después del niño ahogado, pues podría apostar lo que fuera a que la guardia montada no duraría ni siquiera lo que restaba del día. ¿Y si ponían un detector de suicidas, tal como lo habían hecho con los detectores de metales que siguieron al triste episodio de la balacera en el metro Balderas? Absurdo también, puesto que aquello sólo duró un breve lapso, y en las estaciones en las que aún existen, no obligan a toda la gente a pasar a través de él. Ése habría sido mi comentario si fuera parte de ese grupo de jóvenes… pero no lo era.

Fijé la vista en la niña, que jugueteaba con una muñeca, sentada en la mitad del asiento, mientras que su madre ocupaba la otra mitad… y el asiento contiguo. ¿Le habría dicho algo en relación con el incidente ocurrido hacía tan poco tiempo en la estación en la que abordamos? No lo creía. Si así hubiera sido, volvería a jugar con la suerte y apostaría nuevamente a que la niña en ese momento estaría bombardeando a la mujer de rosa con preguntas alusivas a los motivos detrás de ese acto. ¿Por qué? Tal como yo me lo había preguntado, aunque seguramente su natural curiosidad no se habría visto satisfecha, como la mía, con un “quién sabe” por respuesta. Divina inocencia.

Llegamos a la siguiente estación y tuve que moverme, para que la puerta abriera libremente. No entró gente por esa puerta, en cambio, la pareja que había cedido su asiento a la madre y la niña, bajó. ¿Sería sólo por eso que decidieron no sentarse? ¿Porque iban a viajar una sola estación? ¿Qué habría sucedido si, como yo, hubieran tenido planeado un viaje de más de diez estaciones? ¿Habrían corrido, como la niña, para ganar el lugar?

La puerta, al cerrar, me golpeó ligeramente en el hombro derecho, invitándome a recuperar mi posición, pues parte de mi cuerpo se encontraba fuera del vagón mientras mi mirada aún acompañaba a la pareja que seguía sin mostrar signos evidentes de su posible noviazgo. El tren se mantuvo en el andén unos instantes. Durante ellos, el tren del otro lado llegó para hacer también su escala. Éste sí venía a reventar, aunque no era extraño a esas horas en un día normal. Poca gente bajó, y también poca subió, pues era prácticamente imposible hacerlo.

La puesta en marcha del tren recién llegado fue anterior a la de aquél en el que yo viajaba, y eso despertó la curiosidad de la niña, cuya muñeca ahora corría el peligro de caer de su regazo.

-¿Por qué nosotros no? –dijo, sin apartar la vista del último vagón del otro tren. La mía también se dirigió allí, y vi a la pareja que nos había acompañado durante una estación, de pie, apenas unos cuantos pasos más allá. Seguramente se habrían citado con alguien y lo estarían esperando, aunque por alguna razón que no puedo explicar más bien se me figuró como si hubiera intentado subirse al tren que acababa de partir y no lo hubieran conseguido.
-Algo ha de’ber pasado –respondió la voluminosa mujer, levantando la cabeza y asomándose hacia donde ya no se alcanzaba a ver el tren, como si la respuesta pudiera estar allí.

-¡Ve a ver qué pasó, güey! –dijo uno de los adolescentes que estaban frente a mí.
-¡Ve tú!

Justo cuando un suspiro perezosamente resignado escapó de mis pulmones, el tren reanudó su marcha. “Ya no te detengas, por favor”, imploré en silencio. Pocas cosas hay más molestas para mí en situaciones en las que tienes que permanecer en un sitio contra tu voluntad, que la de soportar gente escandalosa, y si son adolescentes celebrando las tonterías de sus compañeros, peor aún.

Mi mirada de pocos amigos se mantuvo en el grupo unos breves instantes, como si pensara que eso podría hacer que se comportaran y, extrañamente, así lo hicieron. Es decir, sé que no fue por mi mirada, puesto que ninguno de ellos se percató de que los veía (creo), pero sí moderaron su comportamiento y el volumen de sus voces no alcanzó niveles molestos.

-Ira, siéntate, güey –dijo uno de ellos a una de las chicas, señalándole con la cabeza un asiento que acababa de desocupar un señor, aun con el tren en movimiento.
-No, aquí voy bien.
-Siéntate. O me siento yo.
-Siéntate tú.
-¡Chale! ¿Luego por qué las avientan a las vías?

Nadie se rio de su “ocurrencia”. En cambio, todos sus compañeros acompañaron con un abucheo su andar hacia el asiento recientemente desocupado.

-No mames, güey, no juegues con esas cosas –dijo una de las chicas, cuya vista se hallaba puesta en la de la señora de rosa, que había levantado su cabeza para lanzarles una mirada de reproche.

El tren se detuvo.

La persona que desocupó el lugar no descendió. Probablemente se había equivocado de estación, y bajaría en la siguiente. Permaneció allí, viendo hacia afuera, a través de la puerta. Los chicos continuaron con su charla, ya sin hacer caso del compañero que había ido a sentarse.

La mirada de la señora se concentró, como antes, en la niña, que había reanudado su juego con la muñeca.

“Ya me voy para siempre, para nunca volver”.

Aun antes de que avanzara el tren, la voz de un viejecito comenzó a oírse al fondo del vagón. Vaya canción había elegido justo en ese día. Mi mente, con cierto grado de humor negro, pensó en aquella persona que se había arrojado a las vías, sin tener un punto de referencia, sin saber si era hombre o mujer, viejo o joven, sin saber si había sido accidental o premeditadamente. “Ya me voy para siempre”, canturreó mi mente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”, continuó cantando.

No sé si algún pensamiento morboso, como el mío, pasó por la cabeza de los demás viajeros, pero hubo un instante, pequeño, pero evidente, en el que todos parecimos estar muy atentos a la canción del anciano que, con bastón en mano, caminaba dificultosamente para atravesar de punta a punta el vagón.

Me sentí avergonzado de mis pensamientos y aparté la mirada de su figura, aunque su voz siguió taladrando mis oídos:

“Voy a vagar por ai… trataré de pasar mi vida más tranquila… Si sigue este dolor… no les sorprenda que…”.

Igual que yo, el resto de los pasajeros continuó su travesía sin hacer más caso del anciano, de manera evidente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”.

Cuando el cantante pasó delante de mí, un poco por la vergüenza que sentí a causa de mi pensamiento y otro poco porque era una canción que me gustaba, metí la mano en mi bolsillo derecho y palpé las monedas. Tres, tomé tres de ellas, sin fijarme en su valor. Las saqué, di un paso hacia el anciano y extendí mi mano. Él levantó su mirada cansada, surcada por mil arrugas, con aire suplicante, y la posó en la mía. Alargó su mano también, y deposité en ella las tres monedas. Interrumpió su canto para decir “que Dios se lo pague”, le sonreí, y continuó andando.

“… porque el amor de mi alma…”.

Mi mente intentó anticipar la frase de la canción en la que el viejecillo se había interrumpido, pero antes hubo otra interrupción: un mensaje de texto; su llegada hizo vibrar mi celular. Era Eli, quien fiel a su costumbre inquisitiva, investigadora y audaz, se había dado a la tarea de investigar aquello que no sabíamos y ahora me lo compartía.

“Ya supe qué fue. Sí fue un suicidio”.

Y adjuntaba un enlace a la noticia completa. Una vez más, guiado por el morbo, presioné el enlace para enterarme de los acontecimientos. El encabezado rezaba: “Muere anciano al ser arrollado en el metro Nezahualcóyotl”. No alcanzaba a leer la nota completa, por el tamaño del texto, pero había allí una foto. Temblé al contemplar esa mirada cansada, casi suplicante, surcada por mil arrugas que me mostraba la pantalla del celular. Los labios marchitos de esa imagen inmóvil casi se movieron para acompañar la voz que aún se oía al fondo del vagón.

“Voy a vagar por ai…”.

-¿Por qué, mamá? –preguntó nuevamente la niña, con la mirada fija en el anciano, pero el pensamiento en aquella pareja que había descendido-. Me dijiste que cuando subes al vagón ya no puedes bajar. ¿Por qué ellos sí y nosotras no?
-Algo ha de’ber pasado –dijo con cierto dejo de resignación-. A lo mejor todavía no les tocaba.

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