LunAgo24

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse mientras allí abajo la sensación de calidez perdida momentáneamente por su sobresalto acometía con una fuerza extraordinaria. La cordura volvió a abandonarla y ya no se permitió dudar.

--- o---

Cuando aquello era tan sólo una posibilidad que se había planteado, una parte de ella, la consciente, “sabía” que jamás sucedería; eran locuras y ella no permitiría que sucediera. Sin embargo, había otra parte, la inconsciente, la que a veces le llevaba a actuar de manera impredecible y muchas ocasiones había sido causa del malestar de Daniel, de ese silencioso reproche que consistía en abandonar el campo de batalla sin decir nada que a ella tanto molestaba, pero después, cuando la tempestad de sentimientos negativos cesaba y daba paso a la calma de los recuerdos agradables, la llevaba a albergar sentimientos ulteriores de culpabilidad. Era esa misma parte oculta la que le hizo saber, aún a disgusto suyo, que tarde o temprano aquello sucedería... y estaba sucediendo, sin embargo, esta ocasión no existiría ese posterior remordimiento, lo intuía. Por más que aquella conciencia suya que le había engañado, que por un momento había conseguido hacerle creer que jamás se dejaría seducir, ahora le ordenase flagelarse mentalmente por permitirse sentir y hacer sentir; era imposible reproche alguno.

No había pasado media hora, y aun cuando posteriormente su mente vagara en los recuerdos intentando encontrar algún momento en el que debió detenerse, no lo encontraría.

El inicio no fue lo suficientemente evidente como para atemorizarse. Las manos de Daniel ya antes habían rodeado su cintura, y las suyas propias ya se habían posado con anterioridad en la espalda masculina. Era algo natural al bailar. Era la segunda ocasión que, a hurtadillas, tomaban su improvisada clase de baile. Comenzó como un juego, entre risas y bromas. Él, con aire solemne y el brazo derecho por detrás de su cintura, extendió su mano izquierda; ella, con sobreactuada delicadeza depositó las yemas de los dedos de su mano derecha sobre la que se le ofrecía. Él hizo una reverencia antes de tomar con su mano libre su talle; ella, con estudiada coquetería, los ojos entrecerrados y esgrimiendo una sonrisa, lo tomó por el hombro y se abandonó al ritmo de la música. Se acabaron las formalidades y sus cuerpos se encontraron girando una y otra vez al compás que dictaban las tumbas y trompetas del disco de salsa.

--- o---

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó súbitamente Daniel. Entreabrió los ojos y contempló el rostro de Esmeralda, tan cercano al suyo, cuyos ojos se encontraban cerrados, los labios húmedos entreabiertos y el ceño ligeramente fruncido; pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. La escuchó gemir, o mejor dicho, la adivinó hacerlo, pues el sonido que salió por su boca fue apenas perceptible. ¿Fue un “sí” lo que dijo? Jamás se lo preguntaría. Sus manos, que habían estado recorriendo, por momentos suavemente y por momentos con ímpetu, la espalda femenina, su cintura, sus piernas, habían dejado de hacerlo, aunque no perdieron contacto con ella. En ese momento, Esmeralda abrió sus ojos aún con el ceño fruncido y los fijó en los de Daniel, suplicante, sedienta, mientras sus manos presionaban sobre la espalda desnuda y provocaban un contacto más estrecho aún, si fuera posible, entre ellos. Daniel miró los humedecidos labios y acercó, sin prisa, los suyos a ellos. La duda desapareció.

--- o---

Mentiría si dijera que nunca había pensado en la posibilidad de que eso sucediera. “Sería bonito”, pensó alguna ocasión, pero no estaba seguro de desearlo realmente, a excepción de una de esas extrañas ocasiones en las que todo pareció conjugarse para crear una atmósfera perfecta de complicidad entre Esmeralda y él, y hablaron de sexo y ella desnudó su alma, y ese desnudo lo excitó quizás más de lo que podría excitarlo su cuerpo sin ropas. “Ojalá algún día pueda hacer el amor contigo”, estuvo a punto de decirle, pero se contuvo. No creyó que fuera conveniente, porque no quería estropear ese momento tan perfecto, ni provocar que ella se molestara, ni que esa confianza recién y difícilmente ganada desapareciera sin dejar rastro.

Todo sucedió sin ser planeado. Ya antes habían bailado e, incluso, aquella ocasión, por ser la primera, podría haberse prestado más a una situación como ésta, pues no sabían lo que la cercanía de sus cuerpos podría provocar en ellos. Pero no sucedió nada que no fuera un extraordinario momento de compenetración, como amigos. Pero quizás ésa era la trampa; aquella ocasión estaban alertas. Esta ocasión estaban confiados, “sabían” que nada sucedería y, por tanto, tenían la guardia baja, por lo que cuando el certero golpe de la pasión les dio en el rostro, no tuvieron tiempo de reaccionar. Pero, ¿cómo podrían haberlo sabido? Esta ocasión no fue tan distinta, quizás lo único fue que esas vueltas vertiginosas de la salsa pronto acabaron para dar paso al sublime compás de una balada lenta. Sí, seguramente eso fue, pero podría ser también el excelente estado de ánimo que Esmeralda mantuvo durante todo el día y, la consiguiente complacencia de Daniel. Esa charla matutina, esas confesiones mutuas, esas dudas despejadas y tantas cosas compartidas. Se habían convertido en cómplices, y ésa es la mejor manera de llegar a ser uno solo. La formalidad regresó. Esmeralda arqueó sus cejas e irguió su porte mientras sostenía un imaginario vestido de holanes con su mano izquierda y con la derecha un también imaginario abanico. Daniel la reverenció: “¿Me concede esta pieza, hermosa dama?”, preguntó. “Desde luego, apuesto caballero”, contestó ella. Y el mundo dejó de existir.

Ya no era la biblioteca la improvisada pista de baile. Ya no había escritorios estorbosos ni puertas indiscretas que pudieran abrirse súbitamente; la presencia de los noveles bailarines en complicidad con la música era enmarcada por un hermoso salón tapizado en terciopelo. Los grandes ventanales permitían a la luna, vouyerista al fin, contemplar el idilio que había comenzado, y, a cambio, proporcionaba al ambiente un toque surrealista con su tenue luz iluminando, al centro del salón, la fuente cuyas aguas brotaban del orifico superior de dos delfines plateados que giraban al compás de la música.

“Oh, my love, my darling…”
cantaba la voz profunda.

Y se encontraron bailando… la mano de Daniel en la cintura de Esmeralda… la suya en el hombro de él. Las otras manos estaban juntas, entrelazaban sus dedos y el inicial e inofensivo toque se convirtió paulatinamente -involuntariamente, quizás-, en una delicada caricia, tan delicada, que ninguno de los dos sabía si para el otro aquello era más que un contacto natural, aunque sabían que para cada uno de ellos sí que lo era. La mirada de Esmeralda se encontraba fija en un punto indefinido, como absorta, sin atreverse a pensar, sólo a sentir; en cambio, la de Daniel se mantenía fija en ella… y, a pesar de su aparente ausencia, Esmeralda pareció percibirlo porque sonreía disimuladamente.

“... I’ve hungered for your touch, a long lonely time...”

La voz de Daniel, con tono grave, muy bajito, se unió a la melodía y penetró por el oído de Esmeralda, que estaba a escasos centímetros de su boca. Cerró los ojos. No podía verla, pero sabía que ella también había cerrado los suyos y sintió cómo su cabeza se recargaba en él; cómo le agradaba aquel gesto, era hermoso sentir a Esmeralda buscar su hombro para descansar su cabeza allí, o viceversa, sentir cómo ella, al tener la cabeza de Daniel sobre su hombro, inclinaba también la suya. Esta vez, mientras ella buscaba el abrigo de su cuerpo, deslizó delicadamente la mano que sostenía sus dedos hasta su hombro. La mano de Daniel permaneció un segundo en el aire, pero casi sin pensarlo, como consecuencia natural, la dirigió hasta la cintura de Esmeralda, con temor al principio, pero con mayor convicción después, hasta que los dedos de ambas manos se entrelazaron por detrás del cuerpo frágilmente estrechado.

“... and time goes by, so slowly and time can do so much...”

Ya no eran sólo las manos de Esmeralda, sino sus brazos completos los que estaban en contacto con los hombros de Daniel. Sus mejillas también estaban en íntimo contacto y, al fin cómplices, ambos mantenían sus ojos cerrados, tan cerrados como el cada vez menos frágil abrazo en el que se había convertido aquel baile, y que ahora ponía en contacto rincones de sus cuerpos que jamás se habían tocado.

Quizás éste fue el momento, pensaba Esmeralda, en el que pudo haber detenido todo. Era tan sencillo, ella era especialista en eso; algún comentario fuera de lugar, algún ademán, algún gesto de rechazo, era tan fácil… Pero, ¿en realidad lo era? ¡Claro!, era tan sencillo como suspender la respiración de tajo en la superficie luego de haber estado sumergida tres minutos bajo el agua; era tan fácil como dejar de ser mujer. Era tan fácil como… Pero aunque hubiera podido, ella sabía que no hubiera querido hacerlo.

“… are you, still mine?”

Algo estaba sucediendo. Era mucho más que el contacto de sus senos, cuyos indiscretos pezones erectos amenazaban con delatarla, contra el pecho de él. ¿Lo habrá notado? No importaba. La erección de sus pezones jamás podría ser tan notoria como lo era la del cálido miembro viril que, juguetón, coqueteaba con su muslo izquierdo, muy cerca de la ingle, y a cada compás, imitando su tantas veces criticada irreverencia, retaba su capacidad de dominio.

Algo estaba sucediendo, y era más que sus brazos rodeando completamente la cintura de Esmeralda. Era más que los brazos de ella rodeando sus hombros. Era más que su travieso miembro clamando por la libertad y la aceptación del contacto de la pierna, ligera, pero evidentemente flexionada, de Esmeralda. Cuando Daniel abrió sus ojos, se encontró con esa enigmática sonrisa dibujada en su rostro. Él sonrió también y besó su mejilla. Era eso, pero era también el ritmo de sus latidos del corazón bailando al mismo compás que los de Esmeralda.

“I need your love, I need your love...”

Ella sintió las manos de él soltarse a su espalda. Una de ellas continuó sujetándola suave, pero firmemente, por la cintura, mientras la otra comenzaba a ascender en un rítmico vaivén por su espalda. Pudo sentir, también, cómo sus piernas se entrelazaban a cada paso y cómo aquel prisionero, pugnando por salir, se erguía orgulloso al contacto con su pubis, húmedo ya.

Los ojos de Esmeralda se cerraron y, en cambio, sus labios se entreabrieron. ¿Sería una invitación? No lo sabía, pero si lo era, Daniel no se atrevió a tomarla, en cambio, depositó un cálido y tierno beso en su mejilla mientras con la mano liberada hacía poco asió su barbilla y dejó que sus dedos se deslizaran por el contorno de su rostro. Sintió la mano de Esmeralda ascender y comenzar a juguetear con su cabello.

“...God speed your love to me”

Daniel cerró sus ojos y se dedicó tan sólo a sentir. No necesitaba guía para saber que el rostro de Esmeralda se hallaba justo frente al suyo y que ahora tenía sus ojos abiertos fijos en él.

Esmeralda abrió sus ojos y miró, mientras revolvía el cabello de Daniel, que éste había cerrado los suyos. Lo contempló. En su rostro había paz, pero también un algo imposible de describir que la excitaba. Era maravillosa esa combinación de excitación y ternura; en un momento podría sentir deseo de abrazar y consolar a ese frágil hombre que tenía delante de ella, y al momento siguiente podía sentir un deseo irreprimible de desbordarse de lujuria y pasión. Lo mismo le sucedía a él.

“Lonely rivers flow to the sea, to the sea...”

Esmeralda cerró sus ojos y dejó de pensar. Todo sucedió tan rápido, pero tan lento. A pesar de que la voz de Daniel ya no acompañaba la música de fondo, ambos seguían hablando. Sus cuerpos se decían todo cuando fuera necesario.

“... to the waiting arms of the sea...”

Abrieron los ojos al mismo tiempo. Su respiración acompasada había logrado sincronizarse. Esmeralda mantenía fija su mirada en los ojos de Daniel. Los ojos de éste, en cambio, miraban con insistencia la brillante humedad de los labios deseados.

“Lonely rivers cry, wait for me, wait for me...”

Fue un solo instante. No volvieron a cerrar los ojos hasta que sus labios por fin encontraron la ansiada humedad de la boca ajena.

“... to the open arms, wait for me...”

--- o---

Todo sucedió tan deprisa; la luz interna se apagó, las manos de ella luchaban por aflojar su corbata, mientras los hábiles dedos de él habían conseguido desabotonar su falda. En un instante él se encontró con el torso desnudo; no era tan velludo como ella había imaginado, pero le agradó. Permaneció unos segundos contemplando aquello que desconocía de él. Si no hubiera estado absorta en la contemplación del pecho masculino, habría notado que su mirada también estaba fija en ella, en sus senos, que poco a poco emergían bajo la delgada tela de la blusa que, con delicadeza, Daniel desabrochaba y quedaban ocultos sólo parcialmente por el ingrato sostén blanco que los protegía.

“Abrázame”, pidió ella, y por fin, piel con piel, se sintieron uno solo. El calor de su cuerpo la envolvía, y sus labios buscaron ansiosos el escondite de la lengua juguetona con la que envolvió la suya.

La blusa de Esmeralda cayó. Afortunadamente, el estorboso escritorio había vuelto y ahora era el apoyo para esos dos cuerpos que, sin tregua, se exploraban. La falda sí cayó al suelo, lo mismo que el pantalón y la corbata.

La piel desnuda de la espalda recién liberada de los broches del sostén era recorrida en un vaivén interminable por las manos de Daniel; por su parte, las de Esmeralda no cesaban de estrujar, de apretar contra ella el palpitante cuerpo masculino, como si deseara fundirse en él de una vez. Sus muslos separados no ofrecían ya resistencia a la invasión y podía sentir perfectamente la dureza del miembro contra su vulva, confinada aún en la humedad de la prisión que ella misma había provocado. Apretó, entonces, las nalgas de Daniel, en un esfuerzo inútil porque el osado ariete enloquecido pudiera rasgar la tela que le impedía el paso a su interior.

Hubo un leve forcejeo; Esmeralda deseaba sentir sus sexos en estrecho contacto, sin embargo, Daniel se separó ligeramente de ella, ante su sorpresa, pero precisamente era eso lo que deseaba: sorprenderla. “Cierra los ojos”, le pidió. “Confía en mí”, insistió, ante su desconcertada pasividad. Esmeralda confió y cerró sus ojos. Sintió a Daniel sentarse a su lado y adivinó su mano izquierda acercarse a su rostro. El dorso de la mano recorrió su mejilla suavemente; un dedo primero, luego dos, se acercaron a sus labios y con ellos recorrió su contorno. Casi como un reflejo, Esmeralda humedeció sus labios con su lengua, pero el recorrido siguió. Ahora eran las yemas de los dedos las que se deslizaban por su piel… las mejillas… la barbilla… el cuello… el pecho…

Lo sintió levantarse, pero no abrió los ojos. Los dedos se detuvieron un segundo antes de hacer contacto con sus senos, justo en el nacimiento del profundo valle entre ellos. Se estremeció, y nuevamente presintió, más que sintió, la cercanía de… su boca. Sí, era su rostro el que avanzaba y estaba a… ¿cuánto? ¿Diez centímetros?, ¿cinco? Lo supo cuando sintió sobre su pecho izquierdo una calidez extraordinaria; era el pincel de un artista que dibujaba formas caprichosas sobre él, dejando una húmeda estela a su paso; era el pincel de su lengua que acariciaba su pecho. Pero era sólo el contorno, la parte superior, lo mismo que la inferior, pero no el centro, en el que el ansioso pezón reclamaba la atención de Daniel irguiéndose al máximo.

Los dedos continuaron su camino, pero no se atrevieron a atravesar por el valle, sino que lo rodearon. Ahora el pulgar era partícipe también; mientras el suave pincel dibujaba el camino a la gloria, éste describía una espiral que comenzaba en la unión de ambos senos y tenía su destino en… Pero no llegó hasta allí. Se desvió, abrió el paso a la lengua que, curiosa, decidió investigar hacia dónde se dirigía su compañero. Y hacia allá fue. Hacia abajo… hacia abajo…

Ningún aroma podría compararse con el que brotaba de su excitación. Los rosados labios, ligeramente separados, ocultaban celosamente, como un tesoro, el más preciado de todos, la fuente de aquel maravilloso aroma. Los muslos separados eran una invitación. Daniel también cerró los ojos, no necesitaba ver, aunque la visión era maravillosa, le bastaba el instinto, como los pequeños cachorros que, aun sin visión, pueden encontrar fácilmente el lugar del que mana la fuente de la vida. Sus labios se acercaron; el aroma se hizo más intenso, embriagador. Pudo sentir el escaso vello púbico cosquilleando en su nariz.

Su lengua se hundió en lo más profundo de aquella mágica gruta de placer; los labios se separaron, dejando al descubierto el preciado tesoro, el clítoris, el único órgano del cuerpo humano que no tiene más finalidad que la de proporcionar placer, ése era su destino y para eso estaba allí. Esmeralda volvió a estremecerse y no pudo reprimir un gemido cuando sintió aquel pincel que había estado recorriendo sus zonas más sensibles hacer contacto con su clítoris. Lo sintió moverse en círculos alrededor de él… muy lento al principio… más rápido… más lento… El movimiento cambió de ida y vuelta, como el aleteo de un colibrí, rozando apenas aquella fuente de placer… y se perdió… no supo cuánto tiempo pasó, pero allí llegó su primer orgasmo, el cual, coincidentemente, finalizó justo cuando sintió a Daniel incorporarse.


“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse justo en el momento en que el ardiente miembro de Daniel traspasaba la frontera de su sexo.

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