MarAgo25

Llegó un ángel hasta el cielo;
si bien, el cielo es su hogar,
él prefería vagar
día y noche a ras de suelo.
Los ángeles, con recelo,
entre sí se preguntaban
qué sería lo que buscaba
en la tierra aquel hermano;
el más pequeño, el más sano
y el más hermoso, sin duda;
tenía el brillo de la luna
en sus ojos tan humanos.

Le vieron pasar deprisa
sin voltear, sin decir nada,
con la mirada extraviada
y ligero, como brisa.
Lo llamaron, entre risas,
y, al volverse, rompió en llanto,
y esas lágrimas de tanto
y tanto tiempo reprimidas
sangraron, como una herida
en aquel rostro tan bello;
se abrazó a uno de ellos
como aferrado a la vida.

El brillo de su mirada
aún tenía luz de luna,
sin embargo, por alguna
causa extraña, no había nada
de lo que antes recordara
el mirar de un ser humano;
secó el llanto con su mano
y por fin se oyó su voz:
que lo llevaran con Dios
fue su súplica insistente;
al llegar, bajó la frente
y quedaron solos los dos.

-Señor –dijo sin mirarlo-,
hace tiempo te pedí
un gran favor y ofrecí
no pedir más, y ocultarlo.
Conocí un día, sin buscarlo,
un ser hermoso allá, abajo;
era especial, pues me trajo
en un segundo una paz
parecida a la que das
con tu mirada profunda;
quizás esto te confunda,
pero quiero un favor más.

Por mucho tiempo he tenido
tanta alegría al mirarla,
y esa voz, al escucharla
canturreándome al oído…
¡Cuánta dicha habré sentido!
que aun este edén tan hermoso
por las noches se hace odioso,
como imagino el infierno;
de noche, Señor, no duermo
pensando y pensando en ella;
la imagino en cada estrella
y el tiempo se me hace eterno.

Por eso, en cuanto amanece,
vuelo otra vez a su lado
y, aunque parezco olvidado
en un rincón, algo crece;
darle cuanto ella merece
he llegado a proponerme,
pues, aunque no puede verme,
me presiente, estoy seguro.
Por las noches, te lo juro,
siento que habla conmigo
y soy su mejor amigo,
pues la escucho, sin ser duro.

Cuando sonríe, sonrío;
si está triste, yo entristezco,
y es que, aunque no lo merezco,
la siento como algo mío.
Incluso, si siente frío,
la protejo con mis alas…
aunque, hay veces que, cuando habla,
no sé si lo hace conmigo,
no sé si siente el abrigo
que mis alas quieren darle,
no sé, cuando llego a hablarle,
si tocar su alma consigo.

Y es extraño, por momentos
siento serle importante,
otros, me siento distante,
y otros más estoy contento.
No creas, Señor, que miento
si te juro que la amo,
pero que sufro, y si estamos
a solas, quiero tocarla,
pero, entonces, al mirarla,
mi alma se vuelve pedazos,
porque sé que entre sus brazos
jamás podré disfrutarla.

Y no sabes cuánto cuesta
estar tan cerca y tan lejos;
es entonces cuando dejo
que mi pena quede expuesta,
pero, al final, la respuesta
de mi corazón la aleja,
su ternura me aconseja
que vaya en pos de sus huellas,
y el dolor ya no hace mella,
pues un segundo a su lado
es mil veces más preciado
que la eternidad sin ella.

Se hizo un silencio importante,
Dios, con inmensa bondad,
vio que no era necedad
lo que aquejaba a ese amante.
-¿Tú eres feliz al mirarle?
-Sí, Señor, no sabes cuánto.
-¿Debo suponer, por tanto,
que el favor que he de brindarte
será materializarte
para, así, poder tocarla?
¿Qué ella pueda, y tú, mirarla,
aun cuando fuera un instante?

El ángel cerró sus ojos
casi al punto del dolor
y respondió: -No, Señor,
esa esperanza no alojo.
He aprendido a echar cerrojo
y ser feliz con lo que tengo.
Por las noches, cuando vengo,
y por el día, cuando voy,
soy… lo más feliz que soy,
tanto que el dolor olvido.
Sólo hay algo que te pido
y es no verla como hoy.

Hoy, Señor, vi que lloraba
con un dolor tan inmenso
que me pregunté “¿qué esfuerzo
puedo hacer por consolarla?”.
Conseguí casi abrazarla,
pero, entonces, sin razón,
ella abrió su corazón
y entré en él sin resistencia.
Allí notó mi presencia,
pero, lejos de alegrarse,
el dolor se hizo más grande
y, entonces, vi años de ausencia.

Todo pasó en un segundo
y ahora sé, bien que lo sé,
que hace tiempo esa mujer
vivió el peor dolor del mundo,
el más grande, el más profundo
que tener puede en la vida
una mujer, pues fue herida
en su hermoso corazón
cuando un día, sin elección,
su cuerpo fue profanado
y en su vientre fue sembrado
el fruto de la transgresión.

Y aunque es una mujer fuerte,
hoy la culpa la atormenta,
porque la única respuesta
con la que al miedo hacer frente
fue sacarse de su vientre
la vida que allí crecía.
Pero, ¿qué otra opción había
en este mundo prolijo?
Hoy se culpa, me lo dijo,
por no saber resistirse,
por decidir permitirse
renunciar así a ese hijo.

“¿Qué derecho”, oí decir,
“tenía de quitar la vida
a un pequeño?” y, aun destruida,
piensa más en el que en sí.
Y no quiero que sea así,
pues se acusa de cobarde.
Y cuando el pecho más arde
recordando lo vivido,
yo quisiera darle olvido
y poder decirle “No”,
"No es así, porque yo
soy ese hijo perdido".

Y no le guardo rencor,
por el contrario, la admiro,
porque su vida dio un giro
que ella afrontó con valor.
Es cada día mejor
y consigue, día con día,
lo que no conseguiría
en su caso otro cualquiera.
Para que nunca sufriera,
con gusto, Señor, daría,
aunque sea una herejía,
mi vida, si la tuviera.

-¿Y si, a cambio, te pidiera
que jamás vuelvas a verla?
-Lo haré, Señor, si al perderla
de ese modo consiguiera
que tú o alguien le dijera…
Pero Dios calló su boca.
-No, pequeño, no me toca
a Mí llevar tu mensaje.
Tú, que has tenido el coraje
de renunciar a quien amas,
deja que sean tus palabras
las que acaben el ultraje.

-Madre, yo cuánto querría
no ser parte de tu llanto,
en cambio, quisiera tanto
ser parte de tu alegría.
Cuando lo hiciste sabías
qué era mejor para ti;
decidiste, no nací,
y es lo mejor, de verdad.
Yo podría contestar,
si perdón vas a pedirme:
no elegiste concebirme;
yo elijo tu libertad.

No desees, madre querida,
regresar el tiempo atrás,
porque hoy lo que me das
es más grande que la vida.
Me basta verte a escondidas
y pensar que no entorpezco
tu futuro, y agradezco
que seas por fin quien eres.
Me gusta ver que me quieres
como jamás me querrías,
cual sé que no me amarías
de otra forma en lo vivido,
porque, si hubiera nacido,
quizás me aborrecerías.

Ya no te sientas culpable
y tus lágrimas no escondas;
siempre habrá quien corresponda
ese gesto, gente amable
que te quiere. Y cuando hables,
créelo, porque es así:
tú mereces ser feliz.
Y mantén tu convicción
que hiciste bien tu elección.
Y si quieres recordarme,
mami, puedes regalarme
cada noche una oración.

Ésta es mi despedida,
pero dejarte no quiero
entre lágrimas, espero
que vivas agradecida,
porque, al final de tu vida,
verás, contigo estaré.
De Dios el plan te diré:
algún día encontrarás
un buen hombre y formarás
una familia prodigio,
y nacerá, Él me lo dijo,
un niño, vida en tu vida.
Entonces, entre alegrías,
tendrás de vuelta a tu hijo.

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