MarAgo25

En la escuela todos hablan,
la mañana de este enero,
sobre mí; me he convertido
en celebridad, lo menos.
Es extraño, pues hasta hace
un día, desde que me acuerdo,
nadie ha hablado de mí, nunca
como hoy escucho hacerlo.

Siempre he sido… un relegado,
un accidente en el tiempo
que transcurre en los salones;
si acaso, un divertimiento
de Rubén y de la banda,
los que siempre en el recreo
cuando paso hacen voces
con las que imitan mi acento.

Los mismos que se encargaron
de bautizar mis recuerdos,
porque allí no tengo un nombre;
allí me llaman “el ciego”,
“el cuatro ojos” el “ceguetas”,
“a media luz”, “viscorneto”...
Y eso siempre arranca risas…
… no las mías, desde luego.

No sé sus motivaciones;
me pregunto qué les he hecho
que merezca cada día
convivir con ese infierno.
¿Será que insulta su vista
mi forma de andar, mi pelo?
¿Será que toman mi almuerzo
pues creen que no lo merezco?

Muchas veces lo que uno hace
tiene un fin que es muy concreto;
pasarla bien, divertirse,
disfrutar un buen momento.
Pero eso que otro disfruta
quizá a alguien más, en secreto,
puede causarle disgustos,
penas, ¿por qué no?, hasta miedo.

Él busca llenar su vida
de divertidos momentos;
yo espero sólo un minuto
al día no sentir miedo.
Él siempre mira insistente;
yo a él no puedo ni verlo:
él así se ve imponente;
yo así… me siento un muñeco.

Una ocasión, con motivo
de fin de año, un maestro
invitó a un conferencista
para hablarnos del respeto.
A media charla, la banda,
ignorando aquel concepto,
comenzó a hacer ruido y voces,
fiel a su comportamiento.

El ponente, con paciencia,
dejó de hablar un momento,
mirándolos fijamente,
se les acercó en silencio.
De inmediato se callaron…
menos Rubén, el más terco,
que, conteniendo la risa,
lo escuchó, no muy atento.

“Si estoy hablando”, le dijo,
“¿por qué hablas tú al mismo tiempo?”.
Él, encogiéndose de hombros,
le dijo “¿por qué no hacerlo?
¿Qué me lo impide? No existe
calificación; el maestro
nos obliga a que lo oigamos;
nada más por eso vengo”.

No supe más de la charla,
me concentré en el recuerdo
de una frase que sonaba
a revelación del cielo.
La respuesta a “¿por qué lo haces?”
puede ser “¿por qué no hacerlo?”;
si lo haces es porque puedes,
si no puedo, ni lo intento.

Comprendí que no haces algo
cuando algo te impide hacerlo;
que si nadie te condena
o te vigila, ya está hecho.
Puedes pasarte los altos
o golpear un compañero,
que, al fin, sólo te detienes
si alguien más te obliga a ello.

Por eso, aquella mañana
yo quise ser como ellos;
si preguntan por qué lo hago,
responder “¿por qué no hacerlo?”.
Por eso tiré mis lentes,
me alboroté los cabellos,
caminé con paso firme
la mañana de ese enero.

Crucé la entrada a la escuela
deshaciéndome del miedo
(mentira, al cruzar el patio
me temblaba todo el cuerpo).
Busqué a la banda en los pisos;
los descubrí en el tercero,
así que, apretando el paso,
fui allí con aire resuelto.

Al mirarme se callaron;
noté en ellos desconcierto
porque por primera vez en años
mi mirada estaba en ellos.
Me les acerqué impaciente,
cual volviendo del destierro,
y antes que dijeran algo
les dije: “¿por qué no hacerlo?”.

No me detuve, en cambio,
me descubrí al fin corriendo
hacia arriba, en cada piso…
el cuarto… el quinto… y el sexto.
No me detuve siquiera
para recobrar aliento,
pues desde aquella mañana
supe que iba a hacer aquello.

Desde entonces no me llaman
el “cuatro ojos” o el “ciego”;
soy quien no encontró un motivo
para no hacer lo que ha hecho.
Comprendí que así era libre
pues no había impedimentos;
corriendo hacia el precipicio
me dije “¿por qué no hacerlo?”.

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