Verso

Verso (24)

Cada vez que tú te alejas 
en mi sitio quedo quieto 
con el deseo de quedarme 
contemplándote a lo lejos. 
Y cada vez que te alejas 
se queda conmigo un cierto 
deseo de volver a verme 
caminar junto a tu cuerpo. 

Cada una de esas veces 
me contengo, pues no puedo 
contemplarte embelesado 
(mejor dicho… es que no debo). 
Cada una de esas veces 
siento que me siento ajeno 
a tu mundo, a tus vivencias; 
me siento ajeno a tu tiempo. 

Por eso, cuando no estás 
cerca de mí, me he propuesto 
dejar de sentir que… bueno, 
eso que a veces yo siento 
por tu causa. Sin embargo, 
basta mirarte de nuevo, 
contemplar tus ojos lindos 
y en tu mejilla el hoyuelo 

que acompaña tu sonrisa; 
basta con mirar el cielo 
y recordar aquel día 
en que viniste corriendo 
a encontrarme para darme 
mi borrador; lo recuerdo, 
para que, así, con más bríos, 
vuelva a nacer el deseo. 

Me gusta escuchar tu voz 
cuando dices “le agradezco”; 
me gusta ver la sonrisa 
que brota si te sorprendo 
callada, atenta a la clase; 
me gusta mucho tu pelo, 
y el pliegue que hacen tus labios 
en tu expresión de “no entiendo”. 

Quizás lo que más me gusta 
es compartir nuestro tiempo 
tú y yo solos en un aula, 
unos minutos al menos, 
y que, confiada, tu risa 
brote sincera en momentos 
en que hablamos de tu vida, 
de una película; y miento 

si no digo que quisiera 
llevar tu presencia lejos, 
más allá de estas paredes 
que simbolizan encierro; 
y así borrar esta línea 
entre tú y yo, y más que eso: 
saber que si estás sentada 
junto a mí es por tu deseo, 

no porque haya un compromiso, 
no porque busques consejo, 
ni porque lo necesites  
porque tus dudas resuelvo.  
Pero es cierto, hay una línea 
entre tú y yo; entonces temo 
que sea tan sólo a mis ojos 
que algo aquí esté sucediendo. 

Y en mis ratos de cordura 
sé que quizás todo aquello 
son sólo tus atenciones 
para conmigo, el maestro. 
Yo no sé si sea un delito 
sentir esto que ahora siento, 
pero anhelar que lo sientas 
eso… seguro ha de serlo. 

En la escuela todos hablan,
la mañana de este enero,
sobre mí; me he convertido
en celebridad, lo menos.
Es extraño, pues hasta hace
un día, desde que me acuerdo,
nadie ha hablado de mí, nunca
como hoy escucho hacerlo.

Siempre he sido… un relegado,
un accidente en el tiempo
que transcurre en los salones;
si acaso, un divertimiento
de Rubén y de la banda,
los que siempre en el recreo
cuando paso hacen voces
con las que imitan mi acento.

Los mismos que se encargaron
de bautizar mis recuerdos,
porque allí no tengo un nombre;
allí me llaman “el ciego”,
“el cuatro ojos” el “ceguetas”,
“a media luz”, “viscorneto”...
Y eso siempre arranca risas…
… no las mías, desde luego.

No sé sus motivaciones;
me pregunto qué les he hecho
que merezca cada día
convivir con ese infierno.
¿Será que insulta su vista
mi forma de andar, mi pelo?
¿Será que toman mi almuerzo
pues creen que no lo merezco?

Muchas veces lo que uno hace
tiene un fin que es muy concreto;
pasarla bien, divertirse,
disfrutar un buen momento.
Pero eso que otro disfruta
quizá a alguien más, en secreto,
puede causarle disgustos,
penas, ¿por qué no?, hasta miedo.

Él busca llenar su vida
de divertidos momentos;
yo espero sólo un minuto
al día no sentir miedo.
Él siempre mira insistente;
yo a él no puedo ni verlo:
él así se ve imponente;
yo así… me siento un muñeco.

Una ocasión, con motivo
de fin de año, un maestro
invitó a un conferencista
para hablarnos del respeto.
A media charla, la banda,
ignorando aquel concepto,
comenzó a hacer ruido y voces,
fiel a su comportamiento.

El ponente, con paciencia,
dejó de hablar un momento,
mirándolos fijamente,
se les acercó en silencio.
De inmediato se callaron…
menos Rubén, el más terco,
que, conteniendo la risa,
lo escuchó, no muy atento.

“Si estoy hablando”, le dijo,
“¿por qué hablas tú al mismo tiempo?”.
Él, encogiéndose de hombros,
le dijo “¿por qué no hacerlo?
¿Qué me lo impide? No existe
calificación; el maestro
nos obliga a que lo oigamos;
nada más por eso vengo”.

No supe más de la charla,
me concentré en el recuerdo
de una frase que sonaba
a revelación del cielo.
La respuesta a “¿por qué lo haces?”
puede ser “¿por qué no hacerlo?”;
si lo haces es porque puedes,
si no puedo, ni lo intento.

Comprendí que no haces algo
cuando algo te impide hacerlo;
que si nadie te condena
o te vigila, ya está hecho.
Puedes pasarte los altos
o golpear un compañero,
que, al fin, sólo te detienes
si alguien más te obliga a ello.

Por eso, aquella mañana
yo quise ser como ellos;
si preguntan por qué lo hago,
responder “¿por qué no hacerlo?”.
Por eso tiré mis lentes,
me alboroté los cabellos,
caminé con paso firme
la mañana de ese enero.

Crucé la entrada a la escuela
deshaciéndome del miedo
(mentira, al cruzar el patio
me temblaba todo el cuerpo).
Busqué a la banda en los pisos;
los descubrí en el tercero,
así que, apretando el paso,
fui allí con aire resuelto.

Al mirarme se callaron;
noté en ellos desconcierto
porque por primera vez en años
mi mirada estaba en ellos.
Me les acerqué impaciente,
cual volviendo del destierro,
y antes que dijeran algo
les dije: “¿por qué no hacerlo?”.

No me detuve, en cambio,
me descubrí al fin corriendo
hacia arriba, en cada piso…
el cuarto… el quinto… y el sexto.
No me detuve siquiera
para recobrar aliento,
pues desde aquella mañana
supe que iba a hacer aquello.

Desde entonces no me llaman
el “cuatro ojos” o el “ciego”;
soy quien no encontró un motivo
para no hacer lo que ha hecho.
Comprendí que así era libre
pues no había impedimentos;
corriendo hacia el precipicio
me dije “¿por qué no hacerlo?”.

Llegó un ángel hasta el cielo;
si bien, el cielo es su hogar,
él prefería vagar
día y noche a ras de suelo.
Los ángeles, con recelo,
entre sí se preguntaban
qué sería lo que buscaba
en la tierra aquel hermano;
el más pequeño, el más sano
y el más hermoso, sin duda;
tenía el brillo de la luna
en sus ojos tan humanos.

Le vieron pasar deprisa
sin voltear, sin decir nada,
con la mirada extraviada
y ligero, como brisa.
Lo llamaron, entre risas,
y, al volverse, rompió en llanto,
y esas lágrimas de tanto
y tanto tiempo reprimidas
sangraron, como una herida
en aquel rostro tan bello;
se abrazó a uno de ellos
como aferrado a la vida.

El brillo de su mirada
aún tenía luz de luna,
sin embargo, por alguna
causa extraña, no había nada
de lo que antes recordara
el mirar de un ser humano;
secó el llanto con su mano
y por fin se oyó su voz:
que lo llevaran con Dios
fue su súplica insistente;
al llegar, bajó la frente
y quedaron solos los dos.

-Señor –dijo sin mirarlo-,
hace tiempo te pedí
un gran favor y ofrecí
no pedir más, y ocultarlo.
Conocí un día, sin buscarlo,
un ser hermoso allá, abajo;
era especial, pues me trajo
en un segundo una paz
parecida a la que das
con tu mirada profunda;
quizás esto te confunda,
pero quiero un favor más.

Por mucho tiempo he tenido
tanta alegría al mirarla,
y esa voz, al escucharla
canturreándome al oído…
¡Cuánta dicha habré sentido!
que aun este edén tan hermoso
por las noches se hace odioso,
como imagino el infierno;
de noche, Señor, no duermo
pensando y pensando en ella;
la imagino en cada estrella
y el tiempo se me hace eterno.

Por eso, en cuanto amanece,
vuelo otra vez a su lado
y, aunque parezco olvidado
en un rincón, algo crece;
darle cuanto ella merece
he llegado a proponerme,
pues, aunque no puede verme,
me presiente, estoy seguro.
Por las noches, te lo juro,
siento que habla conmigo
y soy su mejor amigo,
pues la escucho, sin ser duro.

Cuando sonríe, sonrío;
si está triste, yo entristezco,
y es que, aunque no lo merezco,
la siento como algo mío.
Incluso, si siente frío,
la protejo con mis alas…
aunque, hay veces que, cuando habla,
no sé si lo hace conmigo,
no sé si siente el abrigo
que mis alas quieren darle,
no sé, cuando llego a hablarle,
si tocar su alma consigo.

Y es extraño, por momentos
siento serle importante,
otros, me siento distante,
y otros más estoy contento.
No creas, Señor, que miento
si te juro que la amo,
pero que sufro, y si estamos
a solas, quiero tocarla,
pero, entonces, al mirarla,
mi alma se vuelve pedazos,
porque sé que entre sus brazos
jamás podré disfrutarla.

Y no sabes cuánto cuesta
estar tan cerca y tan lejos;
es entonces cuando dejo
que mi pena quede expuesta,
pero, al final, la respuesta
de mi corazón la aleja,
su ternura me aconseja
que vaya en pos de sus huellas,
y el dolor ya no hace mella,
pues un segundo a su lado
es mil veces más preciado
que la eternidad sin ella.

Se hizo un silencio importante,
Dios, con inmensa bondad,
vio que no era necedad
lo que aquejaba a ese amante.
-¿Tú eres feliz al mirarle?
-Sí, Señor, no sabes cuánto.
-¿Debo suponer, por tanto,
que el favor que he de brindarte
será materializarte
para, así, poder tocarla?
¿Qué ella pueda, y tú, mirarla,
aun cuando fuera un instante?

El ángel cerró sus ojos
casi al punto del dolor
y respondió: -No, Señor,
esa esperanza no alojo.
He aprendido a echar cerrojo
y ser feliz con lo que tengo.
Por las noches, cuando vengo,
y por el día, cuando voy,
soy… lo más feliz que soy,
tanto que el dolor olvido.
Sólo hay algo que te pido
y es no verla como hoy.

Hoy, Señor, vi que lloraba
con un dolor tan inmenso
que me pregunté “¿qué esfuerzo
puedo hacer por consolarla?”.
Conseguí casi abrazarla,
pero, entonces, sin razón,
ella abrió su corazón
y entré en él sin resistencia.
Allí notó mi presencia,
pero, lejos de alegrarse,
el dolor se hizo más grande
y, entonces, vi años de ausencia.

Todo pasó en un segundo
y ahora sé, bien que lo sé,
que hace tiempo esa mujer
vivió el peor dolor del mundo,
el más grande, el más profundo
que tener puede en la vida
una mujer, pues fue herida
en su hermoso corazón
cuando un día, sin elección,
su cuerpo fue profanado
y en su vientre fue sembrado
el fruto de la transgresión.

Y aunque es una mujer fuerte,
hoy la culpa la atormenta,
porque la única respuesta
con la que al miedo hacer frente
fue sacarse de su vientre
la vida que allí crecía.
Pero, ¿qué otra opción había
en este mundo prolijo?
Hoy se culpa, me lo dijo,
por no saber resistirse,
por decidir permitirse
renunciar así a ese hijo.

“¿Qué derecho”, oí decir,
“tenía de quitar la vida
a un pequeño?” y, aun destruida,
piensa más en el que en sí.
Y no quiero que sea así,
pues se acusa de cobarde.
Y cuando el pecho más arde
recordando lo vivido,
yo quisiera darle olvido
y poder decirle “No”,
"No es así, porque yo
soy ese hijo perdido".

Y no le guardo rencor,
por el contrario, la admiro,
porque su vida dio un giro
que ella afrontó con valor.
Es cada día mejor
y consigue, día con día,
lo que no conseguiría
en su caso otro cualquiera.
Para que nunca sufriera,
con gusto, Señor, daría,
aunque sea una herejía,
mi vida, si la tuviera.

-¿Y si, a cambio, te pidiera
que jamás vuelvas a verla?
-Lo haré, Señor, si al perderla
de ese modo consiguiera
que tú o alguien le dijera…
Pero Dios calló su boca.
-No, pequeño, no me toca
a Mí llevar tu mensaje.
Tú, que has tenido el coraje
de renunciar a quien amas,
deja que sean tus palabras
las que acaben el ultraje.

-Madre, yo cuánto querría
no ser parte de tu llanto,
en cambio, quisiera tanto
ser parte de tu alegría.
Cuando lo hiciste sabías
qué era mejor para ti;
decidiste, no nací,
y es lo mejor, de verdad.
Yo podría contestar,
si perdón vas a pedirme:
no elegiste concebirme;
yo elijo tu libertad.

No desees, madre querida,
regresar el tiempo atrás,
porque hoy lo que me das
es más grande que la vida.
Me basta verte a escondidas
y pensar que no entorpezco
tu futuro, y agradezco
que seas por fin quien eres.
Me gusta ver que me quieres
como jamás me querrías,
cual sé que no me amarías
de otra forma en lo vivido,
porque, si hubiera nacido,
quizás me aborrecerías.

Ya no te sientas culpable
y tus lágrimas no escondas;
siempre habrá quien corresponda
ese gesto, gente amable
que te quiere. Y cuando hables,
créelo, porque es así:
tú mereces ser feliz.
Y mantén tu convicción
que hiciste bien tu elección.
Y si quieres recordarme,
mami, puedes regalarme
cada noche una oración.

Ésta es mi despedida,
pero dejarte no quiero
entre lágrimas, espero
que vivas agradecida,
porque, al final de tu vida,
verás, contigo estaré.
De Dios el plan te diré:
algún día encontrarás
un buen hombre y formarás
una familia prodigio,
y nacerá, Él me lo dijo,
un niño, vida en tu vida.
Entonces, entre alegrías,
tendrás de vuelta a tu hijo.

He buscado en mil canciones
y te he escrito algún poema
que describa la serena
virtud de tus emociones.

Que exprese lo que sentimos,
que describa tú quién eres,
lo que vemos; que te enteres
lo que no siempre decimos.

Y hace tiempo la he buscado
también de tu rol de abuela…
pero ninguna revela
lo que en ti hemos observado.

Todas hablan de cansancio,
de pasos lentos, de arrugas,
quizás de olvidos y fugas…
también de cabellos blancos.

Pero tú no eres así;
por eso quise escribirte
estos versos, describirte
tal cual eres para mí.

Intrépida como pocas
personas en este mundo,
me descuido un segundo
y ya andas en cosas locas.

Subida en alguna barda,
arreglando desperfectos
regateando te detecto,
ni perezosa ni tarda.

Peleando con policías…
y así ha sido año tras año;
mas no sé por qué me extraño,
si desde siempre lo hacías.

Y eso a veces te ha traído
algún problema, accidentes,
unos leves, otros fuertes…
y otros que… mejor olvido.

Te has caído más que un niño
y eso siempre nos preocupa;
un regaño se involucra
y te reñimos con cariño.

Pero eso no te ha impedido
volver pronto a las andadas,
vuelvo a verte allí, trepada,
moviendo cosas... ¡Dios Mío!

Y estoy seguro que habremos
de ver muchas más caídas,
y estoy seguro que olvidas
que puedes tocar el suelo.

Y llegué a una conclusión
observándote así, inquieta,
es una idea secreta
que te llena el corazón:

Que lo haces por enseñarme
tu mejor lección de vida:
que no importan las caídas;
siempre puedo levantarme.

Esta vez, que ya he perdido la ocasión
de escribirte un mensaje que tal vez
me provoque imaginarte, cuando estés
tú leyéndolo, tan llena de emoción;
ahora que ya que no me queda corazón
para escudarme en el anónimo poder
de la palabra que se escribe, sin saber
quién será quien del confeso ha sido autor;
esta vez sólo conservo ese valor
de sentir así mi sueño amanecer.

Hoy quizás vale la pena preguntar:
¿cuál será la diferencia entre decir
sin ambages que me gustas y escribir
mi más íntima pasión… mas ocultar
a la luz de tu mirar mi identidad;
o, en contraste de mostrar mis sentimientos,
presentarme ante tus ojos, tal cual soy,
conversar, tocarte, incluso, pero hoy
conocerte… sin que sepas lo que siento...?

Cierto día, en un lugar cuyo nombre ya no recuerdo,
fui testigo de un debate acalorado entre colegas;
uno dice, otro interrumpe, éste calla, aquél alega,
sin que, al fin, pudiera el grupo aquél llegar a algún acuerdo.

Tuvo origen la polémica en un hecho harto curioso:
dijo Juan que en su niñez, visitando al abuelo, un día
encontró en un gran beliz algo de tal y tal valía,
que en sus manos nunca tuvo alguien objeto más valioso.

–¿Y qué fue? –pregunta Armando, con el ceño algo fruncido.
–Era un traje –le responde aquél–; el traje original
que mi abuelo, un español, usó en la justa militar
de los 30’s; impecable, cual metal recién pulido.

Los murmullos comenzaron a elevarse.
–Yo disiento.
Mi opinión –replica Armando–, es que en el mundo hay mil objetos
más valiosos que alguien pueda haber tocado.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo… un diamante; lo he tocado, no te miento.

–Es dinero –dice Juan–. Yo hablo de distinta riqueza.
–Es correcto –lo respalda Salvador–. Yo he conocido,
por ejemplo, quien me dice que en sus manos ha tenido
piezas únicas, radiantes de valor y de belleza.

Imagínense el orgullo que podría sentir cualquiera
al tener entre sus manos una pieza nacional;
un cañón, la carabina… ¡El fusil que el general
Villa usó; el Mondragón, que escasamente produjeran!

–Veo, señores –dice Luis–, que más los mueve el patriotismo.
Pero noto cierto sesgo en su concepto de “invaluable”;
en mis manos yo sostuve un legítimo incunable,
y eso, amigos, vale más que cualquier muestra de heroísmo.

–¿Más que un collar de diamantes? –dice Armando–. No lo creo.
–No es el costo; un libro impreso en el año mil quinientos
vale más que cualquier cosa–. Y dice Juan: –Pues yo lo siento,
pero un traje original vale más que cualquier trofeo.

La disputa se alargó varios minutos, en los cuales
cada cual, utilizando sus mejores argumentos;
defendía su postura con vigor, y por momentos
pareció que, más que amigos, era un grupo de rivales.

Uno basa el argumento que defiende en la cultura;
otro alega que el sentir histórico es lo que más vale;
uno más, la identidad, que son las joyas nacionales;
y hasta dice alguien por ahí que un instrumento de tortura.

–¿Me permiten, caballeros –me atreví a tomar partido–,
exponer mi parecer sobre este tema que debaten?
Se quedaron contemplándome un momento.
–Adelante –
dijo Juan. Y empecé a hablar, aprisionando sus sentidos.

–Hace poco –comencé– mi madre tuvo un accidente.
Fue arrollada por un auto. Yo me enteré a la distancia.
Con angustia corrí a verla; me quemaba la ignorancia
de su estado, y lo peor cruzó en momentos por mi mente.

Llegué a verla al hospital; mi hermana, allí, en la sala externa
custodiaba. “¿Cómo está?”, le pregunté, dijo: “Tranquilo.
Está consciente”; yo sentía el alma pendiendo de un hilo.
“¿Qué pasó?”. Dijo: “las llantas le pasaron por las piernas”.

Quiso Dios que el accidente no llegara a ser fatal,
mas sus piernas resultaron fuertemente lastimadas;
por un mes, o un poco más, quedó inmovilizada;
y ella siempre tan activa, tan inquieta, tan cabal.

Los miré profundamente.
–Y es entonces, mis hermanos,
que pude asir un tesoro que ninguno otro supera;
para andar, al desplazarse… al subir una escalera,
su cuerpo, lleno de vida, yo sostuve entre mis manos.

Y eso, amigos míos, vale más que todas las riquezas,
pues riquezas, si las tengo en esta vida, se las debo;
por su ejemplo de trabajo, de su voluntad de fuego,
de obstinación, de alegría, pero jamás de pereza.

Que haya escrito o no mil letras no es sinónimo de escuela,
si mil letras mal empleadas causan guerra a una nación.
Todo lo que necesita se lo dicta el corazón;
su cultura, camaradas, es amar hasta que duela.

Y así, amando a todo el mundo, es como le gusta vivir.
No me digan que es más grande el símbolo de una guerra,
que ella es paz, pero si ofenden a sus hijos, como fiera,
la guerra más incansable es la que pelea por mí.

¿Qué dicha histórica puede compararse con aquella
de cargarla cuando no podía sola caminar?
Una bendición más grande jamás la podrán hallar…
yo lo sé, porque mi historia la empezó a escribir ella.

Sé que esta noche estarás
en un lugar alejado;
sé que a esta fecha he dejado
quizás de significar
un motivo para dar
tus mejores sentimientos;
lo comprendo, aunque no acepto
que tenga que ser así;
quisiera tenerte aquí…
para sentirme completo.

No sé con quién estarás;
temo que sea con él,
que ha ganado, por ser fiel,
tu confianza; que le das
lo que fue mío de más;
y aunque infiel nunca te fui,
me faltaron argumentos
para amarte… Hoy no miento:
te deseo junto a mí.

Aquí tienes un lugar
esta noche o cuando quieras.
¡Ay! Esta noche que espera
a un ciclo poner final…
Quizá lo que hago está mal,
pero, si el ciclo termina,
esa luz que ilumina
nuestros caminos sinceros,
de corazón, yo lo espero
permanezca aún viva.

Hoy no sé… no sé mil cosas…
no sé qué harás, no sé dónde…
no sé con quién… Y no esconde
mi ignorancia que te posas
en mi corazón, mi anhelo,
sé que piensas que son celos,
y los hay, mas ésos pasan;
Niña, si quieres, mi casa
esta noche es tu cielo.

Empezó sin presentir
lo que un “hola” podría ser;
lo que un niño, desafiando su destino,
algún día iba a amar a una mujer.

-¿Cuántos años tienes?
-Veinte.
-Yo soy un poco mayor. Tengo treinta.
-Vamos, no lo representas.
Yo sabía, no hay edad para el amor.

Puso su mano en la mía
y puse en su oído mi voz,
y fue todo… y me enteré de aquel modo
que a su vida le gustaba también yo.

Y la invité a caminar,
y por fin, me senté enfrente de ella,
y se miraba tan bella
que sentí que debía hablar.

-Me gustas mucho.
-¿Por qué
me despertaste tan pronto?
Y me sentí como un tonto.
-Quizás lo deba pensar.

-¿Cuándo me dices?
-¿Mañana?
-Bueno- le dije, y calló.
Y su cara parecía ilusionada,
me besó la mejilla y dijo “adiós”...

Ella me estaba esperando
y nervioso pregunté.
-Ven- me dijo, y caminamos.
Sin saber dónde, llegamos
e impaciente la miré.

-No quiero que haya problemas,
ve, yo soy mayor que tú.
Quizás… 
-Calla-. 
Tomé sus manos, y su alma
desnudé con mis ojos y su luz.

-Vamos a dejarlo así,
yo soy diez años mayor;
no quiero que un día… 
-¡No!
¿Tú sientes algo por mí?

-¿Acaso no lo has notado?
-¿Entonces…?
-También te quiero…
es sólo que tengo miedo.
-No temas, aquí estoy yo.

Sé que podemos vivir
juntos algo tan hermoso…
¡Vamos! ¿Puedo darte un beso?
Sonriendo, me dijo “sí”.

Y empezó, sin presentir
lo que un beso podría ser,
un amor que, 
al paso del tiempo, hoy
por sentir sólo una vez
valió la pena vivir.

A veces, cuando respiro,
necesito verte;
a veces quiero escucharte,
cuando late el corazón.

De vez en cuando que corre mi sangre
anhelo sentir tus besos;
sólo cada vez que pienso
quiero que estés junto a mí.

Hay veces en que te extraño
y es sólo cuando ese día,
por casualidad, salió el Sol.

A veces, si parpadeo,
necesito hablarte;
sólo quiero tus caricias
si por las noches dormí.
¿Ves que no resulta cierto
que siempre te esté pensando?
Yo sólo te necesito
si necesito vivir.

Y me puse a recordarte, cuando niña,
¿lo recuerdas? Esos tiempos infantiles
de los juegos, los berrinches… de las riñas
con tu hermano, por lanzarte proyectiles.

Y lo hice porque quiero hallar asomos
de… lo que quiera que llene este momento;
tu ilusión de redactar en muchos tomos
esta historia, y muchos, muchos sentimientos.

Mas mi búsqueda no fue tan exitosa;
encontré muchas imágenes y frases
que bien pueden definirte: estudiosa,
impulsiva, independiente… o dando clases.

Y es que busco imaginarte en las facetas
que conozco, y aquéllas desconocidas;
te recuerdo, por ejemplo, con la meta
de cursar y concluir una maestría.

Te recuerdo levantándote, furiosa
a protestar por lo que crees una injusticia,
Te recuerdo intolerante y caprichosa;
bondadosa muchas veces… buena hija.

Sobre todo, te recuerdo indiferente,
aunque aclaro: es quizás sólo a mis ojos,
al deseo y conveniencia de otra gente,
e imponer el tuyo, a veces con enojos.

Y eso… no va con la escena que atestiguo
esta noche, que te miras tan sonriente,
que compartes ese anhelo tan antiguo,
el del amor infinito, con la gente.

Para muchos eres todo un personaje;
mi papá decía “es la más centrada”;
sé que cada quien tendrá de ti una imagen;
mas… ¿será la de mujer enamorada?

En resumen, no había visto de tu vida
una escena que me diera la certeza
de saber que, como hoy, te encontrarías
con la pieza ideal de tu rompecabezas.

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