Prosa

Prosa (7)

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse mientras allí abajo la sensación de calidez perdida momentáneamente por su sobresalto acometía con una fuerza extraordinaria. La cordura volvió a abandonarla y ya no se permitió dudar.

--- o---

Cuando aquello era tan sólo una posibilidad que se había planteado, una parte de ella, la consciente, “sabía” que jamás sucedería; eran locuras y ella no permitiría que sucediera. Sin embargo, había otra parte, la inconsciente, la que a veces le llevaba a actuar de manera impredecible y muchas ocasiones había sido causa del malestar de Daniel, de ese silencioso reproche que consistía en abandonar el campo de batalla sin decir nada que a ella tanto molestaba, pero después, cuando la tempestad de sentimientos negativos cesaba y daba paso a la calma de los recuerdos agradables, la llevaba a albergar sentimientos ulteriores de culpabilidad. Era esa misma parte oculta la que le hizo saber, aún a disgusto suyo, que tarde o temprano aquello sucedería... y estaba sucediendo, sin embargo, esta ocasión no existiría ese posterior remordimiento, lo intuía. Por más que aquella conciencia suya que le había engañado, que por un momento había conseguido hacerle creer que jamás se dejaría seducir, ahora le ordenase flagelarse mentalmente por permitirse sentir y hacer sentir; era imposible reproche alguno.

No había pasado media hora, y aun cuando posteriormente su mente vagara en los recuerdos intentando encontrar algún momento en el que debió detenerse, no lo encontraría.

El inicio no fue lo suficientemente evidente como para atemorizarse. Las manos de Daniel ya antes habían rodeado su cintura, y las suyas propias ya se habían posado con anterioridad en la espalda masculina. Era algo natural al bailar. Era la segunda ocasión que, a hurtadillas, tomaban su improvisada clase de baile. Comenzó como un juego, entre risas y bromas. Él, con aire solemne y el brazo derecho por detrás de su cintura, extendió su mano izquierda; ella, con sobreactuada delicadeza depositó las yemas de los dedos de su mano derecha sobre la que se le ofrecía. Él hizo una reverencia antes de tomar con su mano libre su talle; ella, con estudiada coquetería, los ojos entrecerrados y esgrimiendo una sonrisa, lo tomó por el hombro y se abandonó al ritmo de la música. Se acabaron las formalidades y sus cuerpos se encontraron girando una y otra vez al compás que dictaban las tumbas y trompetas del disco de salsa.

--- o---

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó súbitamente Daniel. Entreabrió los ojos y contempló el rostro de Esmeralda, tan cercano al suyo, cuyos ojos se encontraban cerrados, los labios húmedos entreabiertos y el ceño ligeramente fruncido; pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. La escuchó gemir, o mejor dicho, la adivinó hacerlo, pues el sonido que salió por su boca fue apenas perceptible. ¿Fue un “sí” lo que dijo? Jamás se lo preguntaría. Sus manos, que habían estado recorriendo, por momentos suavemente y por momentos con ímpetu, la espalda femenina, su cintura, sus piernas, habían dejado de hacerlo, aunque no perdieron contacto con ella. En ese momento, Esmeralda abrió sus ojos aún con el ceño fruncido y los fijó en los de Daniel, suplicante, sedienta, mientras sus manos presionaban sobre la espalda desnuda y provocaban un contacto más estrecho aún, si fuera posible, entre ellos. Daniel miró los humedecidos labios y acercó, sin prisa, los suyos a ellos. La duda desapareció.

--- o---

Mentiría si dijera que nunca había pensado en la posibilidad de que eso sucediera. “Sería bonito”, pensó alguna ocasión, pero no estaba seguro de desearlo realmente, a excepción de una de esas extrañas ocasiones en las que todo pareció conjugarse para crear una atmósfera perfecta de complicidad entre Esmeralda y él, y hablaron de sexo y ella desnudó su alma, y ese desnudo lo excitó quizás más de lo que podría excitarlo su cuerpo sin ropas. “Ojalá algún día pueda hacer el amor contigo”, estuvo a punto de decirle, pero se contuvo. No creyó que fuera conveniente, porque no quería estropear ese momento tan perfecto, ni provocar que ella se molestara, ni que esa confianza recién y difícilmente ganada desapareciera sin dejar rastro.

Todo sucedió sin ser planeado. Ya antes habían bailado e, incluso, aquella ocasión, por ser la primera, podría haberse prestado más a una situación como ésta, pues no sabían lo que la cercanía de sus cuerpos podría provocar en ellos. Pero no sucedió nada que no fuera un extraordinario momento de compenetración, como amigos. Pero quizás ésa era la trampa; aquella ocasión estaban alertas. Esta ocasión estaban confiados, “sabían” que nada sucedería y, por tanto, tenían la guardia baja, por lo que cuando el certero golpe de la pasión les dio en el rostro, no tuvieron tiempo de reaccionar. Pero, ¿cómo podrían haberlo sabido? Esta ocasión no fue tan distinta, quizás lo único fue que esas vueltas vertiginosas de la salsa pronto acabaron para dar paso al sublime compás de una balada lenta. Sí, seguramente eso fue, pero podría ser también el excelente estado de ánimo que Esmeralda mantuvo durante todo el día y, la consiguiente complacencia de Daniel. Esa charla matutina, esas confesiones mutuas, esas dudas despejadas y tantas cosas compartidas. Se habían convertido en cómplices, y ésa es la mejor manera de llegar a ser uno solo. La formalidad regresó. Esmeralda arqueó sus cejas e irguió su porte mientras sostenía un imaginario vestido de holanes con su mano izquierda y con la derecha un también imaginario abanico. Daniel la reverenció: “¿Me concede esta pieza, hermosa dama?”, preguntó. “Desde luego, apuesto caballero”, contestó ella. Y el mundo dejó de existir.

Ya no era la biblioteca la improvisada pista de baile. Ya no había escritorios estorbosos ni puertas indiscretas que pudieran abrirse súbitamente; la presencia de los noveles bailarines en complicidad con la música era enmarcada por un hermoso salón tapizado en terciopelo. Los grandes ventanales permitían a la luna, vouyerista al fin, contemplar el idilio que había comenzado, y, a cambio, proporcionaba al ambiente un toque surrealista con su tenue luz iluminando, al centro del salón, la fuente cuyas aguas brotaban del orifico superior de dos delfines plateados que giraban al compás de la música.

“Oh, my love, my darling…”
cantaba la voz profunda.

Y se encontraron bailando… la mano de Daniel en la cintura de Esmeralda… la suya en el hombro de él. Las otras manos estaban juntas, entrelazaban sus dedos y el inicial e inofensivo toque se convirtió paulatinamente -involuntariamente, quizás-, en una delicada caricia, tan delicada, que ninguno de los dos sabía si para el otro aquello era más que un contacto natural, aunque sabían que para cada uno de ellos sí que lo era. La mirada de Esmeralda se encontraba fija en un punto indefinido, como absorta, sin atreverse a pensar, sólo a sentir; en cambio, la de Daniel se mantenía fija en ella… y, a pesar de su aparente ausencia, Esmeralda pareció percibirlo porque sonreía disimuladamente.

“... I’ve hungered for your touch, a long lonely time...”

La voz de Daniel, con tono grave, muy bajito, se unió a la melodía y penetró por el oído de Esmeralda, que estaba a escasos centímetros de su boca. Cerró los ojos. No podía verla, pero sabía que ella también había cerrado los suyos y sintió cómo su cabeza se recargaba en él; cómo le agradaba aquel gesto, era hermoso sentir a Esmeralda buscar su hombro para descansar su cabeza allí, o viceversa, sentir cómo ella, al tener la cabeza de Daniel sobre su hombro, inclinaba también la suya. Esta vez, mientras ella buscaba el abrigo de su cuerpo, deslizó delicadamente la mano que sostenía sus dedos hasta su hombro. La mano de Daniel permaneció un segundo en el aire, pero casi sin pensarlo, como consecuencia natural, la dirigió hasta la cintura de Esmeralda, con temor al principio, pero con mayor convicción después, hasta que los dedos de ambas manos se entrelazaron por detrás del cuerpo frágilmente estrechado.

“... and time goes by, so slowly and time can do so much...”

Ya no eran sólo las manos de Esmeralda, sino sus brazos completos los que estaban en contacto con los hombros de Daniel. Sus mejillas también estaban en íntimo contacto y, al fin cómplices, ambos mantenían sus ojos cerrados, tan cerrados como el cada vez menos frágil abrazo en el que se había convertido aquel baile, y que ahora ponía en contacto rincones de sus cuerpos que jamás se habían tocado.

Quizás éste fue el momento, pensaba Esmeralda, en el que pudo haber detenido todo. Era tan sencillo, ella era especialista en eso; algún comentario fuera de lugar, algún ademán, algún gesto de rechazo, era tan fácil… Pero, ¿en realidad lo era? ¡Claro!, era tan sencillo como suspender la respiración de tajo en la superficie luego de haber estado sumergida tres minutos bajo el agua; era tan fácil como dejar de ser mujer. Era tan fácil como… Pero aunque hubiera podido, ella sabía que no hubiera querido hacerlo.

“… are you, still mine?”

Algo estaba sucediendo. Era mucho más que el contacto de sus senos, cuyos indiscretos pezones erectos amenazaban con delatarla, contra el pecho de él. ¿Lo habrá notado? No importaba. La erección de sus pezones jamás podría ser tan notoria como lo era la del cálido miembro viril que, juguetón, coqueteaba con su muslo izquierdo, muy cerca de la ingle, y a cada compás, imitando su tantas veces criticada irreverencia, retaba su capacidad de dominio.

Algo estaba sucediendo, y era más que sus brazos rodeando completamente la cintura de Esmeralda. Era más que los brazos de ella rodeando sus hombros. Era más que su travieso miembro clamando por la libertad y la aceptación del contacto de la pierna, ligera, pero evidentemente flexionada, de Esmeralda. Cuando Daniel abrió sus ojos, se encontró con esa enigmática sonrisa dibujada en su rostro. Él sonrió también y besó su mejilla. Era eso, pero era también el ritmo de sus latidos del corazón bailando al mismo compás que los de Esmeralda.

“I need your love, I need your love...”

Ella sintió las manos de él soltarse a su espalda. Una de ellas continuó sujetándola suave, pero firmemente, por la cintura, mientras la otra comenzaba a ascender en un rítmico vaivén por su espalda. Pudo sentir, también, cómo sus piernas se entrelazaban a cada paso y cómo aquel prisionero, pugnando por salir, se erguía orgulloso al contacto con su pubis, húmedo ya.

Los ojos de Esmeralda se cerraron y, en cambio, sus labios se entreabrieron. ¿Sería una invitación? No lo sabía, pero si lo era, Daniel no se atrevió a tomarla, en cambio, depositó un cálido y tierno beso en su mejilla mientras con la mano liberada hacía poco asió su barbilla y dejó que sus dedos se deslizaran por el contorno de su rostro. Sintió la mano de Esmeralda ascender y comenzar a juguetear con su cabello.

“...God speed your love to me”

Daniel cerró sus ojos y se dedicó tan sólo a sentir. No necesitaba guía para saber que el rostro de Esmeralda se hallaba justo frente al suyo y que ahora tenía sus ojos abiertos fijos en él.

Esmeralda abrió sus ojos y miró, mientras revolvía el cabello de Daniel, que éste había cerrado los suyos. Lo contempló. En su rostro había paz, pero también un algo imposible de describir que la excitaba. Era maravillosa esa combinación de excitación y ternura; en un momento podría sentir deseo de abrazar y consolar a ese frágil hombre que tenía delante de ella, y al momento siguiente podía sentir un deseo irreprimible de desbordarse de lujuria y pasión. Lo mismo le sucedía a él.

“Lonely rivers flow to the sea, to the sea...”

Esmeralda cerró sus ojos y dejó de pensar. Todo sucedió tan rápido, pero tan lento. A pesar de que la voz de Daniel ya no acompañaba la música de fondo, ambos seguían hablando. Sus cuerpos se decían todo cuando fuera necesario.

“... to the waiting arms of the sea...”

Abrieron los ojos al mismo tiempo. Su respiración acompasada había logrado sincronizarse. Esmeralda mantenía fija su mirada en los ojos de Daniel. Los ojos de éste, en cambio, miraban con insistencia la brillante humedad de los labios deseados.

“Lonely rivers cry, wait for me, wait for me...”

Fue un solo instante. No volvieron a cerrar los ojos hasta que sus labios por fin encontraron la ansiada humedad de la boca ajena.

“... to the open arms, wait for me...”

--- o---

Todo sucedió tan deprisa; la luz interna se apagó, las manos de ella luchaban por aflojar su corbata, mientras los hábiles dedos de él habían conseguido desabotonar su falda. En un instante él se encontró con el torso desnudo; no era tan velludo como ella había imaginado, pero le agradó. Permaneció unos segundos contemplando aquello que desconocía de él. Si no hubiera estado absorta en la contemplación del pecho masculino, habría notado que su mirada también estaba fija en ella, en sus senos, que poco a poco emergían bajo la delgada tela de la blusa que, con delicadeza, Daniel desabrochaba y quedaban ocultos sólo parcialmente por el ingrato sostén blanco que los protegía.

“Abrázame”, pidió ella, y por fin, piel con piel, se sintieron uno solo. El calor de su cuerpo la envolvía, y sus labios buscaron ansiosos el escondite de la lengua juguetona con la que envolvió la suya.

La blusa de Esmeralda cayó. Afortunadamente, el estorboso escritorio había vuelto y ahora era el apoyo para esos dos cuerpos que, sin tregua, se exploraban. La falda sí cayó al suelo, lo mismo que el pantalón y la corbata.

La piel desnuda de la espalda recién liberada de los broches del sostén era recorrida en un vaivén interminable por las manos de Daniel; por su parte, las de Esmeralda no cesaban de estrujar, de apretar contra ella el palpitante cuerpo masculino, como si deseara fundirse en él de una vez. Sus muslos separados no ofrecían ya resistencia a la invasión y podía sentir perfectamente la dureza del miembro contra su vulva, confinada aún en la humedad de la prisión que ella misma había provocado. Apretó, entonces, las nalgas de Daniel, en un esfuerzo inútil porque el osado ariete enloquecido pudiera rasgar la tela que le impedía el paso a su interior.

Hubo un leve forcejeo; Esmeralda deseaba sentir sus sexos en estrecho contacto, sin embargo, Daniel se separó ligeramente de ella, ante su sorpresa, pero precisamente era eso lo que deseaba: sorprenderla. “Cierra los ojos”, le pidió. “Confía en mí”, insistió, ante su desconcertada pasividad. Esmeralda confió y cerró sus ojos. Sintió a Daniel sentarse a su lado y adivinó su mano izquierda acercarse a su rostro. El dorso de la mano recorrió su mejilla suavemente; un dedo primero, luego dos, se acercaron a sus labios y con ellos recorrió su contorno. Casi como un reflejo, Esmeralda humedeció sus labios con su lengua, pero el recorrido siguió. Ahora eran las yemas de los dedos las que se deslizaban por su piel… las mejillas… la barbilla… el cuello… el pecho…

Lo sintió levantarse, pero no abrió los ojos. Los dedos se detuvieron un segundo antes de hacer contacto con sus senos, justo en el nacimiento del profundo valle entre ellos. Se estremeció, y nuevamente presintió, más que sintió, la cercanía de… su boca. Sí, era su rostro el que avanzaba y estaba a… ¿cuánto? ¿Diez centímetros?, ¿cinco? Lo supo cuando sintió sobre su pecho izquierdo una calidez extraordinaria; era el pincel de un artista que dibujaba formas caprichosas sobre él, dejando una húmeda estela a su paso; era el pincel de su lengua que acariciaba su pecho. Pero era sólo el contorno, la parte superior, lo mismo que la inferior, pero no el centro, en el que el ansioso pezón reclamaba la atención de Daniel irguiéndose al máximo.

Los dedos continuaron su camino, pero no se atrevieron a atravesar por el valle, sino que lo rodearon. Ahora el pulgar era partícipe también; mientras el suave pincel dibujaba el camino a la gloria, éste describía una espiral que comenzaba en la unión de ambos senos y tenía su destino en… Pero no llegó hasta allí. Se desvió, abrió el paso a la lengua que, curiosa, decidió investigar hacia dónde se dirigía su compañero. Y hacia allá fue. Hacia abajo… hacia abajo…

Ningún aroma podría compararse con el que brotaba de su excitación. Los rosados labios, ligeramente separados, ocultaban celosamente, como un tesoro, el más preciado de todos, la fuente de aquel maravilloso aroma. Los muslos separados eran una invitación. Daniel también cerró los ojos, no necesitaba ver, aunque la visión era maravillosa, le bastaba el instinto, como los pequeños cachorros que, aun sin visión, pueden encontrar fácilmente el lugar del que mana la fuente de la vida. Sus labios se acercaron; el aroma se hizo más intenso, embriagador. Pudo sentir el escaso vello púbico cosquilleando en su nariz.

Su lengua se hundió en lo más profundo de aquella mágica gruta de placer; los labios se separaron, dejando al descubierto el preciado tesoro, el clítoris, el único órgano del cuerpo humano que no tiene más finalidad que la de proporcionar placer, ése era su destino y para eso estaba allí. Esmeralda volvió a estremecerse y no pudo reprimir un gemido cuando sintió aquel pincel que había estado recorriendo sus zonas más sensibles hacer contacto con su clítoris. Lo sintió moverse en círculos alrededor de él… muy lento al principio… más rápido… más lento… El movimiento cambió de ida y vuelta, como el aleteo de un colibrí, rozando apenas aquella fuente de placer… y se perdió… no supo cuánto tiempo pasó, pero allí llegó su primer orgasmo, el cual, coincidentemente, finalizó justo cuando sintió a Daniel incorporarse.


“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse justo en el momento en que el ardiente miembro de Daniel traspasaba la frontera de su sexo.

Ricky, mi hijo, tiene ocho años. Es un niño callado, reservado, el tipo de niño que en cualquier lugar suele pasar desapercibido, aunque eso nunca le ha impedido tener amigos. Bueno, en realidad, quizás una expresión más fiel sería “tener amigo”, porque hasta hoy sólo ha tenido uno a la vez. En el kínder fue Lilí. Siempre hablaba de ella (y sólo de ella). Al principio creí que le gustaba, ya sabes, como una relación niño-niña, pero luego me di cuenta que no; era más bien aprecio de amigos. En primer grado su amigo fue Jorge, y hablaba de él tanto como lo había hecho antes de Lilí. Pero este año Jorge se cambió de casa y ya no asiste más a clases.

Para mí es un misterio cómo logra entablar amistad. No sé si es él quien lo busca o si son los demás niños quienes lo hacen (porque tampoco me habla sobre ello), pero no puedo imaginar su desenvolvimiento en la escuela, pues, si es como en casa, llegará antes que todos, buscará el rincón más apartado y permanecerá allí sin decir palabra. A pesar de ello, nunca, que yo recuerde, ha pasado un día en la escuela sin tener un amigo. Me da la impresión de que es algo que requiere, tener siempre un amigo, que una vez que lo consigue, si pudiera conservarlo toda la vida, lo haría.

Su amigo actual se llama Sergio.

Es un niño un poco mayor, igual de serio que Ricky (no entiendo cómo pueden pasar tanto tiempo juntos sin apenas hablarse, pues las ocasiones en las que los he visto, cuando Sergio viene a casa, o aquella vez en la que, al salir de clases, su mamá nos invitó a comer, cada uno parece sumido en su mundo, intercambian alguna frase ocasionalmente o realizan alguna actividad juntos, pero hablan muy poco entre ellos, o lo hacen en voz muy baja, como si no necesitaran las palabras para comprenderse). Es muy educado, hasta ceremonioso por momentos. Jamás entra en la casa sin que expresamente lo invitemos a pasar y muy rara vez mira directo a los ojos pero, en cambio, escucha atentamente lo que uno le dice y se asegura de que sepas que lo ha hecho, porque siempre responde. Digamos que en una charla, siempre es él quien dice la última palabra (normalmente una que te hace saber que entendió perfectamente lo que le dijiste), siempre con un tono monótono y, hasta cierto punto, impersonal. Ricky tampoco miraba a los ojos, pero he tratado de irlo acostumbrando a hacerlo, y poco a poco lo va consiguiendo con mayor naturalidad.

El domingo pasado Sergio vino a casa. Por la tarde, mientras comíamos, llamaron discretamente a la puerta. Al principio creí que se trataba de la lluvia golpeándola, pues caía una fuerte tormenta en la ciudad. Pero los toquidos siguieron y, extrañada, me levanté para abrir. Allí estaba él, empapado. Sin preguntarle nada, casi lo arrastré hasta el baño para secarlo con una toalla. Ricky le prestó ropa y lo invitamos a comer. Él, tan educadamente como siempre, se negó. “No le apetecía más”. Con muy pocas palabras, siempre mirando hacia cualquier punto indefinido, nos preguntó si podíamos hacernos cargo de él mientras sus padres estaban en condiciones de regresar a recogerlos (así lo dijo, “recogernos”, a mi hijo y a él; quizás planeaban invitarlo al cine y asumió que le permitiría ir; bueno, seguramente lo haría). Aunque habían pasado algunos minutos desde que llamó a la puerta, corrí a asomarme a la ventana, a ver si alcanzaba a distinguir a sus padres entre la lluvia, pero la calle estaba vacía, como es natural durante una tormenta.

“… la llamada se cobrará al…”. No tuve éxito al intentar comunicarme al celular de su mamá, y no intenté localizarla en su casa en ese momento; lo intentaría más tarde.

La comida ya se había enfriado, a pesar de lo cual, ni Ricky ni yo quisimos calentarla; yo porque ya quedaba muy poco en mi plato; él porque, ante la visita inesperada, lo invadió un gran entusiasmo por terminar los alimentos lo más pronto posible. Cuando terminó, se levantó y casi arrastró a su amigo hasta su cuarto.

-No olvides lavarte los dientes –le grité cuando ya estaban dentro de la habitación.
-¡No! –respondió, aunque sabía que no lo haría; su argumento, como otras ocasiones, sería: “dijiste que no lo olvidara, no que me los lavara”.

Recogí la mesa. Mientras lo hacía, noté algo extraño: la silla en la que se había sentado Sergio estaba mojada. Era raro, porque lo primero que hice cuando llegó fue asegurarme de secarlo perfectamente, y vestirlo con ropa seca. ¿Pipí? Fue lo único que se me ocurrió, aunque me pareció improbable; a pesar de su seriedad, jamás tenía reparo en pedir algo que deseara, como un vaso de agua o ir al baño. De hecho, su manera de pedir las cosas era muy peculiar: siempre empezaba con un “quiero”, como si la necesidad que tenía en ese momento fuera la cosa más importante del mundo. Pero sé que no es egoísmo o algo así, simplemente… así es él, tal como es Ricky cuando no desea hacer algo; no hay poder humano que pueda obligarlo. Me atrevo a decir que es casi imposible que Sergio desee algo y no lo manifieste, sea un dulce, un juguete o que le cambie de canal a la televisión. Casi podía imaginarlo diciendo “quiero ir al baño, señora”, como tantas veces lo había hecho antes, pero esta vez no lo hizo. Quizás el frío había obrado en su organismo. No le di más importancia al asunto.

Cuando me encontraba en la cocina, secando los trastes que recientemente había lavado, escuché ruido en el cuarto de mi hijo. Eran voces. Tan acostumbrada estaba a escuchar sólo silencio cuando ambos niños estaban juntos, que de inmediato presté atención. Las voces subían de volumen. Parecía como si discutieran. Alcancé a escuchar palabras como “amigos”, “siempre” y “acompáñame”.

Sequé mis manos en el delantal y me dirigí al cuarto de Ricky. Efectivamente, lucían como si estuvieran discutiendo. Encarado uno con el otro, a una distancia un poco más corta de lo habitual; uno gesticulando y el otro moviendo la cabeza firmemente.

-¿Qué pasó? –pregunté en cuanto estuve en el umbral, intentando no hacerlo de un modo violento, ni enfadado. Realmente sentía curiosidad por saber qué era aquello por lo que mi hijo y su amigo habían considerado importante utilizar su voz.
-¡Mamá! ¿Ver…?

Pero no alcanzó a completar la frase porque Sergio lo interrumpió.

-Señora, ¿verdad que las personas sólo se mueren una vez?

Su rostro hizo que mi piel se erizara. Su expresión era igual de serena que todas las ocasiones que había hablado con él, pero algo había cambiado: era su mirada… se encontraba puesta fijamente en la mía.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, y titubeé un poco. Reconocí que prefería que su mirada estuviera puesta en cualquier otro punto, como usualmente lo hacía. Fui yo quien la desvió.

-Sí… claro –dije al fin-. ¿Por qué la pregunta?

Pero no me respondió. Volviéndose hacia mi hijo dijo, con ese tono sereno y aire de saberlo todo:

-¿Ves? Ya no puedo volver a morir.

El timbre del teléfono en la sala me hizo brincar. Tardé unos segundos en reaccionar, y cuando lo hice fui a contestar.

-¿Señora? –dijo la voz al otro lado-. Buenas tardes. Sé que esto parecerá raro, pero… ¿es usted la mamá de un niño llamado Ricky?
-S… sí… ¿por…?
-Tranquilícese. Mire... ¿cómo le explico? Habla el comandante Juárez. Hubo... un accidente. Tres personas perecieron. Dos adultos y un niño. Cuando llegamos el niño aún estaba vivo, pero lamentablemente falleció en la ambulancia camino al hospital –hubo un breve silencio-. Encontramos en el celular de la señora… Sara… Sara Meléndez, un número que decía “Ricky”.

Quise decir algo, pero me quedé paralizada. El comandante tampoco habló. Sentí que le costaba tanto como a mí pronunciar palabra. Finalmente escuché al otro lado de la línea su voz:

-¿Es usted su familiar?
-N… no… yo… mi hijo es…
-Disculpe. Nos atrevimos a llamarla porque… antes de morir el niño dijo “quiero que Ricky venga conmigo”. Pensamos que…

No escuché más. Solté el auricular y corrí al cuarto.

Sergio ya no estaba…

Ricky dormía…

La cama estaba empapada…

Ricky… dormía…

(Basado en una historia real)

A medida que subía las escaleras, notaba que algo extraño sucedía, sin embargo, no fue sino hasta llegar a la reja, en la parte más alta, que se encontraba cerrada, que lo comprendí: no había servicio en el metro. Alcancé a escuchar que el guardia que se encontraba al otro lado de la reja le decía a una señora la frase “toda la línea”, seguramente ante la interrogante de cuántas estaciones estaban sin servicio. Al escucharlo, como tanta gente que había visto durante mi ascenso, emprendí el regreso, preguntándome cómo haría para llegar a mi destino. Seguí mi primer impulso y marqué el número del teléfono celular de Eli, que tenía poco tiempo de haber partido, pues ella me había dejado allí minutos atrás para abordar el metro. Le expliqué que el servicio de transporte estaba interrumpido y le pregunté si podría acercarme a algún lugar desde donde pudiera emprender mi viaje. Accedió y regresó por mí.

Eran poco más de las 6:00 pm, así que entendí su razonamiento para no llevarme en ese momento a mi departamento, pues el camino en condiciones normales a esa hora de por sí ya era caótico, así que sin servicio del metro seguramente lo sería más. Fuimos a su casa y allí estuve trabajando un poco en algunos pendientes que tenía. Mientras lo hacía, ella investigó la causa de la suspensión del servicio de transporte y me la compartió: una persona había caído a las vías y había muerto. No supe en ese momento si se había tratado de un suicidio o de un accidente, pero ambos asumimos que se trataba del primer caso. Tampoco supimos si se trataba de un hombre o una mujer, si era joven o de edad avanzada, aunque tampoco especulamos mucho al respecto. En su investigación no sólo descubrió el motivo del percance, sino también que a esa hora ya se había restablecido el servicio.

Le agradecí y me llevó por segunda ocasión a la estación del metro, que ya mostraba su funcionamiento habitual. Mientras recorría los escalones y pasillos que me separaban del andén, me preguntaba qué podría hacer que una persona tomara una decisión como ésa (la de quitarse la vida). Como tantas otras ocasiones, también pensé en lo egoísta que era hacerlo justo de esa manera, puesto que aquello no sólo afectaba directamente su vida y la de sus seres queridos, sino la de miles de personas, quienes difícilmente sentirían simpatía hacia ella. ¿Sería, acaso, que la necesidad de sentirse importante para alguien es tan grande que no importa que los pensamientos que se consigan estén muy alejados del positivismo?

En el último tramo de mi recorrido hacia el andén, al bajar las escaleras, noté que, distribuidos a todo lo largo, había parejas de policías vestidos de negro, y estaban a ambos lados del andén. ¿Cuál sería el objetivo de ponerlos allí?, pensé, pero no se me ocurrió ninguno que no me resultara absurdo.

Lentamente caminé hacia el fondo, tratando de calcular el lugar exacto que, cuando llegara a mi destino, al abrirse las puertas me permitiera salir directamente a la escalera que me conduciría al transbordo. Me detuve junto a una pareja, hombre y mujer, que aparentaban ser novios, aunque no existía una muestra explícita de ello por su parte. Un poco más alejada, lo suficiente para no estar seguro de que subiría por la misma puerta que yo, acompañada de una niña, estaba una señora cuya voluminosa figura, ataviada en una blusa y falda de color rosa mexicano, no podía pasar desapercibida; y del otro lado, un poco más cerca, un grupo de adolescentes, muchos de los cuales llevaban auriculares colgando del cuello.

Dados los problemas que habían entorpecido el tránsito de los trenes los últimos minutos, imaginé que los vagones vendrían repletos de gente, pero me equivoqué; había, incluso, lugares dónde sentarse. El grupo de jóvenes, en su alboroto, discreto pero difícil de ignorar, prefirieron permanecer de pie, lo mismo que yo. La pareja estuvo a punto de sentarse, pero cambiaron de opinión cuando vieron a la niña que acompañaba a la mujer de rosa (que había entrado por una puerta diferente) acercarse corriendo para tratar de ganar uno de los dos lugares desocupados. Niña y señora agradecieron el gesto cortés de la pareja, y ésta permaneció de pie, en la parte intermedia del vagón, aunque cargados ligeramente hacia la puerta junto a la cual decidí permanecer.

-¡No mames! –dijo uno de los integrantes del grupo de jóvenes cuando ya el tren iba en marcha. Su cabello era largo, apenas contenido por la gorra de estambre negro que llevaba puesta-. Pinches policías, ¿para qué?
-Pues para que nadie más se aviente –dijo una de las dos chicas que iban en el grupo.
-¿Y tú crees que se van a andar aventando ‘orita?
-Sí, güey. Eso lo tienen que hacer antes, no cuando ya se aventaron –intervino otro de los jóvenes.
-¿Y cómo van a saber a qué hora se va a aventar alguien? –intervino la segunda chica, tomando partido de su compañera.
-Pus sí, pero, ¿a poco crees que uno se va a aventar luego luego después que otro se aventó?
-¡De menso!

Mi mirada se apartó de aquel grupo de jóvenes, pero no así mi atención, no del todo, cuando uno de ellos comenzó a girar su cabeza en la dirección en la que yo me encontraba. De modo que no era el único a quien la presencia de los guardianes del orden le resultaba absurda. Ni siquiera era como el pozo que se tapa después del niño ahogado, pues podría apostar lo que fuera a que la guardia montada no duraría ni siquiera lo que restaba del día. ¿Y si ponían un detector de suicidas, tal como lo habían hecho con los detectores de metales que siguieron al triste episodio de la balacera en el metro Balderas? Absurdo también, puesto que aquello sólo duró un breve lapso, y en las estaciones en las que aún existen, no obligan a toda la gente a pasar a través de él. Ése habría sido mi comentario si fuera parte de ese grupo de jóvenes… pero no lo era.

Fijé la vista en la niña, que jugueteaba con una muñeca, sentada en la mitad del asiento, mientras que su madre ocupaba la otra mitad… y el asiento contiguo. ¿Le habría dicho algo en relación con el incidente ocurrido hacía tan poco tiempo en la estación en la que abordamos? No lo creía. Si así hubiera sido, volvería a jugar con la suerte y apostaría nuevamente a que la niña en ese momento estaría bombardeando a la mujer de rosa con preguntas alusivas a los motivos detrás de ese acto. ¿Por qué? Tal como yo me lo había preguntado, aunque seguramente su natural curiosidad no se habría visto satisfecha, como la mía, con un “quién sabe” por respuesta. Divina inocencia.

Llegamos a la siguiente estación y tuve que moverme, para que la puerta abriera libremente. No entró gente por esa puerta, en cambio, la pareja que había cedido su asiento a la madre y la niña, bajó. ¿Sería sólo por eso que decidieron no sentarse? ¿Porque iban a viajar una sola estación? ¿Qué habría sucedido si, como yo, hubieran tenido planeado un viaje de más de diez estaciones? ¿Habrían corrido, como la niña, para ganar el lugar?

La puerta, al cerrar, me golpeó ligeramente en el hombro derecho, invitándome a recuperar mi posición, pues parte de mi cuerpo se encontraba fuera del vagón mientras mi mirada aún acompañaba a la pareja que seguía sin mostrar signos evidentes de su posible noviazgo. El tren se mantuvo en el andén unos instantes. Durante ellos, el tren del otro lado llegó para hacer también su escala. Éste sí venía a reventar, aunque no era extraño a esas horas en un día normal. Poca gente bajó, y también poca subió, pues era prácticamente imposible hacerlo.

La puesta en marcha del tren recién llegado fue anterior a la de aquél en el que yo viajaba, y eso despertó la curiosidad de la niña, cuya muñeca ahora corría el peligro de caer de su regazo.

-¿Por qué nosotros no? –dijo, sin apartar la vista del último vagón del otro tren. La mía también se dirigió allí, y vi a la pareja que nos había acompañado durante una estación, de pie, apenas unos cuantos pasos más allá. Seguramente se habrían citado con alguien y lo estarían esperando, aunque por alguna razón que no puedo explicar más bien se me figuró como si hubiera intentado subirse al tren que acababa de partir y no lo hubieran conseguido.
-Algo ha de’ber pasado –respondió la voluminosa mujer, levantando la cabeza y asomándose hacia donde ya no se alcanzaba a ver el tren, como si la respuesta pudiera estar allí.

-¡Ve a ver qué pasó, güey! –dijo uno de los adolescentes que estaban frente a mí.
-¡Ve tú!

Justo cuando un suspiro perezosamente resignado escapó de mis pulmones, el tren reanudó su marcha. “Ya no te detengas, por favor”, imploré en silencio. Pocas cosas hay más molestas para mí en situaciones en las que tienes que permanecer en un sitio contra tu voluntad, que la de soportar gente escandalosa, y si son adolescentes celebrando las tonterías de sus compañeros, peor aún.

Mi mirada de pocos amigos se mantuvo en el grupo unos breves instantes, como si pensara que eso podría hacer que se comportaran y, extrañamente, así lo hicieron. Es decir, sé que no fue por mi mirada, puesto que ninguno de ellos se percató de que los veía (creo), pero sí moderaron su comportamiento y el volumen de sus voces no alcanzó niveles molestos.

-Ira, siéntate, güey –dijo uno de ellos a una de las chicas, señalándole con la cabeza un asiento que acababa de desocupar un señor, aun con el tren en movimiento.
-No, aquí voy bien.
-Siéntate. O me siento yo.
-Siéntate tú.
-¡Chale! ¿Luego por qué las avientan a las vías?

Nadie se rio de su “ocurrencia”. En cambio, todos sus compañeros acompañaron con un abucheo su andar hacia el asiento recientemente desocupado.

-No mames, güey, no juegues con esas cosas –dijo una de las chicas, cuya vista se hallaba puesta en la de la señora de rosa, que había levantado su cabeza para lanzarles una mirada de reproche.

El tren se detuvo.

La persona que desocupó el lugar no descendió. Probablemente se había equivocado de estación, y bajaría en la siguiente. Permaneció allí, viendo hacia afuera, a través de la puerta. Los chicos continuaron con su charla, ya sin hacer caso del compañero que había ido a sentarse.

La mirada de la señora se concentró, como antes, en la niña, que había reanudado su juego con la muñeca.

“Ya me voy para siempre, para nunca volver”.

Aun antes de que avanzara el tren, la voz de un viejecito comenzó a oírse al fondo del vagón. Vaya canción había elegido justo en ese día. Mi mente, con cierto grado de humor negro, pensó en aquella persona que se había arrojado a las vías, sin tener un punto de referencia, sin saber si era hombre o mujer, viejo o joven, sin saber si había sido accidental o premeditadamente. “Ya me voy para siempre”, canturreó mi mente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”, continuó cantando.

No sé si algún pensamiento morboso, como el mío, pasó por la cabeza de los demás viajeros, pero hubo un instante, pequeño, pero evidente, en el que todos parecimos estar muy atentos a la canción del anciano que, con bastón en mano, caminaba dificultosamente para atravesar de punta a punta el vagón.

Me sentí avergonzado de mis pensamientos y aparté la mirada de su figura, aunque su voz siguió taladrando mis oídos:

“Voy a vagar por ai… trataré de pasar mi vida más tranquila… Si sigue este dolor… no les sorprenda que…”.

Igual que yo, el resto de los pasajeros continuó su travesía sin hacer más caso del anciano, de manera evidente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”.

Cuando el cantante pasó delante de mí, un poco por la vergüenza que sentí a causa de mi pensamiento y otro poco porque era una canción que me gustaba, metí la mano en mi bolsillo derecho y palpé las monedas. Tres, tomé tres de ellas, sin fijarme en su valor. Las saqué, di un paso hacia el anciano y extendí mi mano. Él levantó su mirada cansada, surcada por mil arrugas, con aire suplicante, y la posó en la mía. Alargó su mano también, y deposité en ella las tres monedas. Interrumpió su canto para decir “que Dios se lo pague”, le sonreí, y continuó andando.

“… porque el amor de mi alma…”.

Mi mente intentó anticipar la frase de la canción en la que el viejecillo se había interrumpido, pero antes hubo otra interrupción: un mensaje de texto; su llegada hizo vibrar mi celular. Era Eli, quien fiel a su costumbre inquisitiva, investigadora y audaz, se había dado a la tarea de investigar aquello que no sabíamos y ahora me lo compartía.

“Ya supe qué fue. Sí fue un suicidio”.

Y adjuntaba un enlace a la noticia completa. Una vez más, guiado por el morbo, presioné el enlace para enterarme de los acontecimientos. El encabezado rezaba: “Muere anciano al ser arrollado en el metro Nezahualcóyotl”. No alcanzaba a leer la nota completa, por el tamaño del texto, pero había allí una foto. Temblé al contemplar esa mirada cansada, casi suplicante, surcada por mil arrugas que me mostraba la pantalla del celular. Los labios marchitos de esa imagen inmóvil casi se movieron para acompañar la voz que aún se oía al fondo del vagón.

“Voy a vagar por ai…”.

-¿Por qué, mamá? –preguntó nuevamente la niña, con la mirada fija en el anciano, pero el pensamiento en aquella pareja que había descendido-. Me dijiste que cuando subes al vagón ya no puedes bajar. ¿Por qué ellos sí y nosotras no?
-Algo ha de’ber pasado –dijo con cierto dejo de resignación-. A lo mejor todavía no les tocaba.

No sé si a todo el mundo le suceda o, de ser así, si pase con la misma frecuencia con que me ocurre a mí. Aunque, a decir verdad, esa frecuencia ha ido disminuyendo con los años. Me refiero a ese repentino deseo de volver el tiempo atrás, hace cinco, diez o veinte años, cuando lo fascinante de la vida era justo eso: vivir. Mirar hacia el pasado y darse cuenta de las cosas que se fueron, sin aprovecharlas, quizás, con justicia. Mirar hacia atrás y pensar lo que debió haberse hecho en ese tiempo en determinados episodios, no porque ahora se sea más maduro, eso debería ser obvio, como para saber exactamente cuáles debieron ser los movimientos de las piezas en el tablero de ajedrez para salir triunfante en la contienda y no haber sido puesto en jaque sin apenas haberse movido, sino porque ahora, quizás (y digo “quizás” porque tampoco estoy seguro de eso) se aprecie en toda su magnitud lo que fueron esos momentos, de una manera que la inocencia, la inexperiencia o la ignorancia de lo que cinco, diez y hasta veinte años después esos momentos significarían, impidieron hacerlo.

¿Te ha pasado a ti? Es algo no premeditado. Un recuerdo que sabes que has llevado cargando porque en un momento que no esperabas salió, pero que los años previos estuvo oculto por tus problemas económicos, por tus tareas escolares, por tus aficiones, por tus múltiples romances y por mil cosas más. Pero un buen (o mal) día, ¡Pum!, aparece. No siempre hay una buena explicación para ello, de hecho, las más de las veces ni siquiera hay una explicación. Y al decir que no hay una explicación aparentemente lógica me refiero a que no siempre el anhelo producido por el recuerdo tiene su origen en algo tan trascendental en la vida que resulte natural evocarlo. El día de tu boda, por ejemplo, es algo memorable. La luna de miel. Bueno, eso supongo, porque nunca he estado en esa situación. Pero sí he estado en la de “la primera vez” e imagino que debe ser algo parecido. Tu primer empleo, tu ingreso a la universidad… tu primera novia. Entiendo que ésas sean cosas memorables, aunque también intuyo que, luego que han pasado, muy rara vez se pensará en ellas, a menos, claro, que hayan sido lo mejor que te ha sucedido (cada cual en su rubro). Pero me pregunto si, aun así, las anhelarías un buen (o mal) día por algún azar del destino. Quizás al quedarte sin empleo extrañarías aquél; quizás al perder contacto con tus antiguos compañeros extrañes tus días de estudiante, pero también es probable que ahora tengas en tu vida cosas que llenen el vacío de manera que no necesites de lo que ya se ha ido. No sé si es correcto llamarle necesidad, pero sí sé que el deseo es, a veces, muy profundo.

Hace más de diez años de aquello. No sé qué fue lo que me hizo recordarla por segunda ocasión en todo ese tiempo con esta intensidad. Acaso fue una canción… acaso mirar desde lejos su calle… acaso una de esas ocasiones en las que te sientes parte de un sueño y de pronto te encuentras pensando “esto ya lo había yo vivido” y descubrir que eso que había vivido lo había vivido con ella. No. Debió ser algo más, porque he pasado miles de veces por lugares que visitamos juntos y he escuchado miles de veces canciones que podrían hacerme evocarla, sin embargo, para ser honestos, al asociar circunstancias y lugares con una persona, no es con ella con la que se hace el anclaje. El lugar donde nos conocimos fue, años más tarde, el lugar en el que se desarrolló la más maravillosa historia de amor de mi vida, con mi primera novia (que no fue ella) y, como puede resultar natural imaginar, ese espacio ha sufrido grandes bombardeos de recuerdos inspirados en mi primer amor. Canciones… hay muchas. Mi vida es una canción. Siempre hay una que me hace suspirar, llorar, reír, pensar… en cualquier cosa, y ella no había estado allí sino hasta hace poco y no fue con motivo de alguna canción. Porque tres años de entre más de diez es poco, ¿verdad? Tres años, más o menos, ha de la primera vez que la evoqué con esta intensidad; menos de veinticuatro horas tiene la segunda.

Ya había yo pasado muchas veces por allí y, claro, la he recordado al ver su calle, pero mi pensamiento no había quedado ocupado con su presencia como ayer y como hace tres años. La vista de esa calle, casi siempre realizada a bordo de un autobús que de regreso a casa me lleva por ese rumbo, sólo significaba saber que tiempo atrás vivía (no sé si aún lo haga, pero supongo que no) casi al fondo una persona a quien conozco… y eso de vez en cuando. Ni siquiera representaba intentar distinguir a lo lejos la única casa de dos pisos (que a ella parecía enorgullecerle) de esa calle. Quizás en estos días ya no sea la única. Y entre esos tres años y hoy (bueno, ayer) esa visión ya no había vuelto a representar algo más. Ayer mi mente voló y aún no consigue aterrizar, de modo que intentaré hacerla volver a tierra plasmando la historia aquí. Aunque, en realidad, no es tanto como una historia. Tiene un principio, sí, y un desarrollo de escenas que mi cerebro se esforzará por poner en orden, aunque dudo mucho que pueda conseguirlo del todo. Es increíble cómo se va desgastando el cerebro con el paso de los años. Y no es que sea yo muy viejo (eso creo), pero he de reconocer que esa excelente memoria de la que solía jactarme y me permitía recordar, años después de los acontecimientos, la fecha exacta en la que éstos habían tenido lugar e, incluso en un alarde de retentiva, la vestimenta utilizada por los protagonistas y la frase exacta empleada en algunos diálogos, es ahora menos que una burla de aquello. Mi corazón, en cambio, sigue recordando el estremecimiento que hace años sintió con una gran nitidez. Por eso me parece aún más extraño el recuerdo, porque la mala memoria más los acontecimientos-no-trascendentes-en-la-vida-de-uno no me parece que sea la fórmula perfecta para mover tantas fibras internas. Pero diré, en mi favor, que es un poco como los registros estadísticos de los comentaristas deportivos del canal de las estrellas, al contabilizar los partidos que cierto equipo lleva sin perder; una vez que se rompe la racha de juegos efectivos sin conocer la derrota, comienza la estadística de los partidos sin perder como local (o como visitante, según el lugar donde se haya dado la derrota); cuando esta racha vuelve a romperse, comienzan a contabilizarse los partidos que no se han perdido como local dentro del torneo regular (o en liguilla, según las circunstancias de la derrota); después los partidos como local en el torneo regular contra equipos capitalinos; contra equipos capitalinos cuyo nombre no empieza con C, en fin de semana, a las cinco de la tarde, etc.

Irma (¿te había dicho que se llama Irma? Oh, disculpa) no fue mi primera novia (de hecho, nunca fuimos novios). Tampoco fue mi primer amor, ni mi primera decepción, ni mi primer beso (¿cómo es que nunca la besé? Eso, por sí solo, bastaría para desear regresar el tiempo, ¿no?). A pesar de eso, y para no entrar en detalles de variables estúpidas sólo para incrementar los números y justificar su inclusión en la estadística, fue mi primera mujer (aunque jamás fue mía; ya te explicaré).

Empezó, como comentaba, hace poco más de diez años. No estoy seguro de la fecha, probablemente porque en ese momento no sabía que sería mi primera mujer y, para ser honestos, cuando aquello terminó, dos o tres años después, no fue en circunstancias que me hicieran pensar en ella días después. De lo contrario, creo que lo recordaría (probablemente lo hice en algún momento, no lo sé), tal como recuerdo ese 3 de agosto de 1994 en el que conocí a mi primera novia. Tampoco estoy seguro del orden de los acontecimientos pero hay dos imágenes, no tan claras como yo quisiera, pero sí lo suficiente para poder decir, sin temor a engañarte ni engañarme, que fueron ciertas.

Yo era vacunador del Seguro Social y tenía ya algunas campañas de experiencia. Eso, aunado al disfraz de vacunador que utilizaba, me hacía sentir más seguro (menos inseguro, permíteme corregir) en mi interacción con las personas. Mi autoestima, hasta ese punto, había sido bastante frágil, aunque constante: siempre de regular hacia abajo. El viejo disfraz era una excelente muleta de la que me auxiliaba en esos tiempos. Al hablar con las mamás de los niños que iban a ser vacunados y darles indicaciones era como si no fuera yo quien lo hiciera, de manera que llegaba a proyectar algún tipo de seguridad… a primera vista. Con el paso de los días, la gente podía darse cuenta que esa aparente seguridad estaba basada en algo ficticio.

No es nada difícil recordar el atuendo de ese día preciso: era blanco, como el de todos los vacunadores, con la salvedad que la mayoría de hombres utilizaba pantalón de color (normalmente de mezclilla) y yo iba de blanco del cuello a los pies, incluyendo los zapatos (ser hijo de una enfermera tiene sus ventajas). Irma no vestía de vacunadora, sino de enfermera. Ella era una verdadera enfermera, a diferencia de muchas de las personas que estábamos allí. La vi con su atuendo de enfermera. No estoy seguro si llevaba un suéter, aunque es fácil imaginar que sí, porque la imagen que mejor guardo de ella incluye uno de color blanco, muy ceñido a su esbelta y graciosa figura. Por alguna extraña razón, imaginé que era casada. Quizás porque es más fácil imaginar que una persona que te parece inaccesible en realidad lo es. A pesar de eso, y no es que la estuviera acosando visualmente, cuando descubrí que me secundaba en un estado que era normal en mí (es decir solitario), no titubeé demasiado para acercarme a ella (porque llevaba mi uniforme de vacunador). ¿Qué fue lo que le dije? No lo recuerdo. Imagino que la saludé y nos presentamos (creo que eso tiene que ser obvio, ¿verdad?). Lo que sí recuerdo es que me gustó mucho físicamente (eso lo descubrí aun antes de tenerla tan cerca, y tenerla tan cerca fue consecuencia de ello). Pero más me gustó que, contra todo pronóstico, se mostrara amigable. ¿Por qué digo “contra todo pronóstico?”. Porque eso era lo natural. Es como saber que las cosas son demasiado buenas como para que te sucedan a ti. Como intentar entrar a una disco con una identificación falsa sabiendo que te van a descubrir (y actuando así). Más adelante me comprenderás mejor.

En la planta baja del hospital hay un enorme macetero, casi al centro, alrededor del cual había (porque ya no hay) algunas de esas sillas que están unidas por una barra horizontal típicas de los hospitales (en grupos de tres, en el caso de éstas), eran de color azul y ella estaba sentada en una de ellas. El enjambre de vacunadores había ya formado pequeños grupos en panales diferentes. Creo que sólo ella y yo estábamos solos (miento, sé muy bien que había otra persona que también lo estaba, pero no resulta tan romántico que haya sido así). Me acerqué a sus tres sillas unidas por una barra horizontal de color azul (las sillas, no la barra) y me senté junto a ella. Charlamos un poco antes de que cada grupo de vacunadores tuviera que salir a hacer su recorrido. No recuerdo la charla, aunque sí que en ella me enteré que no era casada. Pero hubo algo muy curioso que tengo muy presente. Ignoro a qué obedecía el hecho de que ella estuviera apartada de su grupo de amigas (a quienes conocía desde antes de entrar en la campaña. Ah, porque ella era “novata”, por lo menos en ese hospital, y la gente que le hablaba era porque la conocía desde antes… excepto yo, naturalmente), que se encontraba a la vuelta del macetero. En un momento, una de ellas se asomó para decirle algo, quizás habiendo caído en la cuenta que una abeja del panal estaba ausente y temía que estuviera haciendo cosas malas, como entablar amistad con abejorros indeseables; me vio con ella y no dijo nada… en ese momento, porque cuando volvió a su lugar, escuché que dijo al resto del grupo esta frase: “ya está con él”. Mi cara, roja de vergüenza, se esforzó por aparentar naturalidad y no sé si lo consiguió, pero, si no fue así, ella decidió fingir lo contrario.

La segunda imagen es más vaga aún. Es simplemente el hecho de estar sentado a su lado, junto con otras dos personas: Teresa y Minerva, que no eran del grupo de amigas original de ella, sino que les había tocado estar en el mismo grupo de vacunadoras. Ellas fueron quienes me invitaron a sentarme a su lado, hecho insólito en ese entonces (que no sólo una, sino tres mujeres me invitaran a formar parte de su charla), aunque, por otra extraña razón, no creo haber valorado en toda su magnitud. Teresa era la mayor del grupo y era casada; Minerva era la menor y tenía un hijo casi recién nacido. Irma, a pesar de ser la de en medio, me llevaba alrededor de cuatro o cinco años de edad (lo cual tampoco justifica el hecho de que pensara que era casada). Recuerdo que reíamos mucho. (Suspiro)… un grupo de amigas… Fue sensacional. Mi primer grupo de amigas… fugaz, pero, ¿ves cómo sí fue la primera en algo? Pero lo fue en mucho más. Quizás hasta este punto sólo hayan pasado unas cuantas horas desde que decidí atreverme a conocerla, pero también es posible que hayan sido días, no estoy seguro y es que, ahora, cuando trato de recrear nuestra relación en esos, ¿qué serán?, ¿quince días?, cada uno de ocho horas, no consigo hacerlo, más que en breves flashazos. En uno de ellos, Irma y yo nos encontramos sentados, solos, fuera del cuarto en el que se guardaba todo el material para la vacunación (termos, tablas para escribir, jeringas, etc.) platicando sobre casas embrujadas. Fue una charla muy linda, además de ser la única que recuerdo con ella en el hospital. En realidad, creo que mi cerebro estaba demasiado ocupado sintiendo cosas a su lado como para permitirse pensar en algo qué decir. Cuánto lamento eso ahora.

Pero, ¿cómo fue que empecé a interesarme en ella?

No sé si haga falta explicarlo, pero, por si acaso, te diré que fue casi instantáneo. Existía en ese entonces una relación estrecha entre la atención recibida de parte de alguien y mi propio interés, en especial, si dicho interés ya existía (por mínimo y superficial que fuera) hacia esa persona. Dicho de otro modo: me gustó + no me rechazó = amor. ¿Absurdo? Sigue leyendo.

¿Has escuchado aquello de que es mejor arrepentirse de las cosas que has hecho que lamentar lo que dejaste de hacer? Yo también, sólo que demasiado tarde.

Hay otra imagen. Se acercaban las fiestas de diciembre (pero te juro que eso no tiene que ver en absoluto con el hecho de estar escribiendo justamente en este mes; de hecho, apenas ahora que lo rememoro, por las circunstancias, es que caigo en la cuenta de ello; no es que lo ignorara, pero no lo tenía presente al comenzar a escribir) y caminábamos hacia una Comercial Mexicana en la que había un anexo de puros juguetes (nos dirigíamos allí para verlos). Íbamos los cuatro, Irma y yo adelante; Tere y Minerva detrás de nosotros, cuchicheando algo entre ellas. Creo que no lo había prometido, pero hagamos de cuenta que lo hice: aquí está esa primera vez que tanto esperabas. En algún momento, Tere y Minerva algo nos dijeron con motivo de nuestro alejamiento (ellas se habían quedado rezagadas), pero la verdad es que ambas habían dejado de existir muchos pasos atrás, cuando, al cruzar la calle, Irma tomó mi brazo para andar… y no lo soltó. ¿Dije “tomó mi brazo”? En realidad, prácticamente se abrazó a él, pues lo hizo con ambas manos, lo que situó nuestros cuerpos deliciosamente juntos. Caminamos así… como novios, pensé yo, aunque con el paso del tiempo he descubierto que ese gesto no significa para la mayoría de las personas lo que significaba para mí en ese tiempo (y continúa haciéndolo, aunque ahora tengo la precaución de no interpretarlo de esa manera). Era su contacto, pero más allá de eso, su presencia, que en ese momento era mía, como mío era el infinito placer de sentir en estrecho contacto, producto de nuestro andar, con mi brazo izquierdo su seno derecho, pequeño, enfundado en ese suéter blanco revelador de su figura. No sé qué la movía a hacer aquello, no sé si sus sensaciones iban a la par de las mías… pero yo estaba feliz. Alguna ocasión, por motivos oscuros de ésos que surgen cuando te han roto el corazón (mucho tiempo después) escribí, y me cito, letra por letra: “yo no tengo la culpa de que lo que para ti no significa nada, para mí sea la vida”. No estoy seguro, pero quizás para ella aquello no significara nada; para mí… ya lo sabes. El camino, en este caso, fue más importante que el destino.

Llegó el fin de la campaña de vacunación. Era viernes por la tarde, la última jornada laboral y nos esperaba una fiesta que se había organizado en casa de un vacunador.

Antes de continuar, déjame tratar de plantearte un panorama lo más completo posible de los hechos. Hay una caricatura de Walt Disney sobre el patito feo (espero que la hayas visto) en la que, luego de muchos fracasos (y los consabidos maltratos) por su aspecto diferente, el patito encuentra unos pequeños cisnes (como él, sólo que hace tanto que no se atreve a mirarse reflejado en el agua, que no ha notado la similitud que tiene con ellos) y los ve hermosos. Comienza a jugar con ellos y, cuando se encuentra en el punto máximo de felicidad, se acerca la mamá cisne por sus pequeños. Al verla, el pequeño patito encoge su cabeza, se da la vuelta y comienza a alejarse despacio ante el inminente maltrato que la experiencia le ha dicho que le espera por cometer semejante osadía. Uno de los pequeños cisnes (o todos, no recuerdo) va por él y lo lleva con la madre, que, como todos sabemos, finalmente lo adopta y… colorín colorado. Esa escena me hizo llorar tiempo después, pero lo importante del caso es que yo era un poco como el patito, y quizás tú también lo has sido alguna ocasión: dejas que las cosas pasen, no te atreves a esperar más de una situación porque temes que algo que tú hagas acabe con todo; por eso, cuando esto sucede, te parece lo más normal y, como el patito, lo único que se te ocurre hacer es agachar la cabeza, dar la vuelta y alejarte… con el alma destrozada, desde luego.

Pero bueno, no nos adelantemos.

El patito andaba por allí en su última jornada como vacunador de esa campaña, disfrutando de la compañía de su hermoso cisne cuando se acercó la mamá cisne (Lupita, la amiga que el primer día dijo “ya está con él”) para preguntarle si ya se iban a la fiesta (Irma y ella). El patito encogió la cabeza… pero no le dio tiempo de dar la vuelta y marcharse, porque el bello cisne se encargó de hacerlo levantarla de nuevo al responder a mamá cisne: “yo me voy a ir con él”… y hacerlo.

¿Por qué estoy recordando esto, Dios?

Por más que fustigo a mi mente, no accede a darme los detalles de la fiesta. Incluso, si es que lo conserva, se guarda muy bien el recuerdo de alguna charla o algún acontecimiento importante durante ella. El patito no bailaba. Irma sólo bailó una pieza con otra mujer (quizás con mamá cisne). Estábamos acompañados por una mujer a quien apodaban “la Duquesa”, porque siempre utilizaba, para completar su atuendo áureo de vacunadora sobre su escuálida figura, unos guantes blancos y unos ridículos lentes oscuros. Cuando terminó la fiesta (bueno, cuando terminó para nosotros; imagino que la fiesta continuó), salimos los tres. La casa estaba en las faldas de un cerro (pavimentado) y tuvimos que bajar caminando. Al andar, de pronto y para sorpresa mía (demasiado bella, por cierto), sucedió otra primera vez: el brazo de Irma se enredó a mi cintura. (¡Dios!) Yo era un poco más alto que ella y mi brazo, guiado por mi indecisa mente, la rodeó por los hombros. Así caminamos hasta la avenida. En ese momento el patito era simplemente el más hermoso y feliz cisne del mundo.

Patito, patito, color de café… ¿por qué eras tan…? Por wey, yo lo sé.

¿Qué es lo que hace a alguien pensar que no merece las cosas buenas que le suceden? Más aún, ¿qué hace a alguien pensar que las cosas que están sucediendo no significan lo que él desea que signifiquen?

No sé si algo hubiera cambiado si hubiera obrado de manera diferente esa noche… y temo que jamás lo sabré, pero…

Llegó el microbús que debía tomar Irma para ir a su casa; ella subió y yo ¿subí detrás de ella…? No. La dejé ir. La miré abordarlo, luego de despedirme de ella tibiamente, y el microbús se alejó, llevándose mi adorada mujer cisne y mi corazón con ella. Yo me fui con la Duquesa, pues íbamos por el mismo rumbo. Pensé que sería demasiado atrevido pedirle a Irma que me dejara acompañarla a su casa (aunque lo deseaba con el alma; ¿por qué no me lo pidió ella?), pues podría imaginar que yo pretendía algo sucio y perverso. No podía haber sido de otro modo, era mi idiota congoja mientras, a bordo del microbús, debía fingir que prestaba atención a las palabras de la Duquesa; tampoco quería que ella supiera lo que yo sentía por Irma (como si no fuera ya del dominio público).

Mi tonto consuelo fue llamarla el fin de semana por teléfono, para cosas triviales, ya sabes, porque el alma de pato no concebía que un cisne quisiera verlo fuera de la jornada de trabajo. Sí, créelo, a pesar de ése “me voy a ir con él” y alguna que otra señal que debió haberme hecho saber que tenía por lo menos el derecho de creer que a ella le agradaba mi compañía.

La llamada fue muy corta y fría.

Nos vimos tres o cuatro días después, porque fuimos a cobrar por nuestros servicios como vacunadores. Me arreglé lo mejor que pude (ya sin atuendo blanco) y la esperé en el hospital. Me pegué como sanguijuela a ella en cuanto llegó, pero… todo había cambiado. No es que fuera así desde el principio. Al llegar ella, me pareció que seguíamos siendo los mismos (aun sin brazos estrujando el cuerpo del otro), pero muy pronto su actitud me desconcertó. Esa intimidad que llegó a existir había desaparecido. Me pareció como si estuviera evadiéndome. ¿Por qué? No lo sé. ¿Tendría que ver con el hecho de haberla dejado ir sola? Pero los patos no preguntan, sólo asumen.

Habíamos acordado ir a comer a casa de Teresa al salir del hospital, sólo que algún otro compromiso hizo que ella no pudiera ir. Pero antes de irse, debía ir al banco, así que me ofrecí a acompañarla (vaya audacia). El camino se hizo largo… pero se hizo corto; largo porque íbamos en silencio, incómodo de verdad, como si ambos hubiéramos hecho algo malo y ninguno quisiera ser el primero en confesarlo al otro; corto porque faltó tiempo para que alguno de los dos se atreviera a decir algo que esclareciera un poco el panorama. Es muy duro cuando las cosas se estropean, pero es peor cuando no sabes si se han estropeado, pero lo supones, y no te atreves a averiguarlo. Sé que mis problemas probablemente te parezcan la cosa más absurda que puede atormentar a alguien (es tan sencillo preguntar), pero, créelo, porque es así. En mi caso no era una opción, y no quisiera que lo interpretaras a la ligera, cuando digo que no era una opción, es porque realmente no lo era, no existía, no había lugar en mi cabeza para eso. Quizás te quede más claro si te digo que yo no sabía que podía haber preguntado.

No volvió a abrazarme ni a tomar mi brazo.

No volvimos a hablar de casas embrujadas.

Dejamos de ser el uno para el otro lo que éramos: yo para ella, el vacunador por quien se siente la suficiente simpatía como para tomarlo del brazo al caminar (ya no digamos tomarlo por la cintura); ella para mí, la mujer que llenaba de alegría pura y cristalina el vacío cántaro de mi corazón.

¿Qué fue lo que pasó?

Pero fue algo natural, ¿no? Era el patito feo, así que no me extrañó. Aunque… vaya que dolió. No lo vi como algo pasajero (acaso un mal día de ella o un accidente en la relación -¿cuál relación?), sino como el fin de aquello que tanto bien me había hecho.

No me consoló demasiado, a mi regreso al hospital, solo, sin cisne, rumiar mi desgracia con Teresa y que ella coincidiera en que Irma se había portado muy mal conmigo ese día. Ah, pero por lo menos mi apreciación era correcta; el pato tenía razón, las cosas ya habían valido…

No recuerdo el momento, la secuencia, los hechos concretos, pero yo seguía necesitando las muletas. No hubo una llamada telefónica a su casa por parte mía (desde luego, tampoco la hubo por parte de ella), pero la Duquesa-muleta apareció en el camino. Habíamos quedado también de ir a comer los tres algún día. Ahora que lo pienso, quizás lo hicimos durante esa caminata de la casa fiestera hacia la avenida (ah, dulce caminata). El caso es que un día (el acordado, obviamente) me encontraba yo sentado fuera del hospital esperando la llegada de la musa que inspiraba tantos suspiros y sentimientos. En su lugar llegó la escuálida figura de la Duquesa, pero Irma no debía tardar. Pasaron diez, quince, veinte minutos, nada que un buen pato no pueda soportar; pasó media hora… y pasaron también las esperanzas. Duquesa y caballero enamorado se dirigieron a la recóndita morada de dos pisos de la hermosa dama cautiva. Ella no estaba. Nos lo dijo la hermanastra envidiosa que, seguramente la tenía oculta en el sótano, celosa de su belleza y de las atenciones que para con ella tenía el príncipe pato. Luego de intentar hacer tiempo preguntando si tardaría en llegar (y recibir un “no sé” por respuesta), debimos irnos. Ella no estaba. ¿Por qué me extrañaba? Yo sabía que ella no iba a estar. ¿No era lo natural? Comimos solos la Duquesa y yo. Y el tiempo corrió muy lento.

Hasta aquí todo tiene un aparente orden, ¿no? Después de esto, las cosas se suceden en mi mente sin una cronología determinada y sólo tras un gran esfuerzo mental (que no planeo hacer, por favor, no me lo pidas) logro hilar un poco.

Seguramente lo que sucedió a continuación fue el curioso episodio del regalo de Navidad (por momentos pensé que se trataba de un regalo de cumpleaños, pero ahora creo estar seguro de que fue de Navidad). En su colonia, no muy lejos de su casa, se ponía un tianguis (no sé por qué tengo la impresión de que era los martes, pero no hagas caso de esta infundada intuición; si vas allí y no lo encuentras, me sentiré culpable). Fui, sabedor de algo, y le compré un muñeco de peluche. No recuerdo si era un conejo o un perro (quizás un gato, un elefante o un chango), pero me lo dieron en una bolsa de plástico color azul. Iba yo caminando rumbo a su casa, aún sin salir del tianguis, cuando fui impunemente asaltado. Un perro cuyo pellejo, de no ser por las costillas, habría envuelto sus vísceras, pasó junto a mí y con el hocico me arrebató mi preciado regalo para Irma, creyendo que se trataba de algo comestible. Por fortuna, no se alejó mucho (de cualquier manera, corrí tras él) y, cuando se dio cuenta del espejismo en el que el hambre le había hecho creer, con cierto desdén abandonó el paquete. Fui al rescate y huí, más que por temor de que algún otro perro intentara emular la hazaña de su compañero, por vergüenza de la gente que había visto el episodio. Desde luego, llevaba el paquete abrazado, como si de un tesoro se tratara.

Como no tenía dinero para comprar una envoltura decente (ni la intención de envolverlo; nunca lo he hecho), sin hacer escala alguna, llegué a la casa de Irma (la única de dos pisos en esa calle). Toqué el timbre y alguien se asomó (no recuerdo quién), pregunté por ella y, tal como yo lo sabía, no estaba, así que dejé el regalo con la persona que me atendió. No recuerdo qué escribí ni en dónde (quizás fue en una tarjeta que compré para ella; quizás en un papel) pero lo que sí recuerdo es que no puse mi nombre. Algún sentimiento profano a mi personalidad patesca me hizo creer (no pensar, sino estar totalmente convencido) que ella sabría quién se lo había enviado. Por eso, por la tarde, cuando sonó mi teléfono, al levantar el auricular yo sabía cuál era la voz que iba a escuchar al otro lado de la línea. Me dio las gracias por el regalo (por fortuna el perro no había producido mucha saliva, de otro modo, hubiera dado un look extraño al peluche, y la bolsa no quedó marcada por sus colmillos) y algo charlamos, de manera amigable. No recuerdo la charla, pero sí que al colgar volví a sonreír por causa suya después de mucho tiempo (dos días o dos semanas, ¿qué más da?).

Recuerdo que después de eso nos vimos algunas ocasiones. Una de ellas ocurrió luego que recibí una llamada por parte suya y una invitación para ir a comer (imagino, y casi tengo la certeza, de que el pretexto fue aquella comida con la Duquesa a la que no asistió). Sé que en esas fechas la herida ya había sanado un poco, de modo que cualquier intento por calcular el tiempo que había pasado sería infructuoso. Lo único que tengo claro al respecto es que no fue tan pronto como el salto de línea entre el párrafo anterior y éste. No es que yo estuviera interesado en alguien más, ni que ella no lo estuviera, pero fue una comida de amigos, que no despejó ninguna de las múltiples dudas que yo tenía (ya no tenía intención de despejarlas en ese momento) y tampoco echó de nuevo mis sentimientos a volar.

Hubo otras ocasiones en las que platicamos en su casa. Ella me habló alguna ocasión de problemas que tenía con su novio. Recuerdo que el hecho no dolió tanto como imagino que se supondría (me refiero a que tuviera novio, no a que tuvieran problemas). Bueno, ya después yo tendría ocasión de contarle otros tantos desaguisados que tenía yo con mi novia. Recuerdo también que le aconsejé escribirle una carta (ahora no recuerdo exactamente cuál era el problema, además, no sería decente por parte mía contártelo si lo recordara) en la que expresara todo eso que me estaba diciendo (y, pensándolo bien, es muy probable que el problema que tenía no fuera con su novio, sino con su exnovio –que era el mismo, sólo que en diferentes circunstancias). Tiempo después, quizás por teléfono, me dijo que mi consejo había dado muy buenos resultados (¡¡No es posible; hice que se reconciliaran!!).

A pesar que no nos frecuentamos mucho, nos convertimos en amigos, aunque nunca dejó de gustarme, en especial cuando sus pestañas llevaban aquel tono azul oscuro que, a contraluz, la hacían lucir realmente hermosa, enmarcando sus ojos pequeños. Recuerdo otra campaña a la que asistió. Tengo duda sobre si sólo fue a la capacitación y finalmente no entró (si algo me hace suponer esto, imagino que algo hay de cierto). Esa ocasión, mientras caminábamos de su casa al hospital para la capacitación, me contó sobre su infructuoso intento por entrar a trabajar al ISSSTE, no por falta de conocimientos, sino porque su perfil (sustentado en pruebas psicométricas) no se adecuaba a lo que ellos necesitaban. Ella era “líder”, según los resultados que arrojaron dichas pruebas (y seguramente lo que menos requería el ISSSTE era alguien capaz de organizar una revuelta).

Para estas fechas ya tenía conocimiento de que a su amiga Lupita (la mamá cisne) yo le resultaba atractivo (aunque ella era casada). Un amigo de la campaña de vacunación llamado Daniel se encargó de decírmelo. Incluso, una ocasión fuimos a verla a su lugar de trabajo y estuvimos platicando (bueno, platicaron ellos; yo sólo asentía e improvisaba algún monosílabo). En esa charla, un poco en broma, me dijo que había un muchacho en la campaña que se parecía a mí (eso me lo habían comentado algunas otras personas) y ella a veces ya no sabía “cuál de los dos era el que le gustaba”. Daniel también se encargó de decirme que Irma y Lupita tuvieron problemas por causa mía, una especie de pelea de intereses (¡vaya con el pato galán!), lo cual Irma después se encargó de desmentir (desmentir es un decir, porque ella negó cosas que yo sabía que eran ciertas, como el hecho de que yo le gustaba a Lupita). La versión “oficial” del cambio de actitud de Irma (que ella también desmintió después, cuando por fin me atreví a preguntar, en un momento en el que realmente ya no sentía el interés que… que ahora siento) me fue dada también por Daniel: Lupita le dijo que tuviera cuidado conmigo porque sólo quería utilizarla. ¡Claro que deseaba utilizarla! Necesitaba urgentemente un producto a prueba de tempestades que cada vez que fuera necesario (es decir, todo momento) me llenara de amor y para ello sólo requiriera un excelente cuidado y tiempo para estar con ella. Una máquina de uso rudo, ¿no?

Dos ocasiones, con motivo de Semana Santa, Irma me invitó a la representación de la Pasión en su parroquia (ella era María Magdalena) pero nunca fui a verla. Ahora me arrepiento mucho de eso.

Recuerdo que cuando yo ya no estaba interesado en Irma, porque había llegado a mi vida el amor (correspondido), recibí llamadas de ella. Nos vimos alguna ocasión y charlamos sobre mi novia (diez años mayor que yo; quizás ella pensó que había establecido el récord con esos cuatro o cinco años y eso no le gustó, porque, de manera sutil, me aconsejaba que la dejara. Pero no te creas, también creo que había nobleza en sus consejos).

Es lamentable no poder estableces una línea de tiempo y decir cuál fue la secuencia exacta de los acontecimientos. Creo que la parte rescatable de esta falta de continuidad en la historia puede ser el hecho de que casi está bien definido el inicio y el fin de aquello.

Puedo recordar muy vívidamente la última vez que fui a su casa: ella me dejó un rato solo en la sala con mi vaso de refresco mientras subía a… ¿arreglarse? Yo, allí sentado, miraba los cuadros en las paredes y el tiempo efectivo que estuvo conmigo fue en realidad muy poco. Cuando llegó la hora de irme, ella salió a despedirme a la reja. Allí estábamos, ella de un lado y yo del otro de la valla cuando tuvo que entrar de nuevo a su casa (no recuerdo para qué) y yo la miré alejarse. Tenía el mismo cuerpo delgado de cuando la conocí. Llevaba un pantalón ajustado, de tela delgada (supongo que blanca) y, al alejarse, pude mirarla de una manera que jamás me había inspirado: con deseo. Su ropa interior era pequeña (supongo que blanca también) y se marcaba perfectamente en su ajustado pantalón, en una armonía extraordinaria con la redondez de su cadera y… Deseé que volviera a salir y volviera a entrar para poder admirarla de nuevo. Pero no sucedió. Salió y esta vez fue sólo para despedirse. No quería irme todavía, quizás presagiando que jamás volvería a entrar a su casa.

Quisiera explicar en este punto aquello del deseo que nunca había sentido por ella. En mis años mozos (digamos que alrededor de los siete) comencé a convertirme en una máquina generadora de lujuria. Veía cada día miles de mujeres que inspiraban mis más perversas fantasías sexuales, de modo que cuando llegué a la pubertad fácilmente pude haber establecido un récord Guinness de autoerotizaciones diarias (con un número realmente grande cada día). Había, algo peculiar, sin embargo: cuando una mujer me interesaba genuinamente (yo le llamaba estar enamorado en ese tiempo, ahora no estoy seguro de que lo fuera, pero, a falta de una mejor y más corta descripción, llamémosle así), por mi mente jamás pasaba un pensamiento erótico relacionado con esa persona. Es raro. Deben ser prejuicios, pero la línea entre el erotismo y el amor estaba muy bien definida y no convivían entre ellos. El récord Guinness debió haberse roto en esos momentos, porque no era sólo que ella no me inspirara esas sensaciones, sino que ninguna mujer más podría hacerlo, así que la racha invicta, como en los juegos de fútbol, se rompió. De cualquier manera, podríamos jugar con la estadística y manejarlo como el Récord Guinness de Autoerotizaciones Diarias sin estar Enamorado.

Una ocasión, con motivo del día de muertos (que más bien debió ser a causa de Halloween) se organizó una fiesta en mi casa a la cual la invité. Al hacerlo, sabía que ella diría que no podía ir… pero me equivoqué. La pasamos muy bien. Fue la única ocasión que fue a mi casa y convivimos con familiares y conocidos. Un momento muy especial fue cuando hubo que ir a proveernos de víveres y bebidas para el agasajo. Ella y yo nos ofrecimos a ir a la Comercial Mexicana (¿o fui yo y la obligué a ir conmigo? No lo creo, ella lucía contenta) y lo hicimos en el coche de mi mamá. Ya en la tienda, tomamos un carrito para ir echando allí las cosas que fuéramos tomando; yo lo conducía y ella iba a mi lado, como dos recién casados buscando las primeras provisiones para la aventura que ambos estaban contentos de estar iniciando. No recuerdo qué compramos ni cuánto tardamos allí, pero volvimos a ser los de antes… por un instante… y a mis ojos. Quizás para ella las cosas ya tenían sus justas dimensiones de manera que no necesitaba ya evadirme por cualquier causa que hubiera justificado hacerlo años atrás (especulaciones). Volvimos a casa y disfrutamos de la fiesta. Para este tiempo, yo ya bailaba un poquito (producto de mi noviazgo, que había ya finalizado), pero ella, extrañamente, no quiso bailar. Mucho antes de que terminara la fiesta (de la cual tampoco tengo muchos detalles que ofrecer), pero ya un poco noche como para que una chica decente estuviera fuera, la llevé a su casa en el viejo coche de mi mamá. Yo quería quedarme más tiempo con ella, prolongar el incipiente renacer de viejos tiempos, pero, al parecer, tenía prisa y no se me ocurrió un buen argumento para retenerla dentro del auto, excepto un no muy convincente ni insistente plan de enseñarle a manejar. Lo único que hicimos fue que, mientras yo pisaba el clutch del coche, ella cambiaba la velocidad.

Después de eso, regresó con su novio (con el que había terminado poco tiempo antes, seguramente sólo para poder ir a mi fiesta de Halloween). Esta vez el ciclo de vida de la ilusión fue más breve y, quizás por eso, benigno. Al poco tiempo me anunció que se iba a casar. No sé si fue por teléfono, pero creo que sí. Ya después me daría mi invitación e, incluso, en la fiesta, iba a presentarme una mujer mayor que tenía mucho dinero (ya que a mí me gustaba ese tipo de mujer).

No fui a la boda.

La última vez que la vi fue en el mismo autobús que ahora me pasea frente a su calle (bueno, el mismo, estoy seguro que no, pero alguno de la misma línea). Ella iba con una sobrina (creo), yo iba solo, un poco desaliñado. Charlamos sobre su futura boda y me repitió que luego me daría mi invitación y que me presentaría a su amiga.

Jamás lo hizo.

No sé qué sucedió, pero no volvió a llamarme, ni yo a ella. Ése fue el fin, sin que yo lo supiera, pero sé que, aun habiéndolo sabido, el hecho habría significado exactamente lo mismo que significó, es decir… nada. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a recordarla.

La última noticia que de ella tuve fue hace tres años, cuando escuché unos toquidos, débiles al principio, pero que poco a poco se fueron intensificando… dentro de mi corazón. Era ella pidiendo que le abriera para salir. Fue tan dulce su súplica que no quise negarme.

A mi mente vinieron recuerdos, como éstos que te narro, con la bondad que tienen los recuerdos de retorcerse e iniciar en puntos inimaginables cada vez, sin necesidad de tener continuidad porque saben que, para uno mismo, eso no les hace perder el sentido.

Escribí, entonces, una canción que aquí transcribo, sin respetar la métrica, en un intento por hacerla tener sentido sin música.

Hoy me puse a buscar en el corazón, sin saber por qué y, al hurgar en un rincón dormido, allí en el fondo te encontré, poniéndole a mi corazón la cálida ilusión de ser por primera vez la mujer para mí. ¡Cuánto daría por saber que ahora estás pensando en mí!

Hoy el viejo hospital ya no es como ayer, ya poco es igual, y el lugar en donde, allí a tu lado, sin permiso me senté, ya lo han quitado, pero aún conservo algún recuerdo en mí que me habla de ti, y es tu voz junto a mí. ¡Cuánto daría porque sepas que ahora estoy pensando en ti! Cuánto daría por saber que sabes que no importará qué pasé aquí, no podrás dejar de ser en mí la ilusión de ver llegar sin avisar esa dulce primera vez.

El primer ansiado corazón de mujer muy junto a mí y, al fin, ese primer brazo en torno a mí y ese tonto no saber decir, mientras caminábamos, que no quería separarme más de ti.

El primer motivo corporal de un abrazo casi accidental… y la maravilla del calor que en mi brazo tu pecho encendió… y el poder de atrapar tu atención… y esa boca que jamás besó.

Hoy que miro, no estás. Te casaste, al fin, hace tanto ya, pero hoy el viejo corazón volvió a latir a ese compás que le marcabas con tu vida y es por eso que aquí estoy, encontrando aquí, donde ayer yo viví el viejo anhelo de verte llegar al fin… un nuevo deseo de dormir pensando en ti.

¿Dije fin? Creo que el fin no ha llegado aún.

Y es que llega el inevitable deseo de saber qué estará haciendo ahora, si habrá logrado entrar al ISSSTE, como era su sueño, cuántos hijos tendrá, cuánto habrá cambiado… si habrá pensado alguna vez en mí… Entonces, no se distingue la diferencia entre el anhelo de los días que se fueron y el de estar viviendo los actuales con ella. Si me dieran a elegir entre volver el tiempo atrás para vivir de nuevo aquellas cosas (aun sin posibilidad de modificarlas) o volver a verla hoy en día, para vivir una nueva vida que comience en este punto, no sé qué elegiría. Porque ya hemos vivido nuestras vidas el uno sin el otro. Han sido vidas que se han construido por más de diez años sin nuestra mutua presencia. Yo creo que, si pudiera volver a aquellos días y tuviera la posibilidad de cambiar algo, podría hacerse innecesario e inoperante el deseo de estar ahora a su lado, porque quizás lo estaría como consecuencia de aquello. Finalmente, no sé si deseo estar al lado de esa mujer que está en algún sitio en estos momento, o al lado de Irma, el bello cisne que me hizo sentir por primera vez en la vida la cercanía de un cuerpo femenino, mi primer abrazo y mi primera real ilusión por las cosas que sucedieron y no sólo por las que yo deseaba que sucedieran. Uno puede atiborrarse de hechos y nombres de gente con quien soñó; aquel beso que me hubiera gustado darle a Elizabeth o a Gabriela; aquella ternura que esperaba recibir de Xóchitl… Pero ahora puedo evocar esa primera mano asiéndome, convirtiéndome en su protector y la calidez de su pecho, que no fue imaginada. Pero quizás esa Irma ya no existe más, igual que aquel patito feo se ha ido.

No sé si te extraño a ti, Irma, con todo lo que representaste en mi vida… o si simplemente extraño mi capacidad de sentir tanto con tan poco que me diste. Pero lo que sí sé es que daría muchas cosas por volver a sentir lo que sentí aquella vez que me tomaste por la cintura… y quedarme así toda la vida.

Creo que ahora sí es el fin.

Muy bien, libretita, estamos tú y yo solos aquí… es decir… sólo estamos tú y yo… Bueno, a lo que me refiero es a que no importa que estemos rodeados de gente… de hecho, creo que jamás habíamos estado rodeados de tanta gente… ¡Dios! Ya me entró pánico. Está bien, está bien… respira hondo… Ufffff… Ya está… Ah, sí. Te decía que estamos solos en esto. Nadie de ellos va a venir a ayudarnos, ¿verdad? De modo que, hagamos un trato: yo veo y escribo, y tú me devuelves una vista agradable de lo que escriba. ¿Estás de acuerdo? Muy bien, allá vamos.

La mañana es muy soleada y, a pesar de eso, hay una multitud desfilando por las calles… no, no es “una multitud”, es “una gran multitud” la que se arremolina por aquí, la que camina por estas estrechas calles. Por más que levanto la vista, no puedo distinguir la cabecera de la procesión. Porque se trata de una procesión; la gente camina, no está estática en un punto, sino que camina, unos más que otros, pero todos se mueven en la misma dirección. Niños, adultos, ancianos… cada cual a su propio ritmo, pero todos avanzan.

¡Vaya! Esto sí que es extraño. Uno admira a los jugadores de fútbol brasileños por el cambio de ritmo que pueden hacer, o sea, en una fracción de segundo pasan de una inmovilidad, de un acecho, a un movimiento vertiginoso que desequilibra al adversario, y uno se imaginaría que por esa falta de técnica es por la que los mexicanos estamos tan lejos de su nivel… Pero no es así. En cinco minutos que llevo caminando, mis pies han tenido que hacer miles de cambios de ritmo, para no pisar a la señora que, chiquillo en brazos, camina delante de mí; para no pisar esa suciedad de perro que está en el piso; para esquivar el pie del chavo con playera del Barcelona que se me cruzó en su afán por alcanzar a alguien que no alcanzo a distinguir quién es… En fin…

La gente, muy seria en general, apenas si dirige alguna palabra a los compañeros de procesión, aunque un murmullo invade los sentidos, pero no es posible determinar exactamente de dónde proviene, porque los labios parecen sellados, pero el murmullo continúa…

¿Ey, qué pasa?

¡Oh!, la procesión detuvo su andar. Quizás pueda aprovechar para adelantarme unos cuantos pasos, a ver si logro determinar el origen de los murmullos… y de paso, a ver si me entero qué demonios estamos haciendo todos aquí.

-Compermiso, señora. Gracias, qué amable. Paso, paso…

Je. No fue tan difícil como imaginé. Y ahora sí puedo notarlo. El murmullo está aquí, pero ya no como tal, sino como un sonido perfectamente distinguible: es un canto.

Perdón, oh, Dios mío… perdón e indulgencia… perdón y clemencia… Perdó-on y piedad…

¿Y es esto lo que estamos siguiendo? No pongo atención al resto del canto, pero se repite una y otra vez, a través de un altavoz, al que se unen cientos de voces (como murmullo, porque, aunque se nota que todos conocen qué sigue en cada estrofa, parece que les da pena cantar con ganas).

De pronto, el canto cesa y, en su lugar, a través del altavoz se escucha una voz de mujer, que dice algo como “bssss… bsss… bsss…”.

La marcha se reanuda. Delante de mí, un señor, que sobre sus hombros lleva una niña, seguramente su hija, lucha silenciosamente contra los aguijones de una sombrilla que una señora que camina a su lado lleva apenas sobre su cabeza, valiéndole ídem (sombrilla) que pueda sacarle los ojos a alguien. Como corro el peligro de que algo así me suceda a mí también, decido apresurar la marcha y camino un poco más deprisa.

¿Qué más? ¿Qué más necesitamos escribir, libreta? ¡Chale! Si, por lo menos me hubieran dicho qué evento es éste…

-Oiga, señora, ¿quién es ése que está allá?

Con un poco de esfuerzo, más que nada, de no rozar accidentalmente algún bien formado trasero de los que andan por aquí, logro acercarme al punto desde el que brota el lastimero canto que, a través del altavoz, insulta mis tímpanos. Allí la gente no abarrota la calle, sino que varias personas se encargan de formar una valla que protege a otras personas que caminan por el centro. Dos de ellas llevan sendos leños en los hombros, y más adelante camina otro, cuyo leño es mayor, y lo lleva sobre su espalda. A él es a quien me refiero.

-¿Quién es quién?
-Pos yo soy yo y usté es usté.
-¡Ora! ¿Qué se trai?
-Ehhh… Disculpe, señor.

Dejo a la señora con sus problemas de identidad y me dirijo a un buen hombre, con sombrero tejano, y más años que suciedad de perro he esquivado por el camino.

-¿Quién es ese hombre?
-¿Cuál, joven?
-El de allá, el que camina adelante…
-El de la cruz -le sopla un chamaquito con mocos secos alrededor de la nariz, que va a su lado. No logro identificar el tono que emplea, pero tiene cierto parecido con la burla.
-¿De la Cruz? Eh… ¡Ah, sí! Ese señor De la Cruz, ¿quién es?
-¡Pues es Jesús!

Responde el viejecillo, con las cejas arqueadas, como si fuera obvio que ese tal señor De la Cruz se llamara Jesús.
Bueno, probablemente aquí, en este pueblo (¿cómo es que se llama? Ah, sí, San Pablo de los… Cedillos, o algo así), este tal Jesús de la Cruz sea un héroe, pero yo no estoy obligado a conocer la historia y a la gente de todos los lugares a los que me mandan a hacer crónicas. ¿O luciré como uno de ellos? ¿No se notará que no soy de aquí? ¡Ni Dios lo mande!

-Eh… oiga, señor. Yo no soy de aquí, ¿eh? Yo vine nada más a…

Pero ya el viejecillo no está a mi lado. Sabrá Dios a dónde se fue… ¿o se habrá quedado? Bueno, puede ser, después de todo, no voy tan lejos de…

La procesión se detiene nuevamente. Qué bien. Voy a aprovechar para acercarme a ver a Jesús de la Cruz, y ver por qué es tan conocido por todos.

-Permiso, señora, permiso…
-¿Otra vez usted?
-Este… ¿yo?
-Sí, usted. Desde allá atrás me viene empujando.
-Oh, no, no, señora, disculpe, yo… sólo…

Se volteó. Menos mal… El día no está como para entrar en disputas. Muy bien, dejemos las disculpas y concentrémonos en Jesús de la Cruz.

¡Chispas! Qué amolado se ve. Lleva su ropa rota, con manchas de salsa Valentina por todos lados, hasta en la cara. Está arrodillado y el leño de hace rato sigue allí, sobre su espalda. Momento… el altavoz está hablando:

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez. Jesús había tomado de nuevo la…

¡Chale! Pues sí ha de ser bueno este cuate; ¡hasta un corrido tiene! Espera, espera, veamos que dice la voz del altoparlante.

… Jesús, por los suelos una vez más, no se siente derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos…

¡Órale! Me quedo pensando un rato y ya no escucho más. No, pus sí está cañón este cuate. A ver, libreta, acuérdate de eso… “dice Jesús de la Cruz que pa’ qué te caes si no te vas a levantar”. Sólo los que se caen tienen derecho a levantarse… ¡No ma… esto sí está elevado!

Pera, pera… ¡Chale!, no me dejen. ¡Pérense!

Ahí voy, nuevamente, a perseguir la cabeza de la procesión, esquivando traseros, sombrillas, suciedad de perro… bueno, de ésa no tanto, y por fin retomo mi lugar en la cabecera.

¡Ay, no es posible! ¡Chale! El buen Jesús se anda partiendo la maraca cayéndose y levantándose, y aquí están estas voces que, en lugar de echarle ánimos, lo deprimen a uno.

Yoooo no soy nada y del poooooolvo nací… pero tú me amas y morites por míiiii…

No, pus así, ¿cómo quieren…? A ver, libreta, pérate un rato, deja les enseño cómo se hace.

-¡Una porra para el Jesús!

Todos voltean a verme sorprendidos. Claro, no esperaban que un fuereño viniera a decirles cómo animar al héroe local. Como nadie pareciera estar dispuesto seguirme, respiro hondo, y empiezo:

-Chiquitbum a la bim, bom, bam… Chiquitbum a la bim, bom, bam…

La gente pela tremendos ojotes… No me digan que no se acuerdan del mundial del 86, con la Chiquitibum y sus… ejem…

-‘Ora, todos… A la bio, a la bao, a la bim, bom, bam… Cucho, Chucho, ra, ra, raaaaaaa…

¿Qué onda? Uhhh, qué aguados son en este pueblo. Hasta el Jesús se quedó de a seis. Ah, ya sé. Es que igual y no se oyó bien hasta atrás. Voy a pedirle su altavoz a la señora ésa para organizar bien la porra.

No me lo quiso prestar. Vale…

Bueno, no importa. Vente libreta, sigamos en lo nuestro.

Más adelante de donde va Jesús de la Cruz, una camioneta con cuatro policías avanza despacio, despacio. Allí va también una ambulancia, yo creo que es por si Jesús se cae y ya no se puede levantar. Pero lo bueno es que no se ha vuelto a caer. Nomás nos volvimos a detener otra vez, y fue porque varias mujeres, que se alcanzaron a colar entre la valla, se le acercaron a Jesús para pedirle su autógrafo. Ni me había fijado, pero hay cerca de Jesús de la Cruz y los otros dos… ¿cómo se llamarán…?

-Señora, ¿cómo se llaman los dos que van con Jesús de la Cruz?
-Los ladrones -se apresura a aclararle un niño sin mocos secos alrededor de la nariz.
-Son Dimas y Gestas.
-… no, en serio…
-¡Payaso…!

Dimas y Gestas. ¡Hágame favor! Ah, bueno, pero cerca de ellos hay unos cuates vestidos como de… egipcios, con gorro, sandalias, faldita y escobas en la cabeza.

-Oye, mamá, ¿y si no hubieran soltado a Barrabás, él estaría en el lugar de Jesús?
-Pos yo creo que sí.
-Mejor hubieran soltado a Jesús.

El diálogo entre madre e hija no dura mucho; lo interrumpe un grito tipo película de los hermanos Almada:

-¡Levántate! ¡Apúrate, que quiero llegar hoy!

Quien grita es uno de los egipcios que, con látigo en mano, azuza a Jesús para que siga caminando.

“Ándale, güey”, pienso, “nomás atrévete a…”.

Un zumbido surca el aire y se convierte en un chasquido cuando el látigo es descargado por el egipcio sobre la espalda de Jesús de la Cruz.

-¡Órale, pinche Barrabás, no te manches, cabrón! Sí, tú, hijo de tu puta madre. A ti te estoy hablando, ya bájale…

Parece mentira que yo sea el único indignado. La gente se me queda viendo, como si no supiera qué le estoy reclamando al cabrón del Barrabás; hasta los pinches judiciales se quedan en la lela. Jesús me voltea a ver como diciendo “tranquilo, no me hizo nada…”. ¡Ésos son machos! Verdá de Dios que sí. Suavizo mi tono:

-No te sigas pasando de verga, ¿eh, pinche Barrabás…? Órale, vamos a cantar todos. Perdóooooon, oh, Dios mío…

El altavoz continúa con el canto que inicié.

-Pinche Barrabás, se pasa de cu…
-Ése no es Barrabás, es un centurión.
-Ah…

Bueno, da lo mismo cómo se llame; Barrabás, Cinturón, es un ojete el güey.

La procesión continúa. Dos o tres veces Cinturón se ha querido pasar de lanza, pero cuando ve que lo estoy viendo, nomás le grita a Jesús de la Cruz: “apúrate, que quiero llegar hoy”, y en una de ésas yo le grito: “pues adelántate y deja de estar chingando, papacito”. Después de eso, ya no ha vuelto a hablar.

¡Puta madre! Se siente un chingo de calor… Y el Jesús ha de estar peor. ¡Ah, mira! Allá adelantito está una tienda.

-Compermiso… compermiso…

Otra vez la misma señora, pero ‘ora ya no protestó. Se me hace que vio cuando defendí a Jesús de la Cruz y ya hasta le caigo bien.

-¿Qué onda, mai? Ponte con unos refrescos pa’l Jesús, ¿no?
-¿Cómo…?
-Jesús de la Cruz, el que va allá.

El tendero me mira extrañado.

-El de allá.

Señalo hacia donde están Cinturón y sus secuaces. ¡Chin! No vaya a ser que en cuanto no me vean quieran seguirse manchando.

-¡Apúrale, carnal, que se deshidrata!

El tendero no sabe qué hacer, pero saca un Boing y una Coca retornables, y los pone sobre el mostrador.

-Son…
-Son pa’ Jesús, son pa’ Jesús.

Y me echo a correr con los refrescos.

¡Fiu! Afortunadamente, no se alejaron mucho. ¿Cuál le gustará a él? Chale, es que es un Boing de tamarindo, ya casi no hacen de ésos. Y la Coca está helada, como debe tomarse… ¿Qué hago? Un volado, a ver… ¿O le pregunto? ¡Ya sé! Mita, y mita; le tomo la mitad a uno, luego al otro y se los paso…

La procesión se detiene nuevamente.

Jesús de la Cruz cae por tercera vez, sólo que esta ocasión el madero le cae encima.

-¡Levántate!

Uno de los compinches de Cinturón le puso un madrazo a Jesús con su látigo.

Suelto el envase vacío del Boing y escupo el trago de Coca que me acababa de aventar, y salgo disparado hacia ellos. La valla se abre para dejarme pasar y me planto delante del cabrón que acaba de pegarle a Jesús.

-¡Ya estuvo, culeros! Te lo advertí, pinche Cinturón, que le bajaras de huevos. A ver, hazme lo mismo a mí. Y tú, ¿qué me ves, pendejo?

Ninguno se atreve a hacer algo. El pobre Jesús luce realmente asustado. Claro, con ese maderazo que le pusieron… Los policías se voltean a ver entre ellos y no hacen nada, eso me encabrona.

-Y ustedes, ¿qué hacen allí? No están viendo la madriza que le están poniendo a Jesús.

Nadie dice nada. La voz del altoparlante, que había comenzado el estribillo del corrido “Jesús cae por tercera vez. Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba…”, se desvanece.

-¡Cómo son putos!

Les digo antes de dirigirme hacia Jesús.

-¿Estás bien, carnal?

Él no contesta, se ve que el palo le pesa… sin albur. Le quito el leño de la espalda y luego le ayudo a levantarse. Él se queda inmóvil, se ve más madreado de lo que yo pensaba. Cinturón y sus amigos no dicen nada, los policías ya ni me ven, y la mujer del altoparlante se quedó sin palabras. ¿Y ‘ora?

-Déjame ayudarte, carnal. ¿Para ‘ónde es?
-Para… allá.
-Oye, güey, te traía un Boing, pero lo tuve que tirar cuando vi lo que…

Después de algún tiempo, en el que ya no hubo pausas, llegamos a un pequeño montecito, bastante pelón, por cierto. Le devolví su palo a Jesús y me alejé un poco. Todo el camino nos lo llevamos platicando, y me enteré qué era lo que pasaba. Me dijo que Barrabás era un ratero al que habían soltado en su lugar; un trato bastante raro. O sea, los dos estaban en el bote, uno por ratero, y el otro por hablador. A Jesús lo habían acusado de que decía que podía hacer cosas que nadie le creía, como un mago. ¡Puta! Pus yo a esos güeyes los veo que ganan un chingo de lana. Hasta podría salir en la tele, ¿no? Pero la cosa es que ese día podían soltar a uno de los dos, y la gente escogió que soltaran al otro. Yo me imagino que querían ver trucos, y pus ver cómo se roba una cartera no tiene ningún chiste, en cambio, ver cómo se levanta un templo en tres días está más interesante. “¿Y a poco puedes hacer eso?”, le pregunté, y él dijo que sí. “¿Neta? No, pus deberían llevarte a los segundos pisos y puentes del D. F.”.

La cosa es que eso de llevar cargando la cruz (era una cruz, ¡chale! Qué cosas tiene la vida, ¿no? Jesús de la Cruz cargando una cruz) por todo el pueblo era por andar de hablador. Pus sea lo que sea, está medio exagerado, ¿no? Imagínate si a todos los que nos prometen que van hacer cosas que al final no hacen los pusieran a cargar cruces (ah, ya me acordé, el pueblo es San Pablo de las Salinas) y a madreárselos.

Pero cuando me cayó gordo fue cuando me dijo que había un tal Herodes que antes de que iniciara todo le dijo que si le hacía un truquito lo dejaba ir, y él no se lo quiso hacer. ¡No mames! Nada más era un truco. Sacarle una moneda de la oreja… adivinar una carta… ¡Hasta yo alguna vez me aprendí algún truco! (el de la carta 21, ése está chido). Pero él no quiso hacerlo. No sé si es porque no le iban a pagar lo que cobra por show o qué onda, pero está cabrón, ¿no? Aguantar todo eso nomás por no querer hacer magia.

Entonces fue que le devolví la cruz y le dije “Mira, carnal, yo te echo la mano y todo, porque me caes bien, pero si te dieron chance de evitarte todo esto y no quisiste, pos es tu pedo”.

¡Chale! Mejor me hubieran encargado una crónica de algo relacionado en estos días de vacaciones, ¿no? Con la semana santa.

En lo último que me quedé fue en que lo colgaron en la cruz ésa que llevaba, con unos lazos, a ver cuánto aguantaba. Hasta arriba le pusieron un letrero: INRI… ¿Qué querrá decir? ¿Instituto Nacional de Relaciones Industriales? A Rimas y Gestos también los colgaron, nomás que en unas cruces más chiquitas, y uno de ellos, no me acuerdo cuál, le dijo:

-Si de verdad eres el hijo de Dios (órale, cómo han cambiado las cosas, en mis tiempo se decía “si eres tan verdad de Dios”) desaparécete y desaparécenos a nosotros.

Tiene razón. Bueno, en lo de llevárselo con él, no, pero igual si hacía un acto de escapismo, como Jaudini, se la perdonaban. La cosa es buscarle… ¿Anotaste, libreta? Es una buena frase, igual y la uso para otra cosa.

Y luego, el otro, el que estaba del otro lado de Jesús, también salió a defenderlo, como yo; igual y el cuate tampoco sabía que el Jesús había pasado todo eso por caprichoso:

-Cállate. Nosotros estamos aquí por nuestros pecados, pero este hombre nada ha hecho…

¡Pus por eso está allí! Por no hacer nada y sólo andar de hablador. Pero lo bueno es que a mí no me hizo insinuaciones, como a éste. Quesque saliendo de allí lo iba a llevar al paraíso. ¿Qué onda?

Me aburrí de tanta pendejada y decidí irme. Que le dieron a beber vino con hiel… ¡No mamen! Con la chinga que se llevó (por su gusto y todo, pero fue una chinga), apenas un Gatorade. Creo que lo único que faltó fue escuchar cuando dijera las siete palabras… ¿Ya para qué? Ésas había que decirlas antes, además, ¿a quién pretendía impresionar con eso?

Hasta yo me las sé:

Siete palabras de magia que son bíbidi bábidi bu.

Reportó para ustedes: Cirineo del Calvario.

Conozco muy poco de ella y, sin embargo, a menudo acude a mis recuerdos. Sé que es más que su bella figura enfundada en aquel vestido verde que, con toda seguridad, hizo las delicias de más de una mirada masculina.

El escenario fue una fiesta. El pronóstico no era favorable, y es quizás por ello que ese instante se convirtió en algo mágico. Porque eso que acude a mi mente en algunos episodios es justamente un instante, un momento de ese tiempo que duró la reunión en el que su presencia acompañó la mía.

¿Qué esperaba yo de ella? A decir verdad… nada.

Ella iba acompañada. No parecía ser su novio… pero tampoco parecía no serlo. Es decir, no había una certeza de ninguna de las dos posibilidades… pero iba acompañada.

Mirarla al llegar fue inevitable, como inevitable fue descubrirme por momentos dirigiendo mi mirada hacia donde ella estaba. Pero no representaba más que una linda estampa incluida en el marco de aquella reunión.

No sabía que en esa noche habría un instante que ella protagonizaría.

La coincidencia de una furtiva mirada a la distancia fue la que lo inició. No sé si fui yo o fue ella la primera en mirar al otro, pero sé que la diferencia de tiempo debió haber sido de apenas una milésima de segundo, y mi reacción ante aquello, tardó acaso un poco menos; mi mano derecha se levantó, como si tuviera voluntad propia, para señalar con el índice la pista, con un discreto movimiento, mientras mis labios dibujaban la palabra “¿bailas?”.

Ella asintió.

Pronto nos encontramos bailando. Charlamos, sí. La conocí un poco… también. Pero sé muy bien que no fue nada de lo que dijeron las palabras lo que recuerdo con esa insistencia de esas tres piezas en que robé su presencia sólo para mí, sino lo que callaron… los momentos de silencio en nuestras voces… pero de elocuencia en las miradas.

Muchas veces algo salió mal: su cuerpo giraba al lado contrario del que mi brazo dictaba; mi mano, incapaz de superar su altura, golpeaba mi cabeza; el nuevo paso que intentaba introducir no era del todo comprendido… Pero muchas más veces… algo salió bien. Invariablemente, una sonrisa se dibujaba en mi rostro al contemplar la suya; ese giro en sentidos opuestos provocaba la necesidad de tomarla entre mis brazos, para evitar una caída; una vez aprendido ese paso parecía como si hubiéramos sido creados para repetirlo una y otra vez…

Todo el tiempo sonreímos…

Fue tan sólo un instante, pero ¿no es cierto que la vida se compone de ellos?

Conozco muy poco de ella… pero sé que ese momento permanecerá mucho tiempo en mis recuerdos, y hará brotar una sonrisa cada vez que evoque la suya...

Me quedé mirándola fijamente.

Sus ojos estaban cerrados, pero no me atrevería a asegurar que dormía. Tras de sus párpados, de forma casi imperceptible, distinguí el movimiento involuntario que evidencia la falta de control sobre las acciones que provoca el sueño. Pensé de inmediato en aquella frase que seguramente tiene una buena estructura gramatical que no logro reproducir, pero cuya idea es que estás junto a la persona adecuada si, aun viéndola en su forma más descuidada, te sigue pareciendo atractiva. Ella me lo parecía, y mucho. Quizás ese momento del que habla la frase es el instante después de despertar, cuando sigue habiendo reacciones involuntarias, pero ya no son justificadas por la falta de consciencia. Era la primera vez que la vería despertar, y es natural…

El día anterior ni siquiera sabía que existía.

Quería verla abrir los ojos, esos ojos pequeños que ya mi mirada había degustado en breves episodios, enmarcados por uno de sus más grandes y evidentes atributos: sus largas pestañas, negras, intensas… retadoras; pero también detestaba esa idea, porque sabía que una vez que lo hiciera sería para alejarse, para no volver a verla nunca más.

Ella dormía.

Me perdí en su contemplación una gran cantidad de insuficiente tiempo. Apartaba la mirada constantemente, cuando el movimiento bajo sus párpados era más evidente, pues no deseaba que me sorprendiera contemplándola de aquella forma, pero tan pronto como retiraba la mirada, ésta volvía al ataque.

Jamás un semblante tan neutro había resultado tan expresivo. Me pregunté si soñaría… y en tal caso, cuál sería ese sueño. Quizás no fuera uno de ésos que puedes recordar y contar al despertar, porque quizás en ese caso habría más gesticulación en su rostro… su rostro…

Fui testigo de la más grande maravilla que puede haber sobre la tierra: la belleza femenina naturalmente expuesta. Su cabello, bendito sea, se encontraba sujeto y dejaba al descubierto ese hermoso rostro trigueño, lleno de imperfecciones que sólo la mirada exhaustiva, insistente y quizás hasta impertinente puede notar. No era una piel completamente tersa, pero se plegaba con gracia en los puntos exactos para dibujar una figura llena de armonía.

Pronto despertaría, fui consciente de ello, como en este momento, en el que ocupaste un segundo de tu vida -que no volverá- en leer la palabra anterior. De modo que, más que mirar su expresión, la viví.

“Estás aquí”, pensé. “Nadie puede arrebatarme tu contemplación”.

Este momento es mío.

La curva de sus cejas, medianamente pobladas y de una simetría extraordinaria, le daba un aspecto serio, de mujer reservada… quizás lo era. Su nariz era recta… perfecta…

Los labios, de sinuosas y abundantes formas fueron el blanco más socorrido de mis miradas. No había humedad en ellos, sin embargo… mi deseo se concentró mucho tiempo allí. A punto estuve de acercar los míos para darles un poco de esa humedad que les hacía falta, pero me contuve… de hecho, creo que sería más atinado decir que mi pensamiento formó una imagen en la cual nuestros labios se juntaban, pero en realidad jamás estuve cerca de intentarlo.

Su cuerpo era también hermoso, aunque no pude contemplarlo en ese momento. Lo había visto por breves momentos anteriormente. Quise alejarme un poco para poder deleitarme con la vista completa de esa maravilla que estaba allí, tan cerca de mí, pero mi espalda contra la pared me impidió hacerlo. Volví, pues, a concentrarme en su rostro.

Una y mil veces lo recorrí, tan lentamente como me fue posible, para quedarme con su imagen de forma perpetua en la mente. Era un rostro serio, elegante… inolvidable…

Quizás como un regalo previo al momento de la separación, de manera involuntaria, eso es seguro, separó ligeramente sus labios. Un suspiro mío se coló a través de ellos, por donde se asomaba un par de dientes que auguraban una maravillosa sonrisa. Ojalá pudiera reír en sueños.

Cerré mis ojos un instante, justo antes de la última mirada, porque presentí cuál sería el momento exacto en el que ella despertaría.

La miré.

Adiviné sus ojos abrirse…

Dirigí los míos hacia otro punto…

Las puertas del metro se abrieron, y ella salió para perderse entre la gente mientras yo acompañaba su andar con la intensidad de mi mirada.

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