MarSep01

“No digas que me amas porque te hago falta cuando no estoy contigo; a eso se le llama dependencia. 

Me encanta que seas feliz sin mí, y que a pesar de eso prefieras estar conmigo”.

LunAgo24

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse mientras allí abajo la sensación de calidez perdida momentáneamente por su sobresalto acometía con una fuerza extraordinaria. La cordura volvió a abandonarla y ya no se permitió dudar.

--- o---

Cuando aquello era tan sólo una posibilidad que se había planteado, una parte de ella, la consciente, “sabía” que jamás sucedería; eran locuras y ella no permitiría que sucediera. Sin embargo, había otra parte, la inconsciente, la que a veces le llevaba a actuar de manera impredecible y muchas ocasiones había sido causa del malestar de Daniel, de ese silencioso reproche que consistía en abandonar el campo de batalla sin decir nada que a ella tanto molestaba, pero después, cuando la tempestad de sentimientos negativos cesaba y daba paso a la calma de los recuerdos agradables, la llevaba a albergar sentimientos ulteriores de culpabilidad. Era esa misma parte oculta la que le hizo saber, aún a disgusto suyo, que tarde o temprano aquello sucedería... y estaba sucediendo, sin embargo, esta ocasión no existiría ese posterior remordimiento, lo intuía. Por más que aquella conciencia suya que le había engañado, que por un momento había conseguido hacerle creer que jamás se dejaría seducir, ahora le ordenase flagelarse mentalmente por permitirse sentir y hacer sentir; era imposible reproche alguno.

No había pasado media hora, y aun cuando posteriormente su mente vagara en los recuerdos intentando encontrar algún momento en el que debió detenerse, no lo encontraría.

El inicio no fue lo suficientemente evidente como para atemorizarse. Las manos de Daniel ya antes habían rodeado su cintura, y las suyas propias ya se habían posado con anterioridad en la espalda masculina. Era algo natural al bailar. Era la segunda ocasión que, a hurtadillas, tomaban su improvisada clase de baile. Comenzó como un juego, entre risas y bromas. Él, con aire solemne y el brazo derecho por detrás de su cintura, extendió su mano izquierda; ella, con sobreactuada delicadeza depositó las yemas de los dedos de su mano derecha sobre la que se le ofrecía. Él hizo una reverencia antes de tomar con su mano libre su talle; ella, con estudiada coquetería, los ojos entrecerrados y esgrimiendo una sonrisa, lo tomó por el hombro y se abandonó al ritmo de la música. Se acabaron las formalidades y sus cuerpos se encontraron girando una y otra vez al compás que dictaban las tumbas y trompetas del disco de salsa.

--- o---

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó súbitamente Daniel. Entreabrió los ojos y contempló el rostro de Esmeralda, tan cercano al suyo, cuyos ojos se encontraban cerrados, los labios húmedos entreabiertos y el ceño ligeramente fruncido; pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. La escuchó gemir, o mejor dicho, la adivinó hacerlo, pues el sonido que salió por su boca fue apenas perceptible. ¿Fue un “sí” lo que dijo? Jamás se lo preguntaría. Sus manos, que habían estado recorriendo, por momentos suavemente y por momentos con ímpetu, la espalda femenina, su cintura, sus piernas, habían dejado de hacerlo, aunque no perdieron contacto con ella. En ese momento, Esmeralda abrió sus ojos aún con el ceño fruncido y los fijó en los de Daniel, suplicante, sedienta, mientras sus manos presionaban sobre la espalda desnuda y provocaban un contacto más estrecho aún, si fuera posible, entre ellos. Daniel miró los humedecidos labios y acercó, sin prisa, los suyos a ellos. La duda desapareció.

--- o---

Mentiría si dijera que nunca había pensado en la posibilidad de que eso sucediera. “Sería bonito”, pensó alguna ocasión, pero no estaba seguro de desearlo realmente, a excepción de una de esas extrañas ocasiones en las que todo pareció conjugarse para crear una atmósfera perfecta de complicidad entre Esmeralda y él, y hablaron de sexo y ella desnudó su alma, y ese desnudo lo excitó quizás más de lo que podría excitarlo su cuerpo sin ropas. “Ojalá algún día pueda hacer el amor contigo”, estuvo a punto de decirle, pero se contuvo. No creyó que fuera conveniente, porque no quería estropear ese momento tan perfecto, ni provocar que ella se molestara, ni que esa confianza recién y difícilmente ganada desapareciera sin dejar rastro.

Todo sucedió sin ser planeado. Ya antes habían bailado e, incluso, aquella ocasión, por ser la primera, podría haberse prestado más a una situación como ésta, pues no sabían lo que la cercanía de sus cuerpos podría provocar en ellos. Pero no sucedió nada que no fuera un extraordinario momento de compenetración, como amigos. Pero quizás ésa era la trampa; aquella ocasión estaban alertas. Esta ocasión estaban confiados, “sabían” que nada sucedería y, por tanto, tenían la guardia baja, por lo que cuando el certero golpe de la pasión les dio en el rostro, no tuvieron tiempo de reaccionar. Pero, ¿cómo podrían haberlo sabido? Esta ocasión no fue tan distinta, quizás lo único fue que esas vueltas vertiginosas de la salsa pronto acabaron para dar paso al sublime compás de una balada lenta. Sí, seguramente eso fue, pero podría ser también el excelente estado de ánimo que Esmeralda mantuvo durante todo el día y, la consiguiente complacencia de Daniel. Esa charla matutina, esas confesiones mutuas, esas dudas despejadas y tantas cosas compartidas. Se habían convertido en cómplices, y ésa es la mejor manera de llegar a ser uno solo. La formalidad regresó. Esmeralda arqueó sus cejas e irguió su porte mientras sostenía un imaginario vestido de holanes con su mano izquierda y con la derecha un también imaginario abanico. Daniel la reverenció: “¿Me concede esta pieza, hermosa dama?”, preguntó. “Desde luego, apuesto caballero”, contestó ella. Y el mundo dejó de existir.

Ya no era la biblioteca la improvisada pista de baile. Ya no había escritorios estorbosos ni puertas indiscretas que pudieran abrirse súbitamente; la presencia de los noveles bailarines en complicidad con la música era enmarcada por un hermoso salón tapizado en terciopelo. Los grandes ventanales permitían a la luna, vouyerista al fin, contemplar el idilio que había comenzado, y, a cambio, proporcionaba al ambiente un toque surrealista con su tenue luz iluminando, al centro del salón, la fuente cuyas aguas brotaban del orifico superior de dos delfines plateados que giraban al compás de la música.

“Oh, my love, my darling…”
cantaba la voz profunda.

Y se encontraron bailando… la mano de Daniel en la cintura de Esmeralda… la suya en el hombro de él. Las otras manos estaban juntas, entrelazaban sus dedos y el inicial e inofensivo toque se convirtió paulatinamente -involuntariamente, quizás-, en una delicada caricia, tan delicada, que ninguno de los dos sabía si para el otro aquello era más que un contacto natural, aunque sabían que para cada uno de ellos sí que lo era. La mirada de Esmeralda se encontraba fija en un punto indefinido, como absorta, sin atreverse a pensar, sólo a sentir; en cambio, la de Daniel se mantenía fija en ella… y, a pesar de su aparente ausencia, Esmeralda pareció percibirlo porque sonreía disimuladamente.

“... I’ve hungered for your touch, a long lonely time...”

La voz de Daniel, con tono grave, muy bajito, se unió a la melodía y penetró por el oído de Esmeralda, que estaba a escasos centímetros de su boca. Cerró los ojos. No podía verla, pero sabía que ella también había cerrado los suyos y sintió cómo su cabeza se recargaba en él; cómo le agradaba aquel gesto, era hermoso sentir a Esmeralda buscar su hombro para descansar su cabeza allí, o viceversa, sentir cómo ella, al tener la cabeza de Daniel sobre su hombro, inclinaba también la suya. Esta vez, mientras ella buscaba el abrigo de su cuerpo, deslizó delicadamente la mano que sostenía sus dedos hasta su hombro. La mano de Daniel permaneció un segundo en el aire, pero casi sin pensarlo, como consecuencia natural, la dirigió hasta la cintura de Esmeralda, con temor al principio, pero con mayor convicción después, hasta que los dedos de ambas manos se entrelazaron por detrás del cuerpo frágilmente estrechado.

“... and time goes by, so slowly and time can do so much...”

Ya no eran sólo las manos de Esmeralda, sino sus brazos completos los que estaban en contacto con los hombros de Daniel. Sus mejillas también estaban en íntimo contacto y, al fin cómplices, ambos mantenían sus ojos cerrados, tan cerrados como el cada vez menos frágil abrazo en el que se había convertido aquel baile, y que ahora ponía en contacto rincones de sus cuerpos que jamás se habían tocado.

Quizás éste fue el momento, pensaba Esmeralda, en el que pudo haber detenido todo. Era tan sencillo, ella era especialista en eso; algún comentario fuera de lugar, algún ademán, algún gesto de rechazo, era tan fácil… Pero, ¿en realidad lo era? ¡Claro!, era tan sencillo como suspender la respiración de tajo en la superficie luego de haber estado sumergida tres minutos bajo el agua; era tan fácil como dejar de ser mujer. Era tan fácil como… Pero aunque hubiera podido, ella sabía que no hubiera querido hacerlo.

“… are you, still mine?”

Algo estaba sucediendo. Era mucho más que el contacto de sus senos, cuyos indiscretos pezones erectos amenazaban con delatarla, contra el pecho de él. ¿Lo habrá notado? No importaba. La erección de sus pezones jamás podría ser tan notoria como lo era la del cálido miembro viril que, juguetón, coqueteaba con su muslo izquierdo, muy cerca de la ingle, y a cada compás, imitando su tantas veces criticada irreverencia, retaba su capacidad de dominio.

Algo estaba sucediendo, y era más que sus brazos rodeando completamente la cintura de Esmeralda. Era más que los brazos de ella rodeando sus hombros. Era más que su travieso miembro clamando por la libertad y la aceptación del contacto de la pierna, ligera, pero evidentemente flexionada, de Esmeralda. Cuando Daniel abrió sus ojos, se encontró con esa enigmática sonrisa dibujada en su rostro. Él sonrió también y besó su mejilla. Era eso, pero era también el ritmo de sus latidos del corazón bailando al mismo compás que los de Esmeralda.

“I need your love, I need your love...”

Ella sintió las manos de él soltarse a su espalda. Una de ellas continuó sujetándola suave, pero firmemente, por la cintura, mientras la otra comenzaba a ascender en un rítmico vaivén por su espalda. Pudo sentir, también, cómo sus piernas se entrelazaban a cada paso y cómo aquel prisionero, pugnando por salir, se erguía orgulloso al contacto con su pubis, húmedo ya.

Los ojos de Esmeralda se cerraron y, en cambio, sus labios se entreabrieron. ¿Sería una invitación? No lo sabía, pero si lo era, Daniel no se atrevió a tomarla, en cambio, depositó un cálido y tierno beso en su mejilla mientras con la mano liberada hacía poco asió su barbilla y dejó que sus dedos se deslizaran por el contorno de su rostro. Sintió la mano de Esmeralda ascender y comenzar a juguetear con su cabello.

“...God speed your love to me”

Daniel cerró sus ojos y se dedicó tan sólo a sentir. No necesitaba guía para saber que el rostro de Esmeralda se hallaba justo frente al suyo y que ahora tenía sus ojos abiertos fijos en él.

Esmeralda abrió sus ojos y miró, mientras revolvía el cabello de Daniel, que éste había cerrado los suyos. Lo contempló. En su rostro había paz, pero también un algo imposible de describir que la excitaba. Era maravillosa esa combinación de excitación y ternura; en un momento podría sentir deseo de abrazar y consolar a ese frágil hombre que tenía delante de ella, y al momento siguiente podía sentir un deseo irreprimible de desbordarse de lujuria y pasión. Lo mismo le sucedía a él.

“Lonely rivers flow to the sea, to the sea...”

Esmeralda cerró sus ojos y dejó de pensar. Todo sucedió tan rápido, pero tan lento. A pesar de que la voz de Daniel ya no acompañaba la música de fondo, ambos seguían hablando. Sus cuerpos se decían todo cuando fuera necesario.

“... to the waiting arms of the sea...”

Abrieron los ojos al mismo tiempo. Su respiración acompasada había logrado sincronizarse. Esmeralda mantenía fija su mirada en los ojos de Daniel. Los ojos de éste, en cambio, miraban con insistencia la brillante humedad de los labios deseados.

“Lonely rivers cry, wait for me, wait for me...”

Fue un solo instante. No volvieron a cerrar los ojos hasta que sus labios por fin encontraron la ansiada humedad de la boca ajena.

“... to the open arms, wait for me...”

--- o---

Todo sucedió tan deprisa; la luz interna se apagó, las manos de ella luchaban por aflojar su corbata, mientras los hábiles dedos de él habían conseguido desabotonar su falda. En un instante él se encontró con el torso desnudo; no era tan velludo como ella había imaginado, pero le agradó. Permaneció unos segundos contemplando aquello que desconocía de él. Si no hubiera estado absorta en la contemplación del pecho masculino, habría notado que su mirada también estaba fija en ella, en sus senos, que poco a poco emergían bajo la delgada tela de la blusa que, con delicadeza, Daniel desabrochaba y quedaban ocultos sólo parcialmente por el ingrato sostén blanco que los protegía.

“Abrázame”, pidió ella, y por fin, piel con piel, se sintieron uno solo. El calor de su cuerpo la envolvía, y sus labios buscaron ansiosos el escondite de la lengua juguetona con la que envolvió la suya.

La blusa de Esmeralda cayó. Afortunadamente, el estorboso escritorio había vuelto y ahora era el apoyo para esos dos cuerpos que, sin tregua, se exploraban. La falda sí cayó al suelo, lo mismo que el pantalón y la corbata.

La piel desnuda de la espalda recién liberada de los broches del sostén era recorrida en un vaivén interminable por las manos de Daniel; por su parte, las de Esmeralda no cesaban de estrujar, de apretar contra ella el palpitante cuerpo masculino, como si deseara fundirse en él de una vez. Sus muslos separados no ofrecían ya resistencia a la invasión y podía sentir perfectamente la dureza del miembro contra su vulva, confinada aún en la humedad de la prisión que ella misma había provocado. Apretó, entonces, las nalgas de Daniel, en un esfuerzo inútil porque el osado ariete enloquecido pudiera rasgar la tela que le impedía el paso a su interior.

Hubo un leve forcejeo; Esmeralda deseaba sentir sus sexos en estrecho contacto, sin embargo, Daniel se separó ligeramente de ella, ante su sorpresa, pero precisamente era eso lo que deseaba: sorprenderla. “Cierra los ojos”, le pidió. “Confía en mí”, insistió, ante su desconcertada pasividad. Esmeralda confió y cerró sus ojos. Sintió a Daniel sentarse a su lado y adivinó su mano izquierda acercarse a su rostro. El dorso de la mano recorrió su mejilla suavemente; un dedo primero, luego dos, se acercaron a sus labios y con ellos recorrió su contorno. Casi como un reflejo, Esmeralda humedeció sus labios con su lengua, pero el recorrido siguió. Ahora eran las yemas de los dedos las que se deslizaban por su piel… las mejillas… la barbilla… el cuello… el pecho…

Lo sintió levantarse, pero no abrió los ojos. Los dedos se detuvieron un segundo antes de hacer contacto con sus senos, justo en el nacimiento del profundo valle entre ellos. Se estremeció, y nuevamente presintió, más que sintió, la cercanía de… su boca. Sí, era su rostro el que avanzaba y estaba a… ¿cuánto? ¿Diez centímetros?, ¿cinco? Lo supo cuando sintió sobre su pecho izquierdo una calidez extraordinaria; era el pincel de un artista que dibujaba formas caprichosas sobre él, dejando una húmeda estela a su paso; era el pincel de su lengua que acariciaba su pecho. Pero era sólo el contorno, la parte superior, lo mismo que la inferior, pero no el centro, en el que el ansioso pezón reclamaba la atención de Daniel irguiéndose al máximo.

Los dedos continuaron su camino, pero no se atrevieron a atravesar por el valle, sino que lo rodearon. Ahora el pulgar era partícipe también; mientras el suave pincel dibujaba el camino a la gloria, éste describía una espiral que comenzaba en la unión de ambos senos y tenía su destino en… Pero no llegó hasta allí. Se desvió, abrió el paso a la lengua que, curiosa, decidió investigar hacia dónde se dirigía su compañero. Y hacia allá fue. Hacia abajo… hacia abajo…

Ningún aroma podría compararse con el que brotaba de su excitación. Los rosados labios, ligeramente separados, ocultaban celosamente, como un tesoro, el más preciado de todos, la fuente de aquel maravilloso aroma. Los muslos separados eran una invitación. Daniel también cerró los ojos, no necesitaba ver, aunque la visión era maravillosa, le bastaba el instinto, como los pequeños cachorros que, aun sin visión, pueden encontrar fácilmente el lugar del que mana la fuente de la vida. Sus labios se acercaron; el aroma se hizo más intenso, embriagador. Pudo sentir el escaso vello púbico cosquilleando en su nariz.

Su lengua se hundió en lo más profundo de aquella mágica gruta de placer; los labios se separaron, dejando al descubierto el preciado tesoro, el clítoris, el único órgano del cuerpo humano que no tiene más finalidad que la de proporcionar placer, ése era su destino y para eso estaba allí. Esmeralda volvió a estremecerse y no pudo reprimir un gemido cuando sintió aquel pincel que había estado recorriendo sus zonas más sensibles hacer contacto con su clítoris. Lo sintió moverse en círculos alrededor de él… muy lento al principio… más rápido… más lento… El movimiento cambió de ida y vuelta, como el aleteo de un colibrí, rozando apenas aquella fuente de placer… y se perdió… no supo cuánto tiempo pasó, pero allí llegó su primer orgasmo, el cual, coincidentemente, finalizó justo cuando sintió a Daniel incorporarse.


“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse justo en el momento en que el ardiente miembro de Daniel traspasaba la frontera de su sexo.

SábJul04

No sé si a todo el mundo le suceda o, de ser así, si pase con la misma frecuencia con que me ocurre a mí. Aunque, a decir verdad, esa frecuencia ha ido disminuyendo con los años. Me refiero a ese repentino deseo de volver el tiempo atrás, hace cinco, diez o veinte años, cuando lo fascinante de la vida era justo eso: vivir. Mirar hacia el pasado y darse cuenta de las cosas que se fueron, sin aprovecharlas, quizás, con justicia. Mirar hacia atrás y pensar lo que debió haberse hecho en ese tiempo en determinados episodios, no porque ahora se sea más maduro, eso debería ser obvio, como para saber exactamente cuáles debieron ser los movimientos de las piezas en el tablero de ajedrez para salir triunfante en la contienda y no haber sido puesto en jaque sin apenas haberse movido, sino porque ahora, quizás (y digo “quizás” porque tampoco estoy seguro de eso) se aprecie en toda su magnitud lo que fueron esos momentos, de una manera que la inocencia, la inexperiencia o la ignorancia de lo que cinco, diez y hasta veinte años después esos momentos significarían, impidieron hacerlo.

¿Te ha pasado a ti? Es algo no premeditado. Un recuerdo que sabes que has llevado cargando porque en un momento que no esperabas salió, pero que los años previos estuvo oculto por tus problemas económicos, por tus tareas escolares, por tus aficiones, por tus múltiples romances y por mil cosas más. Pero un buen (o mal) día, ¡Pum!, aparece. No siempre hay una buena explicación para ello, de hecho, las más de las veces ni siquiera hay una explicación. Y al decir que no hay una explicación aparentemente lógica me refiero a que no siempre el anhelo producido por el recuerdo tiene su origen en algo tan trascendental en la vida que resulte natural evocarlo. El día de tu boda, por ejemplo, es algo memorable. La luna de miel. Bueno, eso supongo, porque nunca he estado en esa situación. Pero sí he estado en la de “la primera vez” e imagino que debe ser algo parecido. Tu primer empleo, tu ingreso a la universidad… tu primera novia. Entiendo que ésas sean cosas memorables, aunque también intuyo que, luego que han pasado, muy rara vez se pensará en ellas, a menos, claro, que hayan sido lo mejor que te ha sucedido (cada cual en su rubro). Pero me pregunto si, aun así, las anhelarías un buen (o mal) día por algún azar del destino. Quizás al quedarte sin empleo extrañarías aquél; quizás al perder contacto con tus antiguos compañeros extrañes tus días de estudiante, pero también es probable que ahora tengas en tu vida cosas que llenen el vacío de manera que no necesites de lo que ya se ha ido. No sé si es correcto llamarle necesidad, pero sí sé que el deseo es, a veces, muy profundo.

Hace más de diez años de aquello. No sé qué fue lo que me hizo recordarla por segunda ocasión en todo ese tiempo con esta intensidad. Acaso fue una canción… acaso mirar desde lejos su calle… acaso una de esas ocasiones en las que te sientes parte de un sueño y de pronto te encuentras pensando “esto ya lo había yo vivido” y descubrir que eso que había vivido lo había vivido con ella. No. Debió ser algo más, porque he pasado miles de veces por lugares que visitamos juntos y he escuchado miles de veces canciones que podrían hacerme evocarla, sin embargo, para ser honestos, al asociar circunstancias y lugares con una persona, no es con ella con la que se hace el anclaje. El lugar donde nos conocimos fue, años más tarde, el lugar en el que se desarrolló la más maravillosa historia de amor de mi vida, con mi primera novia (que no fue ella) y, como puede resultar natural imaginar, ese espacio ha sufrido grandes bombardeos de recuerdos inspirados en mi primer amor. Canciones… hay muchas. Mi vida es una canción. Siempre hay una que me hace suspirar, llorar, reír, pensar… en cualquier cosa, y ella no había estado allí sino hasta hace poco y no fue con motivo de alguna canción. Porque tres años de entre más de diez es poco, ¿verdad? Tres años, más o menos, ha de la primera vez que la evoqué con esta intensidad; menos de veinticuatro horas tiene la segunda.

Ya había yo pasado muchas veces por allí y, claro, la he recordado al ver su calle, pero mi pensamiento no había quedado ocupado con su presencia como ayer y como hace tres años. La vista de esa calle, casi siempre realizada a bordo de un autobús que de regreso a casa me lleva por ese rumbo, sólo significaba saber que tiempo atrás vivía (no sé si aún lo haga, pero supongo que no) casi al fondo una persona a quien conozco… y eso de vez en cuando. Ni siquiera representaba intentar distinguir a lo lejos la única casa de dos pisos (que a ella parecía enorgullecerle) de esa calle. Quizás en estos días ya no sea la única. Y entre esos tres años y hoy (bueno, ayer) esa visión ya no había vuelto a representar algo más. Ayer mi mente voló y aún no consigue aterrizar, de modo que intentaré hacerla volver a tierra plasmando la historia aquí. Aunque, en realidad, no es tanto como una historia. Tiene un principio, sí, y un desarrollo de escenas que mi cerebro se esforzará por poner en orden, aunque dudo mucho que pueda conseguirlo del todo. Es increíble cómo se va desgastando el cerebro con el paso de los años. Y no es que sea yo muy viejo (eso creo), pero he de reconocer que esa excelente memoria de la que solía jactarme y me permitía recordar, años después de los acontecimientos, la fecha exacta en la que éstos habían tenido lugar e, incluso en un alarde de retentiva, la vestimenta utilizada por los protagonistas y la frase exacta empleada en algunos diálogos, es ahora menos que una burla de aquello. Mi corazón, en cambio, sigue recordando el estremecimiento que hace años sintió con una gran nitidez. Por eso me parece aún más extraño el recuerdo, porque la mala memoria más los acontecimientos-no-trascendentes-en-la-vida-de-uno no me parece que sea la fórmula perfecta para mover tantas fibras internas. Pero diré, en mi favor, que es un poco como los registros estadísticos de los comentaristas deportivos del canal de las estrellas, al contabilizar los partidos que cierto equipo lleva sin perder; una vez que se rompe la racha de juegos efectivos sin conocer la derrota, comienza la estadística de los partidos sin perder como local (o como visitante, según el lugar donde se haya dado la derrota); cuando esta racha vuelve a romperse, comienzan a contabilizarse los partidos que no se han perdido como local dentro del torneo regular (o en liguilla, según las circunstancias de la derrota); después los partidos como local en el torneo regular contra equipos capitalinos; contra equipos capitalinos cuyo nombre no empieza con C, en fin de semana, a las cinco de la tarde, etc.

Irma (¿te había dicho que se llama Irma? Oh, disculpa) no fue mi primera novia (de hecho, nunca fuimos novios). Tampoco fue mi primer amor, ni mi primera decepción, ni mi primer beso (¿cómo es que nunca la besé? Eso, por sí solo, bastaría para desear regresar el tiempo, ¿no?). A pesar de eso, y para no entrar en detalles de variables estúpidas sólo para incrementar los números y justificar su inclusión en la estadística, fue mi primera mujer (aunque jamás fue mía; ya te explicaré).

Empezó, como comentaba, hace poco más de diez años. No estoy seguro de la fecha, probablemente porque en ese momento no sabía que sería mi primera mujer y, para ser honestos, cuando aquello terminó, dos o tres años después, no fue en circunstancias que me hicieran pensar en ella días después. De lo contrario, creo que lo recordaría (probablemente lo hice en algún momento, no lo sé), tal como recuerdo ese 3 de agosto de 1994 en el que conocí a mi primera novia. Tampoco estoy seguro del orden de los acontecimientos pero hay dos imágenes, no tan claras como yo quisiera, pero sí lo suficiente para poder decir, sin temor a engañarte ni engañarme, que fueron ciertas.

Yo era vacunador del Seguro Social y tenía ya algunas campañas de experiencia. Eso, aunado al disfraz de vacunador que utilizaba, me hacía sentir más seguro (menos inseguro, permíteme corregir) en mi interacción con las personas. Mi autoestima, hasta ese punto, había sido bastante frágil, aunque constante: siempre de regular hacia abajo. El viejo disfraz era una excelente muleta de la que me auxiliaba en esos tiempos. Al hablar con las mamás de los niños que iban a ser vacunados y darles indicaciones era como si no fuera yo quien lo hiciera, de manera que llegaba a proyectar algún tipo de seguridad… a primera vista. Con el paso de los días, la gente podía darse cuenta que esa aparente seguridad estaba basada en algo ficticio.

No es nada difícil recordar el atuendo de ese día preciso: era blanco, como el de todos los vacunadores, con la salvedad que la mayoría de hombres utilizaba pantalón de color (normalmente de mezclilla) y yo iba de blanco del cuello a los pies, incluyendo los zapatos (ser hijo de una enfermera tiene sus ventajas). Irma no vestía de vacunadora, sino de enfermera. Ella era una verdadera enfermera, a diferencia de muchas de las personas que estábamos allí. La vi con su atuendo de enfermera. No estoy seguro si llevaba un suéter, aunque es fácil imaginar que sí, porque la imagen que mejor guardo de ella incluye uno de color blanco, muy ceñido a su esbelta y graciosa figura. Por alguna extraña razón, imaginé que era casada. Quizás porque es más fácil imaginar que una persona que te parece inaccesible en realidad lo es. A pesar de eso, y no es que la estuviera acosando visualmente, cuando descubrí que me secundaba en un estado que era normal en mí (es decir solitario), no titubeé demasiado para acercarme a ella (porque llevaba mi uniforme de vacunador). ¿Qué fue lo que le dije? No lo recuerdo. Imagino que la saludé y nos presentamos (creo que eso tiene que ser obvio, ¿verdad?). Lo que sí recuerdo es que me gustó mucho físicamente (eso lo descubrí aun antes de tenerla tan cerca, y tenerla tan cerca fue consecuencia de ello). Pero más me gustó que, contra todo pronóstico, se mostrara amigable. ¿Por qué digo “contra todo pronóstico?”. Porque eso era lo natural. Es como saber que las cosas son demasiado buenas como para que te sucedan a ti. Como intentar entrar a una disco con una identificación falsa sabiendo que te van a descubrir (y actuando así). Más adelante me comprenderás mejor.

En la planta baja del hospital hay un enorme macetero, casi al centro, alrededor del cual había (porque ya no hay) algunas de esas sillas que están unidas por una barra horizontal típicas de los hospitales (en grupos de tres, en el caso de éstas), eran de color azul y ella estaba sentada en una de ellas. El enjambre de vacunadores había ya formado pequeños grupos en panales diferentes. Creo que sólo ella y yo estábamos solos (miento, sé muy bien que había otra persona que también lo estaba, pero no resulta tan romántico que haya sido así). Me acerqué a sus tres sillas unidas por una barra horizontal de color azul (las sillas, no la barra) y me senté junto a ella. Charlamos un poco antes de que cada grupo de vacunadores tuviera que salir a hacer su recorrido. No recuerdo la charla, aunque sí que en ella me enteré que no era casada. Pero hubo algo muy curioso que tengo muy presente. Ignoro a qué obedecía el hecho de que ella estuviera apartada de su grupo de amigas (a quienes conocía desde antes de entrar en la campaña. Ah, porque ella era “novata”, por lo menos en ese hospital, y la gente que le hablaba era porque la conocía desde antes… excepto yo, naturalmente), que se encontraba a la vuelta del macetero. En un momento, una de ellas se asomó para decirle algo, quizás habiendo caído en la cuenta que una abeja del panal estaba ausente y temía que estuviera haciendo cosas malas, como entablar amistad con abejorros indeseables; me vio con ella y no dijo nada… en ese momento, porque cuando volvió a su lugar, escuché que dijo al resto del grupo esta frase: “ya está con él”. Mi cara, roja de vergüenza, se esforzó por aparentar naturalidad y no sé si lo consiguió, pero, si no fue así, ella decidió fingir lo contrario.

La segunda imagen es más vaga aún. Es simplemente el hecho de estar sentado a su lado, junto con otras dos personas: Teresa y Minerva, que no eran del grupo de amigas original de ella, sino que les había tocado estar en el mismo grupo de vacunadoras. Ellas fueron quienes me invitaron a sentarme a su lado, hecho insólito en ese entonces (que no sólo una, sino tres mujeres me invitaran a formar parte de su charla), aunque, por otra extraña razón, no creo haber valorado en toda su magnitud. Teresa era la mayor del grupo y era casada; Minerva era la menor y tenía un hijo casi recién nacido. Irma, a pesar de ser la de en medio, me llevaba alrededor de cuatro o cinco años de edad (lo cual tampoco justifica el hecho de que pensara que era casada). Recuerdo que reíamos mucho. (Suspiro)… un grupo de amigas… Fue sensacional. Mi primer grupo de amigas… fugaz, pero, ¿ves cómo sí fue la primera en algo? Pero lo fue en mucho más. Quizás hasta este punto sólo hayan pasado unas cuantas horas desde que decidí atreverme a conocerla, pero también es posible que hayan sido días, no estoy seguro y es que, ahora, cuando trato de recrear nuestra relación en esos, ¿qué serán?, ¿quince días?, cada uno de ocho horas, no consigo hacerlo, más que en breves flashazos. En uno de ellos, Irma y yo nos encontramos sentados, solos, fuera del cuarto en el que se guardaba todo el material para la vacunación (termos, tablas para escribir, jeringas, etc.) platicando sobre casas embrujadas. Fue una charla muy linda, además de ser la única que recuerdo con ella en el hospital. En realidad, creo que mi cerebro estaba demasiado ocupado sintiendo cosas a su lado como para permitirse pensar en algo qué decir. Cuánto lamento eso ahora.

Pero, ¿cómo fue que empecé a interesarme en ella?

No sé si haga falta explicarlo, pero, por si acaso, te diré que fue casi instantáneo. Existía en ese entonces una relación estrecha entre la atención recibida de parte de alguien y mi propio interés, en especial, si dicho interés ya existía (por mínimo y superficial que fuera) hacia esa persona. Dicho de otro modo: me gustó + no me rechazó = amor. ¿Absurdo? Sigue leyendo.

¿Has escuchado aquello de que es mejor arrepentirse de las cosas que has hecho que lamentar lo que dejaste de hacer? Yo también, sólo que demasiado tarde.

Hay otra imagen. Se acercaban las fiestas de diciembre (pero te juro que eso no tiene que ver en absoluto con el hecho de estar escribiendo justamente en este mes; de hecho, apenas ahora que lo rememoro, por las circunstancias, es que caigo en la cuenta de ello; no es que lo ignorara, pero no lo tenía presente al comenzar a escribir) y caminábamos hacia una Comercial Mexicana en la que había un anexo de puros juguetes (nos dirigíamos allí para verlos). Íbamos los cuatro, Irma y yo adelante; Tere y Minerva detrás de nosotros, cuchicheando algo entre ellas. Creo que no lo había prometido, pero hagamos de cuenta que lo hice: aquí está esa primera vez que tanto esperabas. En algún momento, Tere y Minerva algo nos dijeron con motivo de nuestro alejamiento (ellas se habían quedado rezagadas), pero la verdad es que ambas habían dejado de existir muchos pasos atrás, cuando, al cruzar la calle, Irma tomó mi brazo para andar… y no lo soltó. ¿Dije “tomó mi brazo”? En realidad, prácticamente se abrazó a él, pues lo hizo con ambas manos, lo que situó nuestros cuerpos deliciosamente juntos. Caminamos así… como novios, pensé yo, aunque con el paso del tiempo he descubierto que ese gesto no significa para la mayoría de las personas lo que significaba para mí en ese tiempo (y continúa haciéndolo, aunque ahora tengo la precaución de no interpretarlo de esa manera). Era su contacto, pero más allá de eso, su presencia, que en ese momento era mía, como mío era el infinito placer de sentir en estrecho contacto, producto de nuestro andar, con mi brazo izquierdo su seno derecho, pequeño, enfundado en ese suéter blanco revelador de su figura. No sé qué la movía a hacer aquello, no sé si sus sensaciones iban a la par de las mías… pero yo estaba feliz. Alguna ocasión, por motivos oscuros de ésos que surgen cuando te han roto el corazón (mucho tiempo después) escribí, y me cito, letra por letra: “yo no tengo la culpa de que lo que para ti no significa nada, para mí sea la vida”. No estoy seguro, pero quizás para ella aquello no significara nada; para mí… ya lo sabes. El camino, en este caso, fue más importante que el destino.

Llegó el fin de la campaña de vacunación. Era viernes por la tarde, la última jornada laboral y nos esperaba una fiesta que se había organizado en casa de un vacunador.

Antes de continuar, déjame tratar de plantearte un panorama lo más completo posible de los hechos. Hay una caricatura de Walt Disney sobre el patito feo (espero que la hayas visto) en la que, luego de muchos fracasos (y los consabidos maltratos) por su aspecto diferente, el patito encuentra unos pequeños cisnes (como él, sólo que hace tanto que no se atreve a mirarse reflejado en el agua, que no ha notado la similitud que tiene con ellos) y los ve hermosos. Comienza a jugar con ellos y, cuando se encuentra en el punto máximo de felicidad, se acerca la mamá cisne por sus pequeños. Al verla, el pequeño patito encoge su cabeza, se da la vuelta y comienza a alejarse despacio ante el inminente maltrato que la experiencia le ha dicho que le espera por cometer semejante osadía. Uno de los pequeños cisnes (o todos, no recuerdo) va por él y lo lleva con la madre, que, como todos sabemos, finalmente lo adopta y… colorín colorado. Esa escena me hizo llorar tiempo después, pero lo importante del caso es que yo era un poco como el patito, y quizás tú también lo has sido alguna ocasión: dejas que las cosas pasen, no te atreves a esperar más de una situación porque temes que algo que tú hagas acabe con todo; por eso, cuando esto sucede, te parece lo más normal y, como el patito, lo único que se te ocurre hacer es agachar la cabeza, dar la vuelta y alejarte… con el alma destrozada, desde luego.

Pero bueno, no nos adelantemos.

El patito andaba por allí en su última jornada como vacunador de esa campaña, disfrutando de la compañía de su hermoso cisne cuando se acercó la mamá cisne (Lupita, la amiga que el primer día dijo “ya está con él”) para preguntarle si ya se iban a la fiesta (Irma y ella). El patito encogió la cabeza… pero no le dio tiempo de dar la vuelta y marcharse, porque el bello cisne se encargó de hacerlo levantarla de nuevo al responder a mamá cisne: “yo me voy a ir con él”… y hacerlo.

¿Por qué estoy recordando esto, Dios?

Por más que fustigo a mi mente, no accede a darme los detalles de la fiesta. Incluso, si es que lo conserva, se guarda muy bien el recuerdo de alguna charla o algún acontecimiento importante durante ella. El patito no bailaba. Irma sólo bailó una pieza con otra mujer (quizás con mamá cisne). Estábamos acompañados por una mujer a quien apodaban “la Duquesa”, porque siempre utilizaba, para completar su atuendo áureo de vacunadora sobre su escuálida figura, unos guantes blancos y unos ridículos lentes oscuros. Cuando terminó la fiesta (bueno, cuando terminó para nosotros; imagino que la fiesta continuó), salimos los tres. La casa estaba en las faldas de un cerro (pavimentado) y tuvimos que bajar caminando. Al andar, de pronto y para sorpresa mía (demasiado bella, por cierto), sucedió otra primera vez: el brazo de Irma se enredó a mi cintura. (¡Dios!) Yo era un poco más alto que ella y mi brazo, guiado por mi indecisa mente, la rodeó por los hombros. Así caminamos hasta la avenida. En ese momento el patito era simplemente el más hermoso y feliz cisne del mundo.

Patito, patito, color de café… ¿por qué eras tan…? Por wey, yo lo sé.

¿Qué es lo que hace a alguien pensar que no merece las cosas buenas que le suceden? Más aún, ¿qué hace a alguien pensar que las cosas que están sucediendo no significan lo que él desea que signifiquen?

No sé si algo hubiera cambiado si hubiera obrado de manera diferente esa noche… y temo que jamás lo sabré, pero…

Llegó el microbús que debía tomar Irma para ir a su casa; ella subió y yo ¿subí detrás de ella…? No. La dejé ir. La miré abordarlo, luego de despedirme de ella tibiamente, y el microbús se alejó, llevándose mi adorada mujer cisne y mi corazón con ella. Yo me fui con la Duquesa, pues íbamos por el mismo rumbo. Pensé que sería demasiado atrevido pedirle a Irma que me dejara acompañarla a su casa (aunque lo deseaba con el alma; ¿por qué no me lo pidió ella?), pues podría imaginar que yo pretendía algo sucio y perverso. No podía haber sido de otro modo, era mi idiota congoja mientras, a bordo del microbús, debía fingir que prestaba atención a las palabras de la Duquesa; tampoco quería que ella supiera lo que yo sentía por Irma (como si no fuera ya del dominio público).

Mi tonto consuelo fue llamarla el fin de semana por teléfono, para cosas triviales, ya sabes, porque el alma de pato no concebía que un cisne quisiera verlo fuera de la jornada de trabajo. Sí, créelo, a pesar de ése “me voy a ir con él” y alguna que otra señal que debió haberme hecho saber que tenía por lo menos el derecho de creer que a ella le agradaba mi compañía.

La llamada fue muy corta y fría.

Nos vimos tres o cuatro días después, porque fuimos a cobrar por nuestros servicios como vacunadores. Me arreglé lo mejor que pude (ya sin atuendo blanco) y la esperé en el hospital. Me pegué como sanguijuela a ella en cuanto llegó, pero… todo había cambiado. No es que fuera así desde el principio. Al llegar ella, me pareció que seguíamos siendo los mismos (aun sin brazos estrujando el cuerpo del otro), pero muy pronto su actitud me desconcertó. Esa intimidad que llegó a existir había desaparecido. Me pareció como si estuviera evadiéndome. ¿Por qué? No lo sé. ¿Tendría que ver con el hecho de haberla dejado ir sola? Pero los patos no preguntan, sólo asumen.

Habíamos acordado ir a comer a casa de Teresa al salir del hospital, sólo que algún otro compromiso hizo que ella no pudiera ir. Pero antes de irse, debía ir al banco, así que me ofrecí a acompañarla (vaya audacia). El camino se hizo largo… pero se hizo corto; largo porque íbamos en silencio, incómodo de verdad, como si ambos hubiéramos hecho algo malo y ninguno quisiera ser el primero en confesarlo al otro; corto porque faltó tiempo para que alguno de los dos se atreviera a decir algo que esclareciera un poco el panorama. Es muy duro cuando las cosas se estropean, pero es peor cuando no sabes si se han estropeado, pero lo supones, y no te atreves a averiguarlo. Sé que mis problemas probablemente te parezcan la cosa más absurda que puede atormentar a alguien (es tan sencillo preguntar), pero, créelo, porque es así. En mi caso no era una opción, y no quisiera que lo interpretaras a la ligera, cuando digo que no era una opción, es porque realmente no lo era, no existía, no había lugar en mi cabeza para eso. Quizás te quede más claro si te digo que yo no sabía que podía haber preguntado.

No volvió a abrazarme ni a tomar mi brazo.

No volvimos a hablar de casas embrujadas.

Dejamos de ser el uno para el otro lo que éramos: yo para ella, el vacunador por quien se siente la suficiente simpatía como para tomarlo del brazo al caminar (ya no digamos tomarlo por la cintura); ella para mí, la mujer que llenaba de alegría pura y cristalina el vacío cántaro de mi corazón.

¿Qué fue lo que pasó?

Pero fue algo natural, ¿no? Era el patito feo, así que no me extrañó. Aunque… vaya que dolió. No lo vi como algo pasajero (acaso un mal día de ella o un accidente en la relación -¿cuál relación?), sino como el fin de aquello que tanto bien me había hecho.

No me consoló demasiado, a mi regreso al hospital, solo, sin cisne, rumiar mi desgracia con Teresa y que ella coincidiera en que Irma se había portado muy mal conmigo ese día. Ah, pero por lo menos mi apreciación era correcta; el pato tenía razón, las cosas ya habían valido…

No recuerdo el momento, la secuencia, los hechos concretos, pero yo seguía necesitando las muletas. No hubo una llamada telefónica a su casa por parte mía (desde luego, tampoco la hubo por parte de ella), pero la Duquesa-muleta apareció en el camino. Habíamos quedado también de ir a comer los tres algún día. Ahora que lo pienso, quizás lo hicimos durante esa caminata de la casa fiestera hacia la avenida (ah, dulce caminata). El caso es que un día (el acordado, obviamente) me encontraba yo sentado fuera del hospital esperando la llegada de la musa que inspiraba tantos suspiros y sentimientos. En su lugar llegó la escuálida figura de la Duquesa, pero Irma no debía tardar. Pasaron diez, quince, veinte minutos, nada que un buen pato no pueda soportar; pasó media hora… y pasaron también las esperanzas. Duquesa y caballero enamorado se dirigieron a la recóndita morada de dos pisos de la hermosa dama cautiva. Ella no estaba. Nos lo dijo la hermanastra envidiosa que, seguramente la tenía oculta en el sótano, celosa de su belleza y de las atenciones que para con ella tenía el príncipe pato. Luego de intentar hacer tiempo preguntando si tardaría en llegar (y recibir un “no sé” por respuesta), debimos irnos. Ella no estaba. ¿Por qué me extrañaba? Yo sabía que ella no iba a estar. ¿No era lo natural? Comimos solos la Duquesa y yo. Y el tiempo corrió muy lento.

Hasta aquí todo tiene un aparente orden, ¿no? Después de esto, las cosas se suceden en mi mente sin una cronología determinada y sólo tras un gran esfuerzo mental (que no planeo hacer, por favor, no me lo pidas) logro hilar un poco.

Seguramente lo que sucedió a continuación fue el curioso episodio del regalo de Navidad (por momentos pensé que se trataba de un regalo de cumpleaños, pero ahora creo estar seguro de que fue de Navidad). En su colonia, no muy lejos de su casa, se ponía un tianguis (no sé por qué tengo la impresión de que era los martes, pero no hagas caso de esta infundada intuición; si vas allí y no lo encuentras, me sentiré culpable). Fui, sabedor de algo, y le compré un muñeco de peluche. No recuerdo si era un conejo o un perro (quizás un gato, un elefante o un chango), pero me lo dieron en una bolsa de plástico color azul. Iba yo caminando rumbo a su casa, aún sin salir del tianguis, cuando fui impunemente asaltado. Un perro cuyo pellejo, de no ser por las costillas, habría envuelto sus vísceras, pasó junto a mí y con el hocico me arrebató mi preciado regalo para Irma, creyendo que se trataba de algo comestible. Por fortuna, no se alejó mucho (de cualquier manera, corrí tras él) y, cuando se dio cuenta del espejismo en el que el hambre le había hecho creer, con cierto desdén abandonó el paquete. Fui al rescate y huí, más que por temor de que algún otro perro intentara emular la hazaña de su compañero, por vergüenza de la gente que había visto el episodio. Desde luego, llevaba el paquete abrazado, como si de un tesoro se tratara.

Como no tenía dinero para comprar una envoltura decente (ni la intención de envolverlo; nunca lo he hecho), sin hacer escala alguna, llegué a la casa de Irma (la única de dos pisos en esa calle). Toqué el timbre y alguien se asomó (no recuerdo quién), pregunté por ella y, tal como yo lo sabía, no estaba, así que dejé el regalo con la persona que me atendió. No recuerdo qué escribí ni en dónde (quizás fue en una tarjeta que compré para ella; quizás en un papel) pero lo que sí recuerdo es que no puse mi nombre. Algún sentimiento profano a mi personalidad patesca me hizo creer (no pensar, sino estar totalmente convencido) que ella sabría quién se lo había enviado. Por eso, por la tarde, cuando sonó mi teléfono, al levantar el auricular yo sabía cuál era la voz que iba a escuchar al otro lado de la línea. Me dio las gracias por el regalo (por fortuna el perro no había producido mucha saliva, de otro modo, hubiera dado un look extraño al peluche, y la bolsa no quedó marcada por sus colmillos) y algo charlamos, de manera amigable. No recuerdo la charla, pero sí que al colgar volví a sonreír por causa suya después de mucho tiempo (dos días o dos semanas, ¿qué más da?).

Recuerdo que después de eso nos vimos algunas ocasiones. Una de ellas ocurrió luego que recibí una llamada por parte suya y una invitación para ir a comer (imagino, y casi tengo la certeza, de que el pretexto fue aquella comida con la Duquesa a la que no asistió). Sé que en esas fechas la herida ya había sanado un poco, de modo que cualquier intento por calcular el tiempo que había pasado sería infructuoso. Lo único que tengo claro al respecto es que no fue tan pronto como el salto de línea entre el párrafo anterior y éste. No es que yo estuviera interesado en alguien más, ni que ella no lo estuviera, pero fue una comida de amigos, que no despejó ninguna de las múltiples dudas que yo tenía (ya no tenía intención de despejarlas en ese momento) y tampoco echó de nuevo mis sentimientos a volar.

Hubo otras ocasiones en las que platicamos en su casa. Ella me habló alguna ocasión de problemas que tenía con su novio. Recuerdo que el hecho no dolió tanto como imagino que se supondría (me refiero a que tuviera novio, no a que tuvieran problemas). Bueno, ya después yo tendría ocasión de contarle otros tantos desaguisados que tenía yo con mi novia. Recuerdo también que le aconsejé escribirle una carta (ahora no recuerdo exactamente cuál era el problema, además, no sería decente por parte mía contártelo si lo recordara) en la que expresara todo eso que me estaba diciendo (y, pensándolo bien, es muy probable que el problema que tenía no fuera con su novio, sino con su exnovio –que era el mismo, sólo que en diferentes circunstancias). Tiempo después, quizás por teléfono, me dijo que mi consejo había dado muy buenos resultados (¡¡No es posible; hice que se reconciliaran!!).

A pesar que no nos frecuentamos mucho, nos convertimos en amigos, aunque nunca dejó de gustarme, en especial cuando sus pestañas llevaban aquel tono azul oscuro que, a contraluz, la hacían lucir realmente hermosa, enmarcando sus ojos pequeños. Recuerdo otra campaña a la que asistió. Tengo duda sobre si sólo fue a la capacitación y finalmente no entró (si algo me hace suponer esto, imagino que algo hay de cierto). Esa ocasión, mientras caminábamos de su casa al hospital para la capacitación, me contó sobre su infructuoso intento por entrar a trabajar al ISSSTE, no por falta de conocimientos, sino porque su perfil (sustentado en pruebas psicométricas) no se adecuaba a lo que ellos necesitaban. Ella era “líder”, según los resultados que arrojaron dichas pruebas (y seguramente lo que menos requería el ISSSTE era alguien capaz de organizar una revuelta).

Para estas fechas ya tenía conocimiento de que a su amiga Lupita (la mamá cisne) yo le resultaba atractivo (aunque ella era casada). Un amigo de la campaña de vacunación llamado Daniel se encargó de decírmelo. Incluso, una ocasión fuimos a verla a su lugar de trabajo y estuvimos platicando (bueno, platicaron ellos; yo sólo asentía e improvisaba algún monosílabo). En esa charla, un poco en broma, me dijo que había un muchacho en la campaña que se parecía a mí (eso me lo habían comentado algunas otras personas) y ella a veces ya no sabía “cuál de los dos era el que le gustaba”. Daniel también se encargó de decirme que Irma y Lupita tuvieron problemas por causa mía, una especie de pelea de intereses (¡vaya con el pato galán!), lo cual Irma después se encargó de desmentir (desmentir es un decir, porque ella negó cosas que yo sabía que eran ciertas, como el hecho de que yo le gustaba a Lupita). La versión “oficial” del cambio de actitud de Irma (que ella también desmintió después, cuando por fin me atreví a preguntar, en un momento en el que realmente ya no sentía el interés que… que ahora siento) me fue dada también por Daniel: Lupita le dijo que tuviera cuidado conmigo porque sólo quería utilizarla. ¡Claro que deseaba utilizarla! Necesitaba urgentemente un producto a prueba de tempestades que cada vez que fuera necesario (es decir, todo momento) me llenara de amor y para ello sólo requiriera un excelente cuidado y tiempo para estar con ella. Una máquina de uso rudo, ¿no?

Dos ocasiones, con motivo de Semana Santa, Irma me invitó a la representación de la Pasión en su parroquia (ella era María Magdalena) pero nunca fui a verla. Ahora me arrepiento mucho de eso.

Recuerdo que cuando yo ya no estaba interesado en Irma, porque había llegado a mi vida el amor (correspondido), recibí llamadas de ella. Nos vimos alguna ocasión y charlamos sobre mi novia (diez años mayor que yo; quizás ella pensó que había establecido el récord con esos cuatro o cinco años y eso no le gustó, porque, de manera sutil, me aconsejaba que la dejara. Pero no te creas, también creo que había nobleza en sus consejos).

Es lamentable no poder estableces una línea de tiempo y decir cuál fue la secuencia exacta de los acontecimientos. Creo que la parte rescatable de esta falta de continuidad en la historia puede ser el hecho de que casi está bien definido el inicio y el fin de aquello.

Puedo recordar muy vívidamente la última vez que fui a su casa: ella me dejó un rato solo en la sala con mi vaso de refresco mientras subía a… ¿arreglarse? Yo, allí sentado, miraba los cuadros en las paredes y el tiempo efectivo que estuvo conmigo fue en realidad muy poco. Cuando llegó la hora de irme, ella salió a despedirme a la reja. Allí estábamos, ella de un lado y yo del otro de la valla cuando tuvo que entrar de nuevo a su casa (no recuerdo para qué) y yo la miré alejarse. Tenía el mismo cuerpo delgado de cuando la conocí. Llevaba un pantalón ajustado, de tela delgada (supongo que blanca) y, al alejarse, pude mirarla de una manera que jamás me había inspirado: con deseo. Su ropa interior era pequeña (supongo que blanca también) y se marcaba perfectamente en su ajustado pantalón, en una armonía extraordinaria con la redondez de su cadera y… Deseé que volviera a salir y volviera a entrar para poder admirarla de nuevo. Pero no sucedió. Salió y esta vez fue sólo para despedirse. No quería irme todavía, quizás presagiando que jamás volvería a entrar a su casa.

Quisiera explicar en este punto aquello del deseo que nunca había sentido por ella. En mis años mozos (digamos que alrededor de los siete) comencé a convertirme en una máquina generadora de lujuria. Veía cada día miles de mujeres que inspiraban mis más perversas fantasías sexuales, de modo que cuando llegué a la pubertad fácilmente pude haber establecido un récord Guinness de autoerotizaciones diarias (con un número realmente grande cada día). Había, algo peculiar, sin embargo: cuando una mujer me interesaba genuinamente (yo le llamaba estar enamorado en ese tiempo, ahora no estoy seguro de que lo fuera, pero, a falta de una mejor y más corta descripción, llamémosle así), por mi mente jamás pasaba un pensamiento erótico relacionado con esa persona. Es raro. Deben ser prejuicios, pero la línea entre el erotismo y el amor estaba muy bien definida y no convivían entre ellos. El récord Guinness debió haberse roto en esos momentos, porque no era sólo que ella no me inspirara esas sensaciones, sino que ninguna mujer más podría hacerlo, así que la racha invicta, como en los juegos de fútbol, se rompió. De cualquier manera, podríamos jugar con la estadística y manejarlo como el Récord Guinness de Autoerotizaciones Diarias sin estar Enamorado.

Una ocasión, con motivo del día de muertos (que más bien debió ser a causa de Halloween) se organizó una fiesta en mi casa a la cual la invité. Al hacerlo, sabía que ella diría que no podía ir… pero me equivoqué. La pasamos muy bien. Fue la única ocasión que fue a mi casa y convivimos con familiares y conocidos. Un momento muy especial fue cuando hubo que ir a proveernos de víveres y bebidas para el agasajo. Ella y yo nos ofrecimos a ir a la Comercial Mexicana (¿o fui yo y la obligué a ir conmigo? No lo creo, ella lucía contenta) y lo hicimos en el coche de mi mamá. Ya en la tienda, tomamos un carrito para ir echando allí las cosas que fuéramos tomando; yo lo conducía y ella iba a mi lado, como dos recién casados buscando las primeras provisiones para la aventura que ambos estaban contentos de estar iniciando. No recuerdo qué compramos ni cuánto tardamos allí, pero volvimos a ser los de antes… por un instante… y a mis ojos. Quizás para ella las cosas ya tenían sus justas dimensiones de manera que no necesitaba ya evadirme por cualquier causa que hubiera justificado hacerlo años atrás (especulaciones). Volvimos a casa y disfrutamos de la fiesta. Para este tiempo, yo ya bailaba un poquito (producto de mi noviazgo, que había ya finalizado), pero ella, extrañamente, no quiso bailar. Mucho antes de que terminara la fiesta (de la cual tampoco tengo muchos detalles que ofrecer), pero ya un poco noche como para que una chica decente estuviera fuera, la llevé a su casa en el viejo coche de mi mamá. Yo quería quedarme más tiempo con ella, prolongar el incipiente renacer de viejos tiempos, pero, al parecer, tenía prisa y no se me ocurrió un buen argumento para retenerla dentro del auto, excepto un no muy convincente ni insistente plan de enseñarle a manejar. Lo único que hicimos fue que, mientras yo pisaba el clutch del coche, ella cambiaba la velocidad.

Después de eso, regresó con su novio (con el que había terminado poco tiempo antes, seguramente sólo para poder ir a mi fiesta de Halloween). Esta vez el ciclo de vida de la ilusión fue más breve y, quizás por eso, benigno. Al poco tiempo me anunció que se iba a casar. No sé si fue por teléfono, pero creo que sí. Ya después me daría mi invitación e, incluso, en la fiesta, iba a presentarme una mujer mayor que tenía mucho dinero (ya que a mí me gustaba ese tipo de mujer).

No fui a la boda.

La última vez que la vi fue en el mismo autobús que ahora me pasea frente a su calle (bueno, el mismo, estoy seguro que no, pero alguno de la misma línea). Ella iba con una sobrina (creo), yo iba solo, un poco desaliñado. Charlamos sobre su futura boda y me repitió que luego me daría mi invitación y que me presentaría a su amiga.

Jamás lo hizo.

No sé qué sucedió, pero no volvió a llamarme, ni yo a ella. Ése fue el fin, sin que yo lo supiera, pero sé que, aun habiéndolo sabido, el hecho habría significado exactamente lo mismo que significó, es decir… nada. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a recordarla.

La última noticia que de ella tuve fue hace tres años, cuando escuché unos toquidos, débiles al principio, pero que poco a poco se fueron intensificando… dentro de mi corazón. Era ella pidiendo que le abriera para salir. Fue tan dulce su súplica que no quise negarme.

A mi mente vinieron recuerdos, como éstos que te narro, con la bondad que tienen los recuerdos de retorcerse e iniciar en puntos inimaginables cada vez, sin necesidad de tener continuidad porque saben que, para uno mismo, eso no les hace perder el sentido.

Escribí, entonces, una canción que aquí transcribo, sin respetar la métrica, en un intento por hacerla tener sentido sin música.

Hoy me puse a buscar en el corazón, sin saber por qué y, al hurgar en un rincón dormido, allí en el fondo te encontré, poniéndole a mi corazón la cálida ilusión de ser por primera vez la mujer para mí. ¡Cuánto daría por saber que ahora estás pensando en mí!

Hoy el viejo hospital ya no es como ayer, ya poco es igual, y el lugar en donde, allí a tu lado, sin permiso me senté, ya lo han quitado, pero aún conservo algún recuerdo en mí que me habla de ti, y es tu voz junto a mí. ¡Cuánto daría porque sepas que ahora estoy pensando en ti! Cuánto daría por saber que sabes que no importará qué pasé aquí, no podrás dejar de ser en mí la ilusión de ver llegar sin avisar esa dulce primera vez.

El primer ansiado corazón de mujer muy junto a mí y, al fin, ese primer brazo en torno a mí y ese tonto no saber decir, mientras caminábamos, que no quería separarme más de ti.

El primer motivo corporal de un abrazo casi accidental… y la maravilla del calor que en mi brazo tu pecho encendió… y el poder de atrapar tu atención… y esa boca que jamás besó.

Hoy que miro, no estás. Te casaste, al fin, hace tanto ya, pero hoy el viejo corazón volvió a latir a ese compás que le marcabas con tu vida y es por eso que aquí estoy, encontrando aquí, donde ayer yo viví el viejo anhelo de verte llegar al fin… un nuevo deseo de dormir pensando en ti.

¿Dije fin? Creo que el fin no ha llegado aún.

Y es que llega el inevitable deseo de saber qué estará haciendo ahora, si habrá logrado entrar al ISSSTE, como era su sueño, cuántos hijos tendrá, cuánto habrá cambiado… si habrá pensado alguna vez en mí… Entonces, no se distingue la diferencia entre el anhelo de los días que se fueron y el de estar viviendo los actuales con ella. Si me dieran a elegir entre volver el tiempo atrás para vivir de nuevo aquellas cosas (aun sin posibilidad de modificarlas) o volver a verla hoy en día, para vivir una nueva vida que comience en este punto, no sé qué elegiría. Porque ya hemos vivido nuestras vidas el uno sin el otro. Han sido vidas que se han construido por más de diez años sin nuestra mutua presencia. Yo creo que, si pudiera volver a aquellos días y tuviera la posibilidad de cambiar algo, podría hacerse innecesario e inoperante el deseo de estar ahora a su lado, porque quizás lo estaría como consecuencia de aquello. Finalmente, no sé si deseo estar al lado de esa mujer que está en algún sitio en estos momento, o al lado de Irma, el bello cisne que me hizo sentir por primera vez en la vida la cercanía de un cuerpo femenino, mi primer abrazo y mi primera real ilusión por las cosas que sucedieron y no sólo por las que yo deseaba que sucedieran. Uno puede atiborrarse de hechos y nombres de gente con quien soñó; aquel beso que me hubiera gustado darle a Elizabeth o a Gabriela; aquella ternura que esperaba recibir de Xóchitl… Pero ahora puedo evocar esa primera mano asiéndome, convirtiéndome en su protector y la calidez de su pecho, que no fue imaginada. Pero quizás esa Irma ya no existe más, igual que aquel patito feo se ha ido.

No sé si te extraño a ti, Irma, con todo lo que representaste en mi vida… o si simplemente extraño mi capacidad de sentir tanto con tan poco que me diste. Pero lo que sí sé es que daría muchas cosas por volver a sentir lo que sentí aquella vez que me tomaste por la cintura… y quedarme así toda la vida.

Creo que ahora sí es el fin.

MarJun02

Conozco muy poco de ella y, sin embargo, a menudo acude a mis recuerdos. Sé que es más que su bella figura enfundada en aquel vestido verde que, con toda seguridad, hizo las delicias de más de una mirada masculina.

El escenario fue una fiesta. El pronóstico no era favorable, y es quizás por ello que ese instante se convirtió en algo mágico. Porque eso que acude a mi mente en algunos episodios es justamente un instante, un momento de ese tiempo que duró la reunión en el que su presencia acompañó la mía.

¿Qué esperaba yo de ella? A decir verdad… nada.

Ella iba acompañada. No parecía ser su novio… pero tampoco parecía no serlo. Es decir, no había una certeza de ninguna de las dos posibilidades… pero iba acompañada.

Mirarla al llegar fue inevitable, como inevitable fue descubrirme por momentos dirigiendo mi mirada hacia donde ella estaba. Pero no representaba más que una linda estampa incluida en el marco de aquella reunión.

No sabía que en esa noche habría un instante que ella protagonizaría.

La coincidencia de una furtiva mirada a la distancia fue la que lo inició. No sé si fui yo o fue ella la primera en mirar al otro, pero sé que la diferencia de tiempo debió haber sido de apenas una milésima de segundo, y mi reacción ante aquello, tardó acaso un poco menos; mi mano derecha se levantó, como si tuviera voluntad propia, para señalar con el índice la pista, con un discreto movimiento, mientras mis labios dibujaban la palabra “¿bailas?”.

Ella asintió.

Pronto nos encontramos bailando. Charlamos, sí. La conocí un poco… también. Pero sé muy bien que no fue nada de lo que dijeron las palabras lo que recuerdo con esa insistencia de esas tres piezas en que robé su presencia sólo para mí, sino lo que callaron… los momentos de silencio en nuestras voces… pero de elocuencia en las miradas.

Muchas veces algo salió mal: su cuerpo giraba al lado contrario del que mi brazo dictaba; mi mano, incapaz de superar su altura, golpeaba mi cabeza; el nuevo paso que intentaba introducir no era del todo comprendido… Pero muchas más veces… algo salió bien. Invariablemente, una sonrisa se dibujaba en mi rostro al contemplar la suya; ese giro en sentidos opuestos provocaba la necesidad de tomarla entre mis brazos, para evitar una caída; una vez aprendido ese paso parecía como si hubiéramos sido creados para repetirlo una y otra vez…

Todo el tiempo sonreímos…

Fue tan sólo un instante, pero ¿no es cierto que la vida se compone de ellos?

Conozco muy poco de ella… pero sé que ese momento permanecerá mucho tiempo en mis recuerdos, y hará brotar una sonrisa cada vez que evoque la suya...

DomMay31

Me quedé mirándola fijamente.

Sus ojos estaban cerrados, pero no me atrevería a asegurar que dormía. Tras de sus párpados, de forma casi imperceptible, distinguí el movimiento involuntario que evidencia la falta de control sobre las acciones que provoca el sueño. Pensé de inmediato en aquella frase que seguramente tiene una buena estructura gramatical que no logro reproducir, pero cuya idea es que estás junto a la persona adecuada si, aun viéndola en su forma más descuidada, te sigue pareciendo atractiva. Ella me lo parecía, y mucho. Quizás ese momento del que habla la frase es el instante después de despertar, cuando sigue habiendo reacciones involuntarias, pero ya no son justificadas por la falta de consciencia. Era la primera vez que la vería despertar, y es natural…

El día anterior ni siquiera sabía que existía.

Quería verla abrir los ojos, esos ojos pequeños que ya mi mirada había degustado en breves episodios, enmarcados por uno de sus más grandes y evidentes atributos: sus largas pestañas, negras, intensas… retadoras; pero también detestaba esa idea, porque sabía que una vez que lo hiciera sería para alejarse, para no volver a verla nunca más.

Ella dormía.

Me perdí en su contemplación una gran cantidad de insuficiente tiempo. Apartaba la mirada constantemente, cuando el movimiento bajo sus párpados era más evidente, pues no deseaba que me sorprendiera contemplándola de aquella forma, pero tan pronto como retiraba la mirada, ésta volvía al ataque.

Jamás un semblante tan neutro había resultado tan expresivo. Me pregunté si soñaría… y en tal caso, cuál sería ese sueño. Quizás no fuera uno de ésos que puedes recordar y contar al despertar, porque quizás en ese caso habría más gesticulación en su rostro… su rostro…

Fui testigo de la más grande maravilla que puede haber sobre la tierra: la belleza femenina naturalmente expuesta. Su cabello, bendito sea, se encontraba sujeto y dejaba al descubierto ese hermoso rostro trigueño, lleno de imperfecciones que sólo la mirada exhaustiva, insistente y quizás hasta impertinente puede notar. No era una piel completamente tersa, pero se plegaba con gracia en los puntos exactos para dibujar una figura llena de armonía.

Pronto despertaría, fui consciente de ello, como en este momento, en el que ocupaste un segundo de tu vida -que no volverá- en leer la palabra anterior. De modo que, más que mirar su expresión, la viví.

“Estás aquí”, pensé. “Nadie puede arrebatarme tu contemplación”.

Este momento es mío.

La curva de sus cejas, medianamente pobladas y de una simetría extraordinaria, le daba un aspecto serio, de mujer reservada… quizás lo era. Su nariz era recta… perfecta…

Los labios, de sinuosas y abundantes formas fueron el blanco más socorrido de mis miradas. No había humedad en ellos, sin embargo… mi deseo se concentró mucho tiempo allí. A punto estuve de acercar los míos para darles un poco de esa humedad que les hacía falta, pero me contuve… de hecho, creo que sería más atinado decir que mi pensamiento formó una imagen en la cual nuestros labios se juntaban, pero en realidad jamás estuve cerca de intentarlo.

Su cuerpo era también hermoso, aunque no pude contemplarlo en ese momento. Lo había visto por breves momentos anteriormente. Quise alejarme un poco para poder deleitarme con la vista completa de esa maravilla que estaba allí, tan cerca de mí, pero mi espalda contra la pared me impidió hacerlo. Volví, pues, a concentrarme en su rostro.

Una y mil veces lo recorrí, tan lentamente como me fue posible, para quedarme con su imagen de forma perpetua en la mente. Era un rostro serio, elegante… inolvidable…

Quizás como un regalo previo al momento de la separación, de manera involuntaria, eso es seguro, separó ligeramente sus labios. Un suspiro mío se coló a través de ellos, por donde se asomaba un par de dientes que auguraban una maravillosa sonrisa. Ojalá pudiera reír en sueños.

Cerré mis ojos un instante, justo antes de la última mirada, porque presentí cuál sería el momento exacto en el que ella despertaría.

La miré.

Adiviné sus ojos abrirse…

Dirigí los míos hacia otro punto…

Las puertas del metro se abrieron, y ella salió para perderse entre la gente mientras yo acompañaba su andar con la intensidad de mi mirada.

Volver