LunAgo24

Ricky, mi hijo, tiene ocho años. Es un niño callado, reservado, el tipo de niño que en cualquier lugar suele pasar desapercibido, aunque eso nunca le ha impedido tener amigos. Bueno, en realidad, quizás una expresión más fiel sería “tener amigo”, porque hasta hoy sólo ha tenido uno a la vez. En el kínder fue Lilí. Siempre hablaba de ella (y sólo de ella). Al principio creí que le gustaba, ya sabes, como una relación niño-niña, pero luego me di cuenta que no; era más bien aprecio de amigos. En primer grado su amigo fue Jorge, y hablaba de él tanto como lo había hecho antes de Lilí. Pero este año Jorge se cambió de casa y ya no asiste más a clases.

Para mí es un misterio cómo logra entablar amistad. No sé si es él quien lo busca o si son los demás niños quienes lo hacen (porque tampoco me habla sobre ello), pero no puedo imaginar su desenvolvimiento en la escuela, pues, si es como en casa, llegará antes que todos, buscará el rincón más apartado y permanecerá allí sin decir palabra. A pesar de ello, nunca, que yo recuerde, ha pasado un día en la escuela sin tener un amigo. Me da la impresión de que es algo que requiere, tener siempre un amigo, que una vez que lo consigue, si pudiera conservarlo toda la vida, lo haría.

Su amigo actual se llama Sergio.

Es un niño un poco mayor, igual de serio que Ricky (no entiendo cómo pueden pasar tanto tiempo juntos sin apenas hablarse, pues las ocasiones en las que los he visto, cuando Sergio viene a casa, o aquella vez en la que, al salir de clases, su mamá nos invitó a comer, cada uno parece sumido en su mundo, intercambian alguna frase ocasionalmente o realizan alguna actividad juntos, pero hablan muy poco entre ellos, o lo hacen en voz muy baja, como si no necesitaran las palabras para comprenderse). Es muy educado, hasta ceremonioso por momentos. Jamás entra en la casa sin que expresamente lo invitemos a pasar y muy rara vez mira directo a los ojos pero, en cambio, escucha atentamente lo que uno le dice y se asegura de que sepas que lo ha hecho, porque siempre responde. Digamos que en una charla, siempre es él quien dice la última palabra (normalmente una que te hace saber que entendió perfectamente lo que le dijiste), siempre con un tono monótono y, hasta cierto punto, impersonal. Ricky tampoco miraba a los ojos, pero he tratado de irlo acostumbrando a hacerlo, y poco a poco lo va consiguiendo con mayor naturalidad.

El domingo pasado Sergio vino a casa. Por la tarde, mientras comíamos, llamaron discretamente a la puerta. Al principio creí que se trataba de la lluvia golpeándola, pues caía una fuerte tormenta en la ciudad. Pero los toquidos siguieron y, extrañada, me levanté para abrir. Allí estaba él, empapado. Sin preguntarle nada, casi lo arrastré hasta el baño para secarlo con una toalla. Ricky le prestó ropa y lo invitamos a comer. Él, tan educadamente como siempre, se negó. “No le apetecía más”. Con muy pocas palabras, siempre mirando hacia cualquier punto indefinido, nos preguntó si podíamos hacernos cargo de él mientras sus padres estaban en condiciones de regresar a recogerlos (así lo dijo, “recogernos”, a mi hijo y a él; quizás planeaban invitarlo al cine y asumió que le permitiría ir; bueno, seguramente lo haría). Aunque habían pasado algunos minutos desde que llamó a la puerta, corrí a asomarme a la ventana, a ver si alcanzaba a distinguir a sus padres entre la lluvia, pero la calle estaba vacía, como es natural durante una tormenta.

“… la llamada se cobrará al…”. No tuve éxito al intentar comunicarme al celular de su mamá, y no intenté localizarla en su casa en ese momento; lo intentaría más tarde.

La comida ya se había enfriado, a pesar de lo cual, ni Ricky ni yo quisimos calentarla; yo porque ya quedaba muy poco en mi plato; él porque, ante la visita inesperada, lo invadió un gran entusiasmo por terminar los alimentos lo más pronto posible. Cuando terminó, se levantó y casi arrastró a su amigo hasta su cuarto.

-No olvides lavarte los dientes –le grité cuando ya estaban dentro de la habitación.
-¡No! –respondió, aunque sabía que no lo haría; su argumento, como otras ocasiones, sería: “dijiste que no lo olvidara, no que me los lavara”.

Recogí la mesa. Mientras lo hacía, noté algo extraño: la silla en la que se había sentado Sergio estaba mojada. Era raro, porque lo primero que hice cuando llegó fue asegurarme de secarlo perfectamente, y vestirlo con ropa seca. ¿Pipí? Fue lo único que se me ocurrió, aunque me pareció improbable; a pesar de su seriedad, jamás tenía reparo en pedir algo que deseara, como un vaso de agua o ir al baño. De hecho, su manera de pedir las cosas era muy peculiar: siempre empezaba con un “quiero”, como si la necesidad que tenía en ese momento fuera la cosa más importante del mundo. Pero sé que no es egoísmo o algo así, simplemente… así es él, tal como es Ricky cuando no desea hacer algo; no hay poder humano que pueda obligarlo. Me atrevo a decir que es casi imposible que Sergio desee algo y no lo manifieste, sea un dulce, un juguete o que le cambie de canal a la televisión. Casi podía imaginarlo diciendo “quiero ir al baño, señora”, como tantas veces lo había hecho antes, pero esta vez no lo hizo. Quizás el frío había obrado en su organismo. No le di más importancia al asunto.

Cuando me encontraba en la cocina, secando los trastes que recientemente había lavado, escuché ruido en el cuarto de mi hijo. Eran voces. Tan acostumbrada estaba a escuchar sólo silencio cuando ambos niños estaban juntos, que de inmediato presté atención. Las voces subían de volumen. Parecía como si discutieran. Alcancé a escuchar palabras como “amigos”, “siempre” y “acompáñame”.

Sequé mis manos en el delantal y me dirigí al cuarto de Ricky. Efectivamente, lucían como si estuvieran discutiendo. Encarado uno con el otro, a una distancia un poco más corta de lo habitual; uno gesticulando y el otro moviendo la cabeza firmemente.

-¿Qué pasó? –pregunté en cuanto estuve en el umbral, intentando no hacerlo de un modo violento, ni enfadado. Realmente sentía curiosidad por saber qué era aquello por lo que mi hijo y su amigo habían considerado importante utilizar su voz.
-¡Mamá! ¿Ver…?

Pero no alcanzó a completar la frase porque Sergio lo interrumpió.

-Señora, ¿verdad que las personas sólo se mueren una vez?

Su rostro hizo que mi piel se erizara. Su expresión era igual de serena que todas las ocasiones que había hablado con él, pero algo había cambiado: era su mirada… se encontraba puesta fijamente en la mía.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, y titubeé un poco. Reconocí que prefería que su mirada estuviera puesta en cualquier otro punto, como usualmente lo hacía. Fui yo quien la desvió.

-Sí… claro –dije al fin-. ¿Por qué la pregunta?

Pero no me respondió. Volviéndose hacia mi hijo dijo, con ese tono sereno y aire de saberlo todo:

-¿Ves? Ya no puedo volver a morir.

El timbre del teléfono en la sala me hizo brincar. Tardé unos segundos en reaccionar, y cuando lo hice fui a contestar.

-¿Señora? –dijo la voz al otro lado-. Buenas tardes. Sé que esto parecerá raro, pero… ¿es usted la mamá de un niño llamado Ricky?
-S… sí… ¿por…?
-Tranquilícese. Mire... ¿cómo le explico? Habla el comandante Juárez. Hubo... un accidente. Tres personas perecieron. Dos adultos y un niño. Cuando llegamos el niño aún estaba vivo, pero lamentablemente falleció en la ambulancia camino al hospital –hubo un breve silencio-. Encontramos en el celular de la señora… Sara… Sara Meléndez, un número que decía “Ricky”.

Quise decir algo, pero me quedé paralizada. El comandante tampoco habló. Sentí que le costaba tanto como a mí pronunciar palabra. Finalmente escuché al otro lado de la línea su voz:

-¿Es usted su familiar?
-N… no… yo… mi hijo es…
-Disculpe. Nos atrevimos a llamarla porque… antes de morir el niño dijo “quiero que Ricky venga conmigo”. Pensamos que…

No escuché más. Solté el auricular y corrí al cuarto.

Sergio ya no estaba…

Ricky dormía…

La cama estaba empapada…

Ricky… dormía…

LunAgo24

(Basado en una historia real)

A medida que subía las escaleras, notaba que algo extraño sucedía, sin embargo, no fue sino hasta llegar a la reja, en la parte más alta, que se encontraba cerrada, que lo comprendí: no había servicio en el metro. Alcancé a escuchar que el guardia que se encontraba al otro lado de la reja le decía a una señora la frase “toda la línea”, seguramente ante la interrogante de cuántas estaciones estaban sin servicio. Al escucharlo, como tanta gente que había visto durante mi ascenso, emprendí el regreso, preguntándome cómo haría para llegar a mi destino. Seguí mi primer impulso y marqué el número del teléfono celular de Eli, que tenía poco tiempo de haber partido, pues ella me había dejado allí minutos atrás para abordar el metro. Le expliqué que el servicio de transporte estaba interrumpido y le pregunté si podría acercarme a algún lugar desde donde pudiera emprender mi viaje. Accedió y regresó por mí.

Eran poco más de las 6:00 pm, así que entendí su razonamiento para no llevarme en ese momento a mi departamento, pues el camino en condiciones normales a esa hora de por sí ya era caótico, así que sin servicio del metro seguramente lo sería más. Fuimos a su casa y allí estuve trabajando un poco en algunos pendientes que tenía. Mientras lo hacía, ella investigó la causa de la suspensión del servicio de transporte y me la compartió: una persona había caído a las vías y había muerto. No supe en ese momento si se había tratado de un suicidio o de un accidente, pero ambos asumimos que se trataba del primer caso. Tampoco supimos si se trataba de un hombre o una mujer, si era joven o de edad avanzada, aunque tampoco especulamos mucho al respecto. En su investigación no sólo descubrió el motivo del percance, sino también que a esa hora ya se había restablecido el servicio.

Le agradecí y me llevó por segunda ocasión a la estación del metro, que ya mostraba su funcionamiento habitual. Mientras recorría los escalones y pasillos que me separaban del andén, me preguntaba qué podría hacer que una persona tomara una decisión como ésa (la de quitarse la vida). Como tantas otras ocasiones, también pensé en lo egoísta que era hacerlo justo de esa manera, puesto que aquello no sólo afectaba directamente su vida y la de sus seres queridos, sino la de miles de personas, quienes difícilmente sentirían simpatía hacia ella. ¿Sería, acaso, que la necesidad de sentirse importante para alguien es tan grande que no importa que los pensamientos que se consigan estén muy alejados del positivismo?

En el último tramo de mi recorrido hacia el andén, al bajar las escaleras, noté que, distribuidos a todo lo largo, había parejas de policías vestidos de negro, y estaban a ambos lados del andén. ¿Cuál sería el objetivo de ponerlos allí?, pensé, pero no se me ocurrió ninguno que no me resultara absurdo.

Lentamente caminé hacia el fondo, tratando de calcular el lugar exacto que, cuando llegara a mi destino, al abrirse las puertas me permitiera salir directamente a la escalera que me conduciría al transbordo. Me detuve junto a una pareja, hombre y mujer, que aparentaban ser novios, aunque no existía una muestra explícita de ello por su parte. Un poco más alejada, lo suficiente para no estar seguro de que subiría por la misma puerta que yo, acompañada de una niña, estaba una señora cuya voluminosa figura, ataviada en una blusa y falda de color rosa mexicano, no podía pasar desapercibida; y del otro lado, un poco más cerca, un grupo de adolescentes, muchos de los cuales llevaban auriculares colgando del cuello.

Dados los problemas que habían entorpecido el tránsito de los trenes los últimos minutos, imaginé que los vagones vendrían repletos de gente, pero me equivoqué; había, incluso, lugares dónde sentarse. El grupo de jóvenes, en su alboroto, discreto pero difícil de ignorar, prefirieron permanecer de pie, lo mismo que yo. La pareja estuvo a punto de sentarse, pero cambiaron de opinión cuando vieron a la niña que acompañaba a la mujer de rosa (que había entrado por una puerta diferente) acercarse corriendo para tratar de ganar uno de los dos lugares desocupados. Niña y señora agradecieron el gesto cortés de la pareja, y ésta permaneció de pie, en la parte intermedia del vagón, aunque cargados ligeramente hacia la puerta junto a la cual decidí permanecer.

-¡No mames! –dijo uno de los integrantes del grupo de jóvenes cuando ya el tren iba en marcha. Su cabello era largo, apenas contenido por la gorra de estambre negro que llevaba puesta-. Pinches policías, ¿para qué?
-Pues para que nadie más se aviente –dijo una de las dos chicas que iban en el grupo.
-¿Y tú crees que se van a andar aventando ‘orita?
-Sí, güey. Eso lo tienen que hacer antes, no cuando ya se aventaron –intervino otro de los jóvenes.
-¿Y cómo van a saber a qué hora se va a aventar alguien? –intervino la segunda chica, tomando partido de su compañera.
-Pus sí, pero, ¿a poco crees que uno se va a aventar luego luego después que otro se aventó?
-¡De menso!

Mi mirada se apartó de aquel grupo de jóvenes, pero no así mi atención, no del todo, cuando uno de ellos comenzó a girar su cabeza en la dirección en la que yo me encontraba. De modo que no era el único a quien la presencia de los guardianes del orden le resultaba absurda. Ni siquiera era como el pozo que se tapa después del niño ahogado, pues podría apostar lo que fuera a que la guardia montada no duraría ni siquiera lo que restaba del día. ¿Y si ponían un detector de suicidas, tal como lo habían hecho con los detectores de metales que siguieron al triste episodio de la balacera en el metro Balderas? Absurdo también, puesto que aquello sólo duró un breve lapso, y en las estaciones en las que aún existen, no obligan a toda la gente a pasar a través de él. Ése habría sido mi comentario si fuera parte de ese grupo de jóvenes… pero no lo era.

Fijé la vista en la niña, que jugueteaba con una muñeca, sentada en la mitad del asiento, mientras que su madre ocupaba la otra mitad… y el asiento contiguo. ¿Le habría dicho algo en relación con el incidente ocurrido hacía tan poco tiempo en la estación en la que abordamos? No lo creía. Si así hubiera sido, volvería a jugar con la suerte y apostaría nuevamente a que la niña en ese momento estaría bombardeando a la mujer de rosa con preguntas alusivas a los motivos detrás de ese acto. ¿Por qué? Tal como yo me lo había preguntado, aunque seguramente su natural curiosidad no se habría visto satisfecha, como la mía, con un “quién sabe” por respuesta. Divina inocencia.

Llegamos a la siguiente estación y tuve que moverme, para que la puerta abriera libremente. No entró gente por esa puerta, en cambio, la pareja que había cedido su asiento a la madre y la niña, bajó. ¿Sería sólo por eso que decidieron no sentarse? ¿Porque iban a viajar una sola estación? ¿Qué habría sucedido si, como yo, hubieran tenido planeado un viaje de más de diez estaciones? ¿Habrían corrido, como la niña, para ganar el lugar?

La puerta, al cerrar, me golpeó ligeramente en el hombro derecho, invitándome a recuperar mi posición, pues parte de mi cuerpo se encontraba fuera del vagón mientras mi mirada aún acompañaba a la pareja que seguía sin mostrar signos evidentes de su posible noviazgo. El tren se mantuvo en el andén unos instantes. Durante ellos, el tren del otro lado llegó para hacer también su escala. Éste sí venía a reventar, aunque no era extraño a esas horas en un día normal. Poca gente bajó, y también poca subió, pues era prácticamente imposible hacerlo.

La puesta en marcha del tren recién llegado fue anterior a la de aquél en el que yo viajaba, y eso despertó la curiosidad de la niña, cuya muñeca ahora corría el peligro de caer de su regazo.

-¿Por qué nosotros no? –dijo, sin apartar la vista del último vagón del otro tren. La mía también se dirigió allí, y vi a la pareja que nos había acompañado durante una estación, de pie, apenas unos cuantos pasos más allá. Seguramente se habrían citado con alguien y lo estarían esperando, aunque por alguna razón que no puedo explicar más bien se me figuró como si hubiera intentado subirse al tren que acababa de partir y no lo hubieran conseguido.
-Algo ha de’ber pasado –respondió la voluminosa mujer, levantando la cabeza y asomándose hacia donde ya no se alcanzaba a ver el tren, como si la respuesta pudiera estar allí.

-¡Ve a ver qué pasó, güey! –dijo uno de los adolescentes que estaban frente a mí.
-¡Ve tú!

Justo cuando un suspiro perezosamente resignado escapó de mis pulmones, el tren reanudó su marcha. “Ya no te detengas, por favor”, imploré en silencio. Pocas cosas hay más molestas para mí en situaciones en las que tienes que permanecer en un sitio contra tu voluntad, que la de soportar gente escandalosa, y si son adolescentes celebrando las tonterías de sus compañeros, peor aún.

Mi mirada de pocos amigos se mantuvo en el grupo unos breves instantes, como si pensara que eso podría hacer que se comportaran y, extrañamente, así lo hicieron. Es decir, sé que no fue por mi mirada, puesto que ninguno de ellos se percató de que los veía (creo), pero sí moderaron su comportamiento y el volumen de sus voces no alcanzó niveles molestos.

-Ira, siéntate, güey –dijo uno de ellos a una de las chicas, señalándole con la cabeza un asiento que acababa de desocupar un señor, aun con el tren en movimiento.
-No, aquí voy bien.
-Siéntate. O me siento yo.
-Siéntate tú.
-¡Chale! ¿Luego por qué las avientan a las vías?

Nadie se rio de su “ocurrencia”. En cambio, todos sus compañeros acompañaron con un abucheo su andar hacia el asiento recientemente desocupado.

-No mames, güey, no juegues con esas cosas –dijo una de las chicas, cuya vista se hallaba puesta en la de la señora de rosa, que había levantado su cabeza para lanzarles una mirada de reproche.

El tren se detuvo.

La persona que desocupó el lugar no descendió. Probablemente se había equivocado de estación, y bajaría en la siguiente. Permaneció allí, viendo hacia afuera, a través de la puerta. Los chicos continuaron con su charla, ya sin hacer caso del compañero que había ido a sentarse.

La mirada de la señora se concentró, como antes, en la niña, que había reanudado su juego con la muñeca.

“Ya me voy para siempre, para nunca volver”.

Aun antes de que avanzara el tren, la voz de un viejecito comenzó a oírse al fondo del vagón. Vaya canción había elegido justo en ese día. Mi mente, con cierto grado de humor negro, pensó en aquella persona que se había arrojado a las vías, sin tener un punto de referencia, sin saber si era hombre o mujer, viejo o joven, sin saber si había sido accidental o premeditadamente. “Ya me voy para siempre”, canturreó mi mente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”, continuó cantando.

No sé si algún pensamiento morboso, como el mío, pasó por la cabeza de los demás viajeros, pero hubo un instante, pequeño, pero evidente, en el que todos parecimos estar muy atentos a la canción del anciano que, con bastón en mano, caminaba dificultosamente para atravesar de punta a punta el vagón.

Me sentí avergonzado de mis pensamientos y aparté la mirada de su figura, aunque su voz siguió taladrando mis oídos:

“Voy a vagar por ai… trataré de pasar mi vida más tranquila… Si sigue este dolor… no les sorprenda que…”.

Igual que yo, el resto de los pasajeros continuó su travesía sin hacer más caso del anciano, de manera evidente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”.

Cuando el cantante pasó delante de mí, un poco por la vergüenza que sentí a causa de mi pensamiento y otro poco porque era una canción que me gustaba, metí la mano en mi bolsillo derecho y palpé las monedas. Tres, tomé tres de ellas, sin fijarme en su valor. Las saqué, di un paso hacia el anciano y extendí mi mano. Él levantó su mirada cansada, surcada por mil arrugas, con aire suplicante, y la posó en la mía. Alargó su mano también, y deposité en ella las tres monedas. Interrumpió su canto para decir “que Dios se lo pague”, le sonreí, y continuó andando.

“… porque el amor de mi alma…”.

Mi mente intentó anticipar la frase de la canción en la que el viejecillo se había interrumpido, pero antes hubo otra interrupción: un mensaje de texto; su llegada hizo vibrar mi celular. Era Eli, quien fiel a su costumbre inquisitiva, investigadora y audaz, se había dado a la tarea de investigar aquello que no sabíamos y ahora me lo compartía.

“Ya supe qué fue. Sí fue un suicidio”.

Y adjuntaba un enlace a la noticia completa. Una vez más, guiado por el morbo, presioné el enlace para enterarme de los acontecimientos. El encabezado rezaba: “Muere anciano al ser arrollado en el metro Nezahualcóyotl”. No alcanzaba a leer la nota completa, por el tamaño del texto, pero había allí una foto. Temblé al contemplar esa mirada cansada, casi suplicante, surcada por mil arrugas que me mostraba la pantalla del celular. Los labios marchitos de esa imagen inmóvil casi se movieron para acompañar la voz que aún se oía al fondo del vagón.

“Voy a vagar por ai…”.

-¿Por qué, mamá? –preguntó nuevamente la niña, con la mirada fija en el anciano, pero el pensamiento en aquella pareja que había descendido-. Me dijiste que cuando subes al vagón ya no puedes bajar. ¿Por qué ellos sí y nosotras no?
-Algo ha de’ber pasado –dijo con cierto dejo de resignación-. A lo mejor todavía no les tocaba.

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