Modelado 3D con Maya

Dauny

Dauny

Vanessa

¿Quién, me pregunto, ha de ser
quien haya visto en su vida
tanta belleza reunida
en una sola mujer?
¿Quién pudiera comprender
tan bondadoso cumplido
que hizo Dios al elegido
de contemplar su proeza;
de encontrar en ti, Vanessa,
todo cuanto había pedido?

Yo soy ése que te mira,
que te sueña y dice al cielo:
“Gracias, Dios, por el desvelo
que provoca en mí su vida”.
Yo soy quien por ti suspira
mientras pienso lo que fuera
si tan sólo un día viera
tu mano sobre la mía;
hermosa, yo no creería
que existes, si no te viera.

Gaby

Qué difícil es decir
alguna frase inventada
a aquella persona amada
sin atinar a sentir
que ha logrado transmitir
más que palabras vacías,
qué difícil, qué agonía
no saber a ciencia cierta
si mi voz abrió tu puerta,
si ya es tuya o es aún mía.

Cómo quisiera robar
alguna frase probada
que conquiste a una balada
que te pudiera explicar
cuánto es lo que quiero dar
a tu corazón, mi nido,
y ver que lo has comprendido,
y escuchar, en ansia loca,
mil palabras de tu boca…
tal vez… ser correspondido.

¿Cómo te explico, pequeña,
ese anhelo de querer
hacer por ti todo bien,
darte mi fe, que te sueña,
y mi vida, que se empeña
en luchar por merecerte?;
yo no puedo prometerte
no hacerte daño, es posible,
lo que sí tengo asequible
es mi voluntad de amarte.

Creo entender tus temores,
yo también fui lastimado,
y el corazón se ha llenado
de dudas, celos, rencores,
y, acaso, ya no haya amores
que se merezcan mi esmero;
pero ahora confiar quiero;
si me equivoco, estaré
llorando amargo, lo sé,
mas, si no lo hago, me muero.

Estar sin ti

¿Cómo poder expresarte, querida mía, con palabras
lo que estos días de ausencia de las tuyas me provoca?
¿Cómo decir, sin que mires en mis ojos o en mi boca,
lo que es leer un mensaje y ver que en él tú no estabas?

Difícilmente podrías darte una idea precisa;
acaso tu mente ágil vuele hasta aquellos momentos
de tristeza provocados por tal o cual sufrimiento,
e imagines que algo así es lo que este fuego atiza.
Mas, ¿cómo has de imaginarte qué es estar sin tu sonrisa;
qué es vivir sin tus palabras, pensarte y buscarte a diario
en la penúltima letra de este triste abecedario?
No, querida, si pudieras imaginarte distante
no habría, entonces, más remedio que aceptar que tú no sabes
qué es estar sin tu presencia… pues tú puedes verte a diario.

Esmeralda

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse mientras allí abajo la sensación de calidez perdida momentáneamente por su sobresalto acometía con una fuerza extraordinaria. La cordura volvió a abandonarla y ya no se permitió dudar.

--- o---

Cuando aquello era tan sólo una posibilidad que se había planteado, una parte de ella, la consciente, “sabía” que jamás sucedería; eran locuras y ella no permitiría que sucediera. Sin embargo, había otra parte, la inconsciente, la que a veces le llevaba a actuar de manera impredecible y muchas ocasiones había sido causa del malestar de Daniel, de ese silencioso reproche que consistía en abandonar el campo de batalla sin decir nada que a ella tanto molestaba, pero después, cuando la tempestad de sentimientos negativos cesaba y daba paso a la calma de los recuerdos agradables, la llevaba a albergar sentimientos ulteriores de culpabilidad. Era esa misma parte oculta la que le hizo saber, aún a disgusto suyo, que tarde o temprano aquello sucedería... y estaba sucediendo, sin embargo, esta ocasión no existiría ese posterior remordimiento, lo intuía. Por más que aquella conciencia suya que le había engañado, que por un momento había conseguido hacerle creer que jamás se dejaría seducir, ahora le ordenase flagelarse mentalmente por permitirse sentir y hacer sentir; era imposible reproche alguno.

No había pasado media hora, y aun cuando posteriormente su mente vagara en los recuerdos intentando encontrar algún momento en el que debió detenerse, no lo encontraría.

El inicio no fue lo suficientemente evidente como para atemorizarse. Las manos de Daniel ya antes habían rodeado su cintura, y las suyas propias ya se habían posado con anterioridad en la espalda masculina. Era algo natural al bailar. Era la segunda ocasión que, a hurtadillas, tomaban su improvisada clase de baile. Comenzó como un juego, entre risas y bromas. Él, con aire solemne y el brazo derecho por detrás de su cintura, extendió su mano izquierda; ella, con sobreactuada delicadeza depositó las yemas de los dedos de su mano derecha sobre la que se le ofrecía. Él hizo una reverencia antes de tomar con su mano libre su talle; ella, con estudiada coquetería, los ojos entrecerrados y esgrimiendo una sonrisa, lo tomó por el hombro y se abandonó al ritmo de la música. Se acabaron las formalidades y sus cuerpos se encontraron girando una y otra vez al compás que dictaban las tumbas y trompetas del disco de salsa.

--- o---

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó súbitamente Daniel. Entreabrió los ojos y contempló el rostro de Esmeralda, tan cercano al suyo, cuyos ojos se encontraban cerrados, los labios húmedos entreabiertos y el ceño ligeramente fruncido; pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. La escuchó gemir, o mejor dicho, la adivinó hacerlo, pues el sonido que salió por su boca fue apenas perceptible. ¿Fue un “sí” lo que dijo? Jamás se lo preguntaría. Sus manos, que habían estado recorriendo, por momentos suavemente y por momentos con ímpetu, la espalda femenina, su cintura, sus piernas, habían dejado de hacerlo, aunque no perdieron contacto con ella. En ese momento, Esmeralda abrió sus ojos aún con el ceño fruncido y los fijó en los de Daniel, suplicante, sedienta, mientras sus manos presionaban sobre la espalda desnuda y provocaban un contacto más estrecho aún, si fuera posible, entre ellos. Daniel miró los humedecidos labios y acercó, sin prisa, los suyos a ellos. La duda desapareció.

--- o---

Mentiría si dijera que nunca había pensado en la posibilidad de que eso sucediera. “Sería bonito”, pensó alguna ocasión, pero no estaba seguro de desearlo realmente, a excepción de una de esas extrañas ocasiones en las que todo pareció conjugarse para crear una atmósfera perfecta de complicidad entre Esmeralda y él, y hablaron de sexo y ella desnudó su alma, y ese desnudo lo excitó quizás más de lo que podría excitarlo su cuerpo sin ropas. “Ojalá algún día pueda hacer el amor contigo”, estuvo a punto de decirle, pero se contuvo. No creyó que fuera conveniente, porque no quería estropear ese momento tan perfecto, ni provocar que ella se molestara, ni que esa confianza recién y difícilmente ganada desapareciera sin dejar rastro.

Todo sucedió sin ser planeado. Ya antes habían bailado e, incluso, aquella ocasión, por ser la primera, podría haberse prestado más a una situación como ésta, pues no sabían lo que la cercanía de sus cuerpos podría provocar en ellos. Pero no sucedió nada que no fuera un extraordinario momento de compenetración, como amigos. Pero quizás ésa era la trampa; aquella ocasión estaban alertas. Esta ocasión estaban confiados, “sabían” que nada sucedería y, por tanto, tenían la guardia baja, por lo que cuando el certero golpe de la pasión les dio en el rostro, no tuvieron tiempo de reaccionar. Pero, ¿cómo podrían haberlo sabido? Esta ocasión no fue tan distinta, quizás lo único fue que esas vueltas vertiginosas de la salsa pronto acabaron para dar paso al sublime compás de una balada lenta. Sí, seguramente eso fue, pero podría ser también el excelente estado de ánimo que Esmeralda mantuvo durante todo el día y, la consiguiente complacencia de Daniel. Esa charla matutina, esas confesiones mutuas, esas dudas despejadas y tantas cosas compartidas. Se habían convertido en cómplices, y ésa es la mejor manera de llegar a ser uno solo. La formalidad regresó. Esmeralda arqueó sus cejas e irguió su porte mientras sostenía un imaginario vestido de holanes con su mano izquierda y con la derecha un también imaginario abanico. Daniel la reverenció: “¿Me concede esta pieza, hermosa dama?”, preguntó. “Desde luego, apuesto caballero”, contestó ella. Y el mundo dejó de existir.

Ya no era la biblioteca la improvisada pista de baile. Ya no había escritorios estorbosos ni puertas indiscretas que pudieran abrirse súbitamente; la presencia de los noveles bailarines en complicidad con la música era enmarcada por un hermoso salón tapizado en terciopelo. Los grandes ventanales permitían a la luna, vouyerista al fin, contemplar el idilio que había comenzado, y, a cambio, proporcionaba al ambiente un toque surrealista con su tenue luz iluminando, al centro del salón, la fuente cuyas aguas brotaban del orifico superior de dos delfines plateados que giraban al compás de la música.

“Oh, my love, my darling…”
cantaba la voz profunda.

Y se encontraron bailando… la mano de Daniel en la cintura de Esmeralda… la suya en el hombro de él. Las otras manos estaban juntas, entrelazaban sus dedos y el inicial e inofensivo toque se convirtió paulatinamente -involuntariamente, quizás-, en una delicada caricia, tan delicada, que ninguno de los dos sabía si para el otro aquello era más que un contacto natural, aunque sabían que para cada uno de ellos sí que lo era. La mirada de Esmeralda se encontraba fija en un punto indefinido, como absorta, sin atreverse a pensar, sólo a sentir; en cambio, la de Daniel se mantenía fija en ella… y, a pesar de su aparente ausencia, Esmeralda pareció percibirlo porque sonreía disimuladamente.

“... I’ve hungered for your touch, a long lonely time...”

La voz de Daniel, con tono grave, muy bajito, se unió a la melodía y penetró por el oído de Esmeralda, que estaba a escasos centímetros de su boca. Cerró los ojos. No podía verla, pero sabía que ella también había cerrado los suyos y sintió cómo su cabeza se recargaba en él; cómo le agradaba aquel gesto, era hermoso sentir a Esmeralda buscar su hombro para descansar su cabeza allí, o viceversa, sentir cómo ella, al tener la cabeza de Daniel sobre su hombro, inclinaba también la suya. Esta vez, mientras ella buscaba el abrigo de su cuerpo, deslizó delicadamente la mano que sostenía sus dedos hasta su hombro. La mano de Daniel permaneció un segundo en el aire, pero casi sin pensarlo, como consecuencia natural, la dirigió hasta la cintura de Esmeralda, con temor al principio, pero con mayor convicción después, hasta que los dedos de ambas manos se entrelazaron por detrás del cuerpo frágilmente estrechado.

“... and time goes by, so slowly and time can do so much...”

Ya no eran sólo las manos de Esmeralda, sino sus brazos completos los que estaban en contacto con los hombros de Daniel. Sus mejillas también estaban en íntimo contacto y, al fin cómplices, ambos mantenían sus ojos cerrados, tan cerrados como el cada vez menos frágil abrazo en el que se había convertido aquel baile, y que ahora ponía en contacto rincones de sus cuerpos que jamás se habían tocado.

Quizás éste fue el momento, pensaba Esmeralda, en el que pudo haber detenido todo. Era tan sencillo, ella era especialista en eso; algún comentario fuera de lugar, algún ademán, algún gesto de rechazo, era tan fácil… Pero, ¿en realidad lo era? ¡Claro!, era tan sencillo como suspender la respiración de tajo en la superficie luego de haber estado sumergida tres minutos bajo el agua; era tan fácil como dejar de ser mujer. Era tan fácil como… Pero aunque hubiera podido, ella sabía que no hubiera querido hacerlo.

“… are you, still mine?”

Algo estaba sucediendo. Era mucho más que el contacto de sus senos, cuyos indiscretos pezones erectos amenazaban con delatarla, contra el pecho de él. ¿Lo habrá notado? No importaba. La erección de sus pezones jamás podría ser tan notoria como lo era la del cálido miembro viril que, juguetón, coqueteaba con su muslo izquierdo, muy cerca de la ingle, y a cada compás, imitando su tantas veces criticada irreverencia, retaba su capacidad de dominio.

Algo estaba sucediendo, y era más que sus brazos rodeando completamente la cintura de Esmeralda. Era más que los brazos de ella rodeando sus hombros. Era más que su travieso miembro clamando por la libertad y la aceptación del contacto de la pierna, ligera, pero evidentemente flexionada, de Esmeralda. Cuando Daniel abrió sus ojos, se encontró con esa enigmática sonrisa dibujada en su rostro. Él sonrió también y besó su mejilla. Era eso, pero era también el ritmo de sus latidos del corazón bailando al mismo compás que los de Esmeralda.

“I need your love, I need your love...”

Ella sintió las manos de él soltarse a su espalda. Una de ellas continuó sujetándola suave, pero firmemente, por la cintura, mientras la otra comenzaba a ascender en un rítmico vaivén por su espalda. Pudo sentir, también, cómo sus piernas se entrelazaban a cada paso y cómo aquel prisionero, pugnando por salir, se erguía orgulloso al contacto con su pubis, húmedo ya.

Los ojos de Esmeralda se cerraron y, en cambio, sus labios se entreabrieron. ¿Sería una invitación? No lo sabía, pero si lo era, Daniel no se atrevió a tomarla, en cambio, depositó un cálido y tierno beso en su mejilla mientras con la mano liberada hacía poco asió su barbilla y dejó que sus dedos se deslizaran por el contorno de su rostro. Sintió la mano de Esmeralda ascender y comenzar a juguetear con su cabello.

“...God speed your love to me”

Daniel cerró sus ojos y se dedicó tan sólo a sentir. No necesitaba guía para saber que el rostro de Esmeralda se hallaba justo frente al suyo y que ahora tenía sus ojos abiertos fijos en él.

Esmeralda abrió sus ojos y miró, mientras revolvía el cabello de Daniel, que éste había cerrado los suyos. Lo contempló. En su rostro había paz, pero también un algo imposible de describir que la excitaba. Era maravillosa esa combinación de excitación y ternura; en un momento podría sentir deseo de abrazar y consolar a ese frágil hombre que tenía delante de ella, y al momento siguiente podía sentir un deseo irreprimible de desbordarse de lujuria y pasión. Lo mismo le sucedía a él.

“Lonely rivers flow to the sea, to the sea...”

Esmeralda cerró sus ojos y dejó de pensar. Todo sucedió tan rápido, pero tan lento. A pesar de que la voz de Daniel ya no acompañaba la música de fondo, ambos seguían hablando. Sus cuerpos se decían todo cuando fuera necesario.

“... to the waiting arms of the sea...”

Abrieron los ojos al mismo tiempo. Su respiración acompasada había logrado sincronizarse. Esmeralda mantenía fija su mirada en los ojos de Daniel. Los ojos de éste, en cambio, miraban con insistencia la brillante humedad de los labios deseados.

“Lonely rivers cry, wait for me, wait for me...”

Fue un solo instante. No volvieron a cerrar los ojos hasta que sus labios por fin encontraron la ansiada humedad de la boca ajena.

“... to the open arms, wait for me...”

--- o---

Todo sucedió tan deprisa; la luz interna se apagó, las manos de ella luchaban por aflojar su corbata, mientras los hábiles dedos de él habían conseguido desabotonar su falda. En un instante él se encontró con el torso desnudo; no era tan velludo como ella había imaginado, pero le agradó. Permaneció unos segundos contemplando aquello que desconocía de él. Si no hubiera estado absorta en la contemplación del pecho masculino, habría notado que su mirada también estaba fija en ella, en sus senos, que poco a poco emergían bajo la delgada tela de la blusa que, con delicadeza, Daniel desabrochaba y quedaban ocultos sólo parcialmente por el ingrato sostén blanco que los protegía.

“Abrázame”, pidió ella, y por fin, piel con piel, se sintieron uno solo. El calor de su cuerpo la envolvía, y sus labios buscaron ansiosos el escondite de la lengua juguetona con la que envolvió la suya.

La blusa de Esmeralda cayó. Afortunadamente, el estorboso escritorio había vuelto y ahora era el apoyo para esos dos cuerpos que, sin tregua, se exploraban. La falda sí cayó al suelo, lo mismo que el pantalón y la corbata.

La piel desnuda de la espalda recién liberada de los broches del sostén era recorrida en un vaivén interminable por las manos de Daniel; por su parte, las de Esmeralda no cesaban de estrujar, de apretar contra ella el palpitante cuerpo masculino, como si deseara fundirse en él de una vez. Sus muslos separados no ofrecían ya resistencia a la invasión y podía sentir perfectamente la dureza del miembro contra su vulva, confinada aún en la humedad de la prisión que ella misma había provocado. Apretó, entonces, las nalgas de Daniel, en un esfuerzo inútil porque el osado ariete enloquecido pudiera rasgar la tela que le impedía el paso a su interior.

Hubo un leve forcejeo; Esmeralda deseaba sentir sus sexos en estrecho contacto, sin embargo, Daniel se separó ligeramente de ella, ante su sorpresa, pero precisamente era eso lo que deseaba: sorprenderla. “Cierra los ojos”, le pidió. “Confía en mí”, insistió, ante su desconcertada pasividad. Esmeralda confió y cerró sus ojos. Sintió a Daniel sentarse a su lado y adivinó su mano izquierda acercarse a su rostro. El dorso de la mano recorrió su mejilla suavemente; un dedo primero, luego dos, se acercaron a sus labios y con ellos recorrió su contorno. Casi como un reflejo, Esmeralda humedeció sus labios con su lengua, pero el recorrido siguió. Ahora eran las yemas de los dedos las que se deslizaban por su piel… las mejillas… la barbilla… el cuello… el pecho…

Lo sintió levantarse, pero no abrió los ojos. Los dedos se detuvieron un segundo antes de hacer contacto con sus senos, justo en el nacimiento del profundo valle entre ellos. Se estremeció, y nuevamente presintió, más que sintió, la cercanía de… su boca. Sí, era su rostro el que avanzaba y estaba a… ¿cuánto? ¿Diez centímetros?, ¿cinco? Lo supo cuando sintió sobre su pecho izquierdo una calidez extraordinaria; era el pincel de un artista que dibujaba formas caprichosas sobre él, dejando una húmeda estela a su paso; era el pincel de su lengua que acariciaba su pecho. Pero era sólo el contorno, la parte superior, lo mismo que la inferior, pero no el centro, en el que el ansioso pezón reclamaba la atención de Daniel irguiéndose al máximo.

Los dedos continuaron su camino, pero no se atrevieron a atravesar por el valle, sino que lo rodearon. Ahora el pulgar era partícipe también; mientras el suave pincel dibujaba el camino a la gloria, éste describía una espiral que comenzaba en la unión de ambos senos y tenía su destino en… Pero no llegó hasta allí. Se desvió, abrió el paso a la lengua que, curiosa, decidió investigar hacia dónde se dirigía su compañero. Y hacia allá fue. Hacia abajo… hacia abajo…

Ningún aroma podría compararse con el que brotaba de su excitación. Los rosados labios, ligeramente separados, ocultaban celosamente, como un tesoro, el más preciado de todos, la fuente de aquel maravilloso aroma. Los muslos separados eran una invitación. Daniel también cerró los ojos, no necesitaba ver, aunque la visión era maravillosa, le bastaba el instinto, como los pequeños cachorros que, aun sin visión, pueden encontrar fácilmente el lugar del que mana la fuente de la vida. Sus labios se acercaron; el aroma se hizo más intenso, embriagador. Pudo sentir el escaso vello púbico cosquilleando en su nariz.

Su lengua se hundió en lo más profundo de aquella mágica gruta de placer; los labios se separaron, dejando al descubierto el preciado tesoro, el clítoris, el único órgano del cuerpo humano que no tiene más finalidad que la de proporcionar placer, ése era su destino y para eso estaba allí. Esmeralda volvió a estremecerse y no pudo reprimir un gemido cuando sintió aquel pincel que había estado recorriendo sus zonas más sensibles hacer contacto con su clítoris. Lo sintió moverse en círculos alrededor de él… muy lento al principio… más rápido… más lento… El movimiento cambió de ida y vuelta, como el aleteo de un colibrí, rozando apenas aquella fuente de placer… y se perdió… no supo cuánto tiempo pasó, pero allí llegó su primer orgasmo, el cual, coincidentemente, finalizó justo cuando sintió a Daniel incorporarse.


“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó Esmeralda de pronto, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y su vista se fijaba en el gris percudido del techo; pero fue sólo un instante. Sus ojos volvieron a cerrarse justo en el momento en que el ardiente miembro de Daniel traspasaba la frontera de su sexo.

El amigo de mi hijo

Ricky, mi hijo, tiene ocho años. Es un niño callado, reservado, el tipo de niño que en cualquier lugar suele pasar desapercibido, aunque eso nunca le ha impedido tener amigos. Bueno, en realidad, quizás una expresión más fiel sería “tener amigo”, porque hasta hoy sólo ha tenido uno a la vez. En el kínder fue Lilí. Siempre hablaba de ella (y sólo de ella). Al principio creí que le gustaba, ya sabes, como una relación niño-niña, pero luego me di cuenta que no; era más bien aprecio de amigos. En primer grado su amigo fue Jorge, y hablaba de él tanto como lo había hecho antes de Lilí. Pero este año Jorge se cambió de casa y ya no asiste más a clases.

Para mí es un misterio cómo logra entablar amistad. No sé si es él quien lo busca o si son los demás niños quienes lo hacen (porque tampoco me habla sobre ello), pero no puedo imaginar su desenvolvimiento en la escuela, pues, si es como en casa, llegará antes que todos, buscará el rincón más apartado y permanecerá allí sin decir palabra. A pesar de ello, nunca, que yo recuerde, ha pasado un día en la escuela sin tener un amigo. Me da la impresión de que es algo que requiere, tener siempre un amigo, que una vez que lo consigue, si pudiera conservarlo toda la vida, lo haría.

Su amigo actual se llama Sergio.

Es un niño un poco mayor, igual de serio que Ricky (no entiendo cómo pueden pasar tanto tiempo juntos sin apenas hablarse, pues las ocasiones en las que los he visto, cuando Sergio viene a casa, o aquella vez en la que, al salir de clases, su mamá nos invitó a comer, cada uno parece sumido en su mundo, intercambian alguna frase ocasionalmente o realizan alguna actividad juntos, pero hablan muy poco entre ellos, o lo hacen en voz muy baja, como si no necesitaran las palabras para comprenderse). Es muy educado, hasta ceremonioso por momentos. Jamás entra en la casa sin que expresamente lo invitemos a pasar y muy rara vez mira directo a los ojos pero, en cambio, escucha atentamente lo que uno le dice y se asegura de que sepas que lo ha hecho, porque siempre responde. Digamos que en una charla, siempre es él quien dice la última palabra (normalmente una que te hace saber que entendió perfectamente lo que le dijiste), siempre con un tono monótono y, hasta cierto punto, impersonal. Ricky tampoco miraba a los ojos, pero he tratado de irlo acostumbrando a hacerlo, y poco a poco lo va consiguiendo con mayor naturalidad.

El domingo pasado Sergio vino a casa. Por la tarde, mientras comíamos, llamaron discretamente a la puerta. Al principio creí que se trataba de la lluvia golpeándola, pues caía una fuerte tormenta en la ciudad. Pero los toquidos siguieron y, extrañada, me levanté para abrir. Allí estaba él, empapado. Sin preguntarle nada, casi lo arrastré hasta el baño para secarlo con una toalla. Ricky le prestó ropa y lo invitamos a comer. Él, tan educadamente como siempre, se negó. “No le apetecía más”. Con muy pocas palabras, siempre mirando hacia cualquier punto indefinido, nos preguntó si podíamos hacernos cargo de él mientras sus padres estaban en condiciones de regresar a recogerlos (así lo dijo, “recogernos”, a mi hijo y a él; quizás planeaban invitarlo al cine y asumió que le permitiría ir; bueno, seguramente lo haría). Aunque habían pasado algunos minutos desde que llamó a la puerta, corrí a asomarme a la ventana, a ver si alcanzaba a distinguir a sus padres entre la lluvia, pero la calle estaba vacía, como es natural durante una tormenta.

“… la llamada se cobrará al…”. No tuve éxito al intentar comunicarme al celular de su mamá, y no intenté localizarla en su casa en ese momento; lo intentaría más tarde.

La comida ya se había enfriado, a pesar de lo cual, ni Ricky ni yo quisimos calentarla; yo porque ya quedaba muy poco en mi plato; él porque, ante la visita inesperada, lo invadió un gran entusiasmo por terminar los alimentos lo más pronto posible. Cuando terminó, se levantó y casi arrastró a su amigo hasta su cuarto.

-No olvides lavarte los dientes –le grité cuando ya estaban dentro de la habitación.
-¡No! –respondió, aunque sabía que no lo haría; su argumento, como otras ocasiones, sería: “dijiste que no lo olvidara, no que me los lavara”.

Recogí la mesa. Mientras lo hacía, noté algo extraño: la silla en la que se había sentado Sergio estaba mojada. Era raro, porque lo primero que hice cuando llegó fue asegurarme de secarlo perfectamente, y vestirlo con ropa seca. ¿Pipí? Fue lo único que se me ocurrió, aunque me pareció improbable; a pesar de su seriedad, jamás tenía reparo en pedir algo que deseara, como un vaso de agua o ir al baño. De hecho, su manera de pedir las cosas era muy peculiar: siempre empezaba con un “quiero”, como si la necesidad que tenía en ese momento fuera la cosa más importante del mundo. Pero sé que no es egoísmo o algo así, simplemente… así es él, tal como es Ricky cuando no desea hacer algo; no hay poder humano que pueda obligarlo. Me atrevo a decir que es casi imposible que Sergio desee algo y no lo manifieste, sea un dulce, un juguete o que le cambie de canal a la televisión. Casi podía imaginarlo diciendo “quiero ir al baño, señora”, como tantas veces lo había hecho antes, pero esta vez no lo hizo. Quizás el frío había obrado en su organismo. No le di más importancia al asunto.

Cuando me encontraba en la cocina, secando los trastes que recientemente había lavado, escuché ruido en el cuarto de mi hijo. Eran voces. Tan acostumbrada estaba a escuchar sólo silencio cuando ambos niños estaban juntos, que de inmediato presté atención. Las voces subían de volumen. Parecía como si discutieran. Alcancé a escuchar palabras como “amigos”, “siempre” y “acompáñame”.

Sequé mis manos en el delantal y me dirigí al cuarto de Ricky. Efectivamente, lucían como si estuvieran discutiendo. Encarado uno con el otro, a una distancia un poco más corta de lo habitual; uno gesticulando y el otro moviendo la cabeza firmemente.

-¿Qué pasó? –pregunté en cuanto estuve en el umbral, intentando no hacerlo de un modo violento, ni enfadado. Realmente sentía curiosidad por saber qué era aquello por lo que mi hijo y su amigo habían considerado importante utilizar su voz.
-¡Mamá! ¿Ver…?

Pero no alcanzó a completar la frase porque Sergio lo interrumpió.

-Señora, ¿verdad que las personas sólo se mueren una vez?

Su rostro hizo que mi piel se erizara. Su expresión era igual de serena que todas las ocasiones que había hablado con él, pero algo había cambiado: era su mirada… se encontraba puesta fijamente en la mía.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, y titubeé un poco. Reconocí que prefería que su mirada estuviera puesta en cualquier otro punto, como usualmente lo hacía. Fui yo quien la desvió.

-Sí… claro –dije al fin-. ¿Por qué la pregunta?

Pero no me respondió. Volviéndose hacia mi hijo dijo, con ese tono sereno y aire de saberlo todo:

-¿Ves? Ya no puedo volver a morir.

El timbre del teléfono en la sala me hizo brincar. Tardé unos segundos en reaccionar, y cuando lo hice fui a contestar.

-¿Señora? –dijo la voz al otro lado-. Buenas tardes. Sé que esto parecerá raro, pero… ¿es usted la mamá de un niño llamado Ricky?
-S… sí… ¿por…?
-Tranquilícese. Mire... ¿cómo le explico? Habla el comandante Juárez. Hubo... un accidente. Tres personas perecieron. Dos adultos y un niño. Cuando llegamos el niño aún estaba vivo, pero lamentablemente falleció en la ambulancia camino al hospital –hubo un breve silencio-. Encontramos en el celular de la señora… Sara… Sara Meléndez, un número que decía “Ricky”.

Quise decir algo, pero me quedé paralizada. El comandante tampoco habló. Sentí que le costaba tanto como a mí pronunciar palabra. Finalmente escuché al otro lado de la línea su voz:

-¿Es usted su familiar?
-N… no… yo… mi hijo es…
-Disculpe. Nos atrevimos a llamarla porque… antes de morir el niño dijo “quiero que Ricky venga conmigo”. Pensamos que…

No escuché más. Solté el auricular y corrí al cuarto.

Sergio ya no estaba…

Ricky dormía…

La cama estaba empapada…

Ricky… dormía…

Suicidio en el metro

(Basado en una historia real)

A medida que subía las escaleras, notaba que algo extraño sucedía, sin embargo, no fue sino hasta llegar a la reja, en la parte más alta, que se encontraba cerrada, que lo comprendí: no había servicio en el metro. Alcancé a escuchar que el guardia que se encontraba al otro lado de la reja le decía a una señora la frase “toda la línea”, seguramente ante la interrogante de cuántas estaciones estaban sin servicio. Al escucharlo, como tanta gente que había visto durante mi ascenso, emprendí el regreso, preguntándome cómo haría para llegar a mi destino. Seguí mi primer impulso y marqué el número del teléfono celular de Eli, que tenía poco tiempo de haber partido, pues ella me había dejado allí minutos atrás para abordar el metro. Le expliqué que el servicio de transporte estaba interrumpido y le pregunté si podría acercarme a algún lugar desde donde pudiera emprender mi viaje. Accedió y regresó por mí.

Eran poco más de las 6:00 pm, así que entendí su razonamiento para no llevarme en ese momento a mi departamento, pues el camino en condiciones normales a esa hora de por sí ya era caótico, así que sin servicio del metro seguramente lo sería más. Fuimos a su casa y allí estuve trabajando un poco en algunos pendientes que tenía. Mientras lo hacía, ella investigó la causa de la suspensión del servicio de transporte y me la compartió: una persona había caído a las vías y había muerto. No supe en ese momento si se había tratado de un suicidio o de un accidente, pero ambos asumimos que se trataba del primer caso. Tampoco supimos si se trataba de un hombre o una mujer, si era joven o de edad avanzada, aunque tampoco especulamos mucho al respecto. En su investigación no sólo descubrió el motivo del percance, sino también que a esa hora ya se había restablecido el servicio.

Le agradecí y me llevó por segunda ocasión a la estación del metro, que ya mostraba su funcionamiento habitual. Mientras recorría los escalones y pasillos que me separaban del andén, me preguntaba qué podría hacer que una persona tomara una decisión como ésa (la de quitarse la vida). Como tantas otras ocasiones, también pensé en lo egoísta que era hacerlo justo de esa manera, puesto que aquello no sólo afectaba directamente su vida y la de sus seres queridos, sino la de miles de personas, quienes difícilmente sentirían simpatía hacia ella. ¿Sería, acaso, que la necesidad de sentirse importante para alguien es tan grande que no importa que los pensamientos que se consigan estén muy alejados del positivismo?

En el último tramo de mi recorrido hacia el andén, al bajar las escaleras, noté que, distribuidos a todo lo largo, había parejas de policías vestidos de negro, y estaban a ambos lados del andén. ¿Cuál sería el objetivo de ponerlos allí?, pensé, pero no se me ocurrió ninguno que no me resultara absurdo.

Lentamente caminé hacia el fondo, tratando de calcular el lugar exacto que, cuando llegara a mi destino, al abrirse las puertas me permitiera salir directamente a la escalera que me conduciría al transbordo. Me detuve junto a una pareja, hombre y mujer, que aparentaban ser novios, aunque no existía una muestra explícita de ello por su parte. Un poco más alejada, lo suficiente para no estar seguro de que subiría por la misma puerta que yo, acompañada de una niña, estaba una señora cuya voluminosa figura, ataviada en una blusa y falda de color rosa mexicano, no podía pasar desapercibida; y del otro lado, un poco más cerca, un grupo de adolescentes, muchos de los cuales llevaban auriculares colgando del cuello.

Dados los problemas que habían entorpecido el tránsito de los trenes los últimos minutos, imaginé que los vagones vendrían repletos de gente, pero me equivoqué; había, incluso, lugares dónde sentarse. El grupo de jóvenes, en su alboroto, discreto pero difícil de ignorar, prefirieron permanecer de pie, lo mismo que yo. La pareja estuvo a punto de sentarse, pero cambiaron de opinión cuando vieron a la niña que acompañaba a la mujer de rosa (que había entrado por una puerta diferente) acercarse corriendo para tratar de ganar uno de los dos lugares desocupados. Niña y señora agradecieron el gesto cortés de la pareja, y ésta permaneció de pie, en la parte intermedia del vagón, aunque cargados ligeramente hacia la puerta junto a la cual decidí permanecer.

-¡No mames! –dijo uno de los integrantes del grupo de jóvenes cuando ya el tren iba en marcha. Su cabello era largo, apenas contenido por la gorra de estambre negro que llevaba puesta-. Pinches policías, ¿para qué?
-Pues para que nadie más se aviente –dijo una de las dos chicas que iban en el grupo.
-¿Y tú crees que se van a andar aventando ‘orita?
-Sí, güey. Eso lo tienen que hacer antes, no cuando ya se aventaron –intervino otro de los jóvenes.
-¿Y cómo van a saber a qué hora se va a aventar alguien? –intervino la segunda chica, tomando partido de su compañera.
-Pus sí, pero, ¿a poco crees que uno se va a aventar luego luego después que otro se aventó?
-¡De menso!

Mi mirada se apartó de aquel grupo de jóvenes, pero no así mi atención, no del todo, cuando uno de ellos comenzó a girar su cabeza en la dirección en la que yo me encontraba. De modo que no era el único a quien la presencia de los guardianes del orden le resultaba absurda. Ni siquiera era como el pozo que se tapa después del niño ahogado, pues podría apostar lo que fuera a que la guardia montada no duraría ni siquiera lo que restaba del día. ¿Y si ponían un detector de suicidas, tal como lo habían hecho con los detectores de metales que siguieron al triste episodio de la balacera en el metro Balderas? Absurdo también, puesto que aquello sólo duró un breve lapso, y en las estaciones en las que aún existen, no obligan a toda la gente a pasar a través de él. Ése habría sido mi comentario si fuera parte de ese grupo de jóvenes… pero no lo era.

Fijé la vista en la niña, que jugueteaba con una muñeca, sentada en la mitad del asiento, mientras que su madre ocupaba la otra mitad… y el asiento contiguo. ¿Le habría dicho algo en relación con el incidente ocurrido hacía tan poco tiempo en la estación en la que abordamos? No lo creía. Si así hubiera sido, volvería a jugar con la suerte y apostaría nuevamente a que la niña en ese momento estaría bombardeando a la mujer de rosa con preguntas alusivas a los motivos detrás de ese acto. ¿Por qué? Tal como yo me lo había preguntado, aunque seguramente su natural curiosidad no se habría visto satisfecha, como la mía, con un “quién sabe” por respuesta. Divina inocencia.

Llegamos a la siguiente estación y tuve que moverme, para que la puerta abriera libremente. No entró gente por esa puerta, en cambio, la pareja que había cedido su asiento a la madre y la niña, bajó. ¿Sería sólo por eso que decidieron no sentarse? ¿Porque iban a viajar una sola estación? ¿Qué habría sucedido si, como yo, hubieran tenido planeado un viaje de más de diez estaciones? ¿Habrían corrido, como la niña, para ganar el lugar?

La puerta, al cerrar, me golpeó ligeramente en el hombro derecho, invitándome a recuperar mi posición, pues parte de mi cuerpo se encontraba fuera del vagón mientras mi mirada aún acompañaba a la pareja que seguía sin mostrar signos evidentes de su posible noviazgo. El tren se mantuvo en el andén unos instantes. Durante ellos, el tren del otro lado llegó para hacer también su escala. Éste sí venía a reventar, aunque no era extraño a esas horas en un día normal. Poca gente bajó, y también poca subió, pues era prácticamente imposible hacerlo.

La puesta en marcha del tren recién llegado fue anterior a la de aquél en el que yo viajaba, y eso despertó la curiosidad de la niña, cuya muñeca ahora corría el peligro de caer de su regazo.

-¿Por qué nosotros no? –dijo, sin apartar la vista del último vagón del otro tren. La mía también se dirigió allí, y vi a la pareja que nos había acompañado durante una estación, de pie, apenas unos cuantos pasos más allá. Seguramente se habrían citado con alguien y lo estarían esperando, aunque por alguna razón que no puedo explicar más bien se me figuró como si hubiera intentado subirse al tren que acababa de partir y no lo hubieran conseguido.
-Algo ha de’ber pasado –respondió la voluminosa mujer, levantando la cabeza y asomándose hacia donde ya no se alcanzaba a ver el tren, como si la respuesta pudiera estar allí.

-¡Ve a ver qué pasó, güey! –dijo uno de los adolescentes que estaban frente a mí.
-¡Ve tú!

Justo cuando un suspiro perezosamente resignado escapó de mis pulmones, el tren reanudó su marcha. “Ya no te detengas, por favor”, imploré en silencio. Pocas cosas hay más molestas para mí en situaciones en las que tienes que permanecer en un sitio contra tu voluntad, que la de soportar gente escandalosa, y si son adolescentes celebrando las tonterías de sus compañeros, peor aún.

Mi mirada de pocos amigos se mantuvo en el grupo unos breves instantes, como si pensara que eso podría hacer que se comportaran y, extrañamente, así lo hicieron. Es decir, sé que no fue por mi mirada, puesto que ninguno de ellos se percató de que los veía (creo), pero sí moderaron su comportamiento y el volumen de sus voces no alcanzó niveles molestos.

-Ira, siéntate, güey –dijo uno de ellos a una de las chicas, señalándole con la cabeza un asiento que acababa de desocupar un señor, aun con el tren en movimiento.
-No, aquí voy bien.
-Siéntate. O me siento yo.
-Siéntate tú.
-¡Chale! ¿Luego por qué las avientan a las vías?

Nadie se rio de su “ocurrencia”. En cambio, todos sus compañeros acompañaron con un abucheo su andar hacia el asiento recientemente desocupado.

-No mames, güey, no juegues con esas cosas –dijo una de las chicas, cuya vista se hallaba puesta en la de la señora de rosa, que había levantado su cabeza para lanzarles una mirada de reproche.

El tren se detuvo.

La persona que desocupó el lugar no descendió. Probablemente se había equivocado de estación, y bajaría en la siguiente. Permaneció allí, viendo hacia afuera, a través de la puerta. Los chicos continuaron con su charla, ya sin hacer caso del compañero que había ido a sentarse.

La mirada de la señora se concentró, como antes, en la niña, que había reanudado su juego con la muñeca.

“Ya me voy para siempre, para nunca volver”.

Aun antes de que avanzara el tren, la voz de un viejecito comenzó a oírse al fondo del vagón. Vaya canción había elegido justo en ese día. Mi mente, con cierto grado de humor negro, pensó en aquella persona que se había arrojado a las vías, sin tener un punto de referencia, sin saber si era hombre o mujer, viejo o joven, sin saber si había sido accidental o premeditadamente. “Ya me voy para siempre”, canturreó mi mente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”, continuó cantando.

No sé si algún pensamiento morboso, como el mío, pasó por la cabeza de los demás viajeros, pero hubo un instante, pequeño, pero evidente, en el que todos parecimos estar muy atentos a la canción del anciano que, con bastón en mano, caminaba dificultosamente para atravesar de punta a punta el vagón.

Me sentí avergonzado de mis pensamientos y aparté la mirada de su figura, aunque su voz siguió taladrando mis oídos:

“Voy a vagar por ai… trataré de pasar mi vida más tranquila… Si sigue este dolor… no les sorprenda que…”.

Igual que yo, el resto de los pasajeros continuó su travesía sin hacer más caso del anciano, de manera evidente.

“Ya me voy derrotado… me duele el corazón”.

Cuando el cantante pasó delante de mí, un poco por la vergüenza que sentí a causa de mi pensamiento y otro poco porque era una canción que me gustaba, metí la mano en mi bolsillo derecho y palpé las monedas. Tres, tomé tres de ellas, sin fijarme en su valor. Las saqué, di un paso hacia el anciano y extendí mi mano. Él levantó su mirada cansada, surcada por mil arrugas, con aire suplicante, y la posó en la mía. Alargó su mano también, y deposité en ella las tres monedas. Interrumpió su canto para decir “que Dios se lo pague”, le sonreí, y continuó andando.

“… porque el amor de mi alma…”.

Mi mente intentó anticipar la frase de la canción en la que el viejecillo se había interrumpido, pero antes hubo otra interrupción: un mensaje de texto; su llegada hizo vibrar mi celular. Era Eli, quien fiel a su costumbre inquisitiva, investigadora y audaz, se había dado a la tarea de investigar aquello que no sabíamos y ahora me lo compartía.

“Ya supe qué fue. Sí fue un suicidio”.

Y adjuntaba un enlace a la noticia completa. Una vez más, guiado por el morbo, presioné el enlace para enterarme de los acontecimientos. El encabezado rezaba: “Muere anciano al ser arrollado en el metro Nezahualcóyotl”. No alcanzaba a leer la nota completa, por el tamaño del texto, pero había allí una foto. Temblé al contemplar esa mirada cansada, casi suplicante, surcada por mil arrugas que me mostraba la pantalla del celular. Los labios marchitos de esa imagen inmóvil casi se movieron para acompañar la voz que aún se oía al fondo del vagón.

“Voy a vagar por ai…”.

-¿Por qué, mamá? –preguntó nuevamente la niña, con la mirada fija en el anciano, pero el pensamiento en aquella pareja que había descendido-. Me dijiste que cuando subes al vagón ya no puedes bajar. ¿Por qué ellos sí y nosotras no?
-Algo ha de’ber pasado –dijo con cierto dejo de resignación-. A lo mejor todavía no les tocaba.

Libertad de expresión

-Amo la libertad de expresión.

-¿Cuál fue tu último comentario en Face?

-“Muy cierto”.

-¿Y antes de ése?

-“Jajajaja”.

-Y si la amas, ¿por qué no la usas?

 

Olvidar

“Y aunque fui yo quien decidió que ya no más,
y no me canse de jurar...”; ésa es la frase
que te acompaña aquí en mi mente en esta fase
en la que libre de mi amor ahora estás.
Esa canción, seguro, la recordarás,
porque la voz que la cantó, bella, por cierto,
también mantuvo nuestro gran humor despierto
al escuchar que se quejaba “¡ay, qué pesado!”;
es otra voz que transformó el verso en “pescado”;
son unos novios que otra más vistió de muertos.

“Me cuesta tanto”, continúa el estribillo,
que habla de olvido, y es tan cierto en este caso;
aunque olvidar tiene un sentido muy escaso;
lo que me cuesta, en realidad, no es tan sencillo.
Pero, si hablar hemos de hacerlo del olvido,
baste decir que jamás buscaría olvidarte,
por el contrario, me deleito al encontrarte
formando imágenes mentales caprichosas,
porque contigo asocio cosas tan hermosas
que no hace daño, por sí mismo, recordarte.

Paty

Hace apenas… ¿cuánto?, ¿un mes?, desde que al fin te conozco
y, sin saber más de ti que aquello que es evidente:
que la diosa de lo hermoso puso su dedo en tu frente,
me descubrí, lentamente, lleno a tu lado de gozo.

No es que espere algo de ti, no, bien que sé que no es eso;
descubrí en tus ojos luz y en tu mirada tu esencia
de mujer, de ser amante, de tus sueños, tus creencias,
de toda tu inteligencia, de tu carácter constante,
de toda tú, y es bastante 
que algún momento permitas
que disfrute tu presencia.

Por qué quiero conocerte

¿Por qué quiero conocerte?, preguntaste;
si pudieras ver mis ojos un segundo,
me desnudarías de un modo tan profundo
que no habría algo que pueda ya ocultarte.
Es, acaso, ese anhelo de probarte,
de sentirte humana y ya no conformarme
con mirarte desde lejos; no importarme
ser quien soy: un hombre joven o maduro,
es tan sólo que deseo estar seguro
que eres tú de quien soñaba enamorarme.

Página 5 de 6
Volver